Hay fechas que no terminan cuando acaba el día. Se convierten en fronteras, en parteaguas entre el fin de un mundo y el comienzo de otro. El 11 de septiembre de 2001 fue una de ellas. Como Sarajevo, en 1914, o Pearl Harbor, en 1941, el atentado contra las Torres Gemelas no solo produjo muertos, ruinas y una respuesta militar. Alteró la manera en que una potencia entendía su seguridad, justificaba sus guerras y miraba al resto del planeta.
Veinticinco años después, la pregunta ya no es únicamente qué hizo Estados Unidos para responder al 9/11, sino qué mundo construyó mientras intentaba impedir que volviera a ocurrir.
Edward Gibbon necesitó entre 15 y 17 años para contar la decadencia y caída del Imperio Romano. La lección más importante no fue calcular cuántos siglos tardó Roma en dejar de ser Roma, sino en comprender que los imperios rara vez desaparecen de un día para otro. Primero pierden certezas. Después pierden capacidades. Finalmente, descubren que el mundo ha aprendido a vivir sin obedecerles como antes.
La crónica de los 25 años que han transcurrido desde ese 11 de septiembre de 2001 es difícil. Para mi generación, además, es dolorosa.
Osama bin Laden tuvo razón en una cosa. No una razón moral, desde luego, sino una intuición estratégica. Sabía que Al Qaeda nunca podría derrotar a Estados Unidos en una guerra convencional. No tenía los ejércitos, los portaaviones, la tecnología ni los recursos. Lo que podía hacer era demostrar que Estados Unidos era vulnerable, obligarlo a reaccionar, extender sus fuerzas y hacerle pagar un precio desproporcionadamente mayor que el del ataque.
La Comisión del 9/11 calculó que preparar y ejecutar los atentados costó a Al Qaeda entre 400 mil y 500 mil dólares. Esa es precisamente la lógica terrible de ese tipo de guerra, no hacía falta destruir al gigante, bastaba con conseguir que el gigante, convencido de que debe demostrar que sigue siendo invulnerable, comenzara a desgastarse a sí mismo.
Para quienes vimos el atentado en directo, lo más desgarrador, primero, naturalmente, fue la tragedia humana. Murieron 2,977 personas, incluidos quienes viajaban a bordo de los cuatro aviones secuestrados. Pero junto a la pérdida de vidas ocurrió algo difícil de cuantificar: Estados Unidos pasó, en unas horas, de sentirse protegido por Dios, por dos océanos y por la fuerza militar más poderosa del planeta, a descubrir que también podía ser tocado.
Tal vez eso fue lo que más cambió aquel día.
Aquella mañana era clara, despejada, casi perfecta. George W. Bush llevaba menos de ocho meses en la Casa Blanca. El mundo era inseguro, como siempre lo ha sido, pero quienes trabajaban en las Torres Gemelas o caminaban por las calles de Nueva York – probablemente la ciudad que mejor representaba el triunfo económico estadounidense después de la Guerra Fría – vivían dentro de un sistema que parecía seguro. Ese día se demostró que no lo era.
Siempre he sabido, por experiencia propia, que Estados Unidos normalmente lo sabe casi todo. También he podido comprobar que saberlo todo no significa necesariamente saberlo bien. Cuando hoy uno revisa los documentos oficiales de los meses y años anteriores al 9/11, la pregunta inevitable es cómo pudo pasar. Pero pasó.
No fue porque no hubiera señales. El 7 de agosto de 1998, Al Qaeda atacó simultáneamente las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar es-Salam. El 12 de octubre de 2000, Al Qaeda efectuó otro atentado contra el destructor USS Cole, en Yemen.
En 2001 las señales aumentaron. La propia Comisión del 9/11 titularía después uno de los capítulos centrales de su informe con una frase del entonces director de la CIA, George Tenet: el sistema estaba “parpadeando en rojo”. Durante la primavera y el verano, las agencias estadounidenses recibieron repetidos informes sobre una gran operación de Al Qaeda.
El 6 de agosto de 2001, días antes del ataque, el informe diario entregado al presidente Bush llevaba un título que hoy resulta estremecedor: “Bin Laden, decidido a atacar en Estados Unidos”.
Había más. En julio, un agente del FBI en Phoenix había advertido sobre la presencia de individuos vinculados al extremismo islamista en escuelas de aviación estadounidenses y había propuesto ampliar la investigación sobre ese suceso. En agosto apareció otro elemento: Zacarias Moussaoui llegó a una academia de vuelo en Minnesota buscando entrenamiento en simuladores de Boeing 747 pese a contar con muy poca experiencia de vuelo. Su comportamiento despertó las sospechas de sus instructores. El FBI abrió una investigación y Moussaoui fue detenido el 16 de agosto, casi un mes antes del 9/11.
Durante años se repitió que Moussaoui no quería aprender a despegar ni a aterrizar. No es cierto. La propia Comisión del 9/11 corrigió esa versión. Lo sospechoso era precisamente que alguien con conocimientos elementales quisiera acelerar su formación para manejar un avión comercial de gran tamaño.
Por eso, el problema no fue simplemente que Estados Unidos no supiera. Había informes, advertencias, nombres, escuelas de vuelo, antecedentes y señales de una operación de gran escala. El problema fue que ninguna institución consiguió juntar a tiempo todas las piezas del rompecabezas.
Como ven, lo sabían casi todo. Solo que lo sabían mal.
A las 8:46 de aquella mañana, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte. Aquel día, América se convirtió en tocable. Dios miró para otro lado. Y buena parte de la humanidad contempló en directo cómo dos aviones atravesaban las Torres Gemelas, cómo los edificios ardían y cómo después se derrumbaban.
Fue una de las grandes tragedias del comienzo del siglo XXI convertida inmediatamente en una experiencia planetaria. El horror dejó de llegar después de los hechos. Llegaba al mismo tiempo que los hechos. Fue, de alguna manera, una vacuna contra el horror.
A partir de entonces, horrorizarnos costaría más.
Lo que todavía no comprendíamos mientras mirábamos las pantallas era que, además de las 2,977 vidas perdidas y de la destrucción material, estaba comenzando otro terremoto. Uno institucional, político y jurídico.
Estados Unidos llevaba entonces exactamente 225 años desde la Declaración de Independencia de 1776. Había construido una de las tradiciones constitucionales y democráticas más antiguas y estables del mundo. Sin embargo, frente a la sensación de vulnerabilidad, comenzó casi inmediatamente a modificar el equilibrio entre seguridad y libertad que había definido buena parte de su identidad.
El 12 de septiembre, la OTAN activó por primera vez el Artículo 5 de defensa colectiva. Sigue siendo, 25 años después, la única vez que lo ha hecho.
Una semana más tarde, Bush firmó la AUMF, que autorizó el uso de la fuerza contra los responsables del 9/11, sus colaboradores y quienes les hubieran dado refugio. Lo extraordinario es que esa autorización sigue vigente.
Estados Unidos no declaró formalmente la guerra. Creó algo distinto: un marco jurídico que permitió sostener guerras y operaciones antiterroristas durante décadas sin recurrir a una declaración tradicional de guerra.
Después llegaron la Patriot Act, las nuevas facultades de vigilancia y detención, las comisiones militares y, en enero de 2002, los primeros detenidos en Guantánamo.
En apenas cuatro meses, el mundo jurídico estadounidense había cambiado.
Quienes vivimos aquellos días recordamos ese olor penetrante. Es imposible olvidarlo. Tras los ataques, buena parte del sur de Manhattan quedó paralizada y llegar a lo que empezamos a llamar Ground Zero era prácticamente imposible.
Con el tiempo, la ciudad volvió a abrir. Lo que nunca terminó de cerrarse fue la excepcionalidad que nació aquel día. Porque la consecuencia más profunda del 9/11 no fue solamente Afganistán ni, después, Irak. Fue la transformación de la relación entre el ciudadano, el Estado, la seguridad y las garantías.
El siglo XX necesitó dos guerras mundiales, el Holocausto y decenas de millones de muertos para construir una arquitectura internacional de derechos y límites al poder.
Después del 9/11 bastaron semanas para volver a discutir hasta dónde podía vigilar el Estado, cuánto tiempo podía detener, qué derechos conservaba el enemigo y qué estaba permitido hacer en nombre de la seguridad nacional.
Esa es una de las victorias más peligrosas del terrorismo, no solamente destruir lo que encuentra enfrente, sino conseguir que la sociedad atacada empiece a modificar aquello que pretendía defender.
Tras la tragedia, llegó la guerra. El conflicto de Afganistán comenzó en octubre de 2001 y terminó para Estados Unidos en agosto de 2021. Casi 20 años. La guerra más larga de su historia. Murieron más de 2 mil militares estadounidenses y más de 20 mil resultaron heridos.
El Pentágono calcula que Afganistán costó alrededor de 895 mil millones de dólares. Irak y Siria añadieron otros 805 mil millones. Entre los tres escenarios, la factura militar oficial ronda los 1.7 billones de dólares, sin contar buena parte de los costos futuros de veteranos, inteligencia, reconstrucción y otras consecuencias tras 25 años de guerra.
Después vino Libia. Después ISIS. Desde 2014, Estados Unidos mantiene operaciones contra el Estado Islámico en Irak y Siria. Y ahí aparece una de las grandes paradojas de estos 25 años: todavía en 2026 algunas de esas operaciones podían sostenerse jurídicamente en la misma autorización aprobada una semana después del 9/11.
Y cuando parecía que aquel ciclo empezaba finalmente a cerrarse, Estados Unidos volvió a entrar en una gran campaña militar en Medio Oriente. El 28 de febrero de 2026 comenzó Operation Epic Fury contra Irán, un conflicto que, según cifras del Pentágono, lleva más de 400 heridos estadounidenses.
En estos años no se puede afirmar que Estados Unidos haya sido derrotado militarmente. Ningún ejército tomó Washington ni ninguna bandera extranjera sustituyó a la estadounidense. Pero esa nunca ha sido la verdadera pregunta. La pregunta es cuánto puede cambiar una potencia tratando de demostrar que nadie puede cambiarla.
Desde aquel día de septiembre, Estados Unidos ha combatido múltiples conflictos que le han costado billones de dólares y todo, ¿para demostrar qué? ¿qué ya no es la superpotencia que fue tras el fin de la Segunda Guerra Mundial? Gibbon entendió que la decadencia de los imperios no se mide solamente por las batallas que pierden. También por todo aquello que tienen que cambiar para seguir ganándolas.