Parece que cuando Donald Trump eligió a su gabinete lo hizo procurando que se cumplieran dos condiciones muy precisas. La primera, que el conjunto de sus miembros –salvo excepciones como la de Marco Rubio– no representarían una amenaza política para su propio protagonismo ni tendrían el mismo valor que él. La segunda, que él –tan desbordado en la expresión, tan irreverente en las convicciones y tan provocador en el juicio– necesitaba rodearse de un secretario de Guerra cuya dureza lo hiciera parecer incluso como fino, elegante y considerado.
El actual secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, lo dejó claro. En una de sus comparecencias, junto al jefe del Estado Mayor, ofreció una exposición que recordaba a las peores tradiciones retóricas del mundo que todavía se autodenomina civilizado. No se limitó a dar el parte militar –explicar la situación de las fuerzas y el desarrollo de las operaciones estadounidenses–, que es su obligación institucional. Cuando habló de los primeros muertos del conflicto afirmó que serían vengados.
Su declaración no fue casual. En otro momento, al referirse a las operaciones de eliminación selectiva de dirigentes iraníes mediante tecnología militar avanzada israelí, utilizó un término aún más inquietante: exterminio. Cuando ese lenguaje aparece en boca de quienes dirigen la guerra, es inevitable pensar que el conflicto ha entrado en una fase particularmente peligrosa.
La guerra es terrible. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Sin embargo, la humanidad ha sobrevivido a todas las guerras. Incluso a pesar de que con cada generación se eleva el nivel de destrucción, brutalidad y capacidad tecnológica para hacernos daño unos a otros. Lo preocupante es que en esta ocasión no parece posible una salida rápida o limitada.
No estamos ante un episodio breve ni ante una operación militar de pocos días como la que terminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro en Venezuela. Tampoco estamos ante un conflicto regional que pueda apagarse con algunos bombardeos sobre Teherán o con una negociación rápida entre gobiernos. La dimensión actual del problema es mucho mayor.
Conviene recordar, además, algo que en ocasiones se olvida con demasiada facilidad: el mundo árabe sigue siendo un factor fundamental para la estabilidad y paz de Europa. Cualquier desestabilización profunda en esa región termina teniendo consecuencias directas sobre la seguridad europea.
Basta imaginar por un momento el escenario que podría abrirse. Atentados terroristas, rebeliones, desestabilización política y episodios de inseguridad que podrían extenderse por distintos lugares del mundo. Incluso por el propio Estados Unidos de América.
El país que, pese a su enorme aparato de inteligencia y seguridad, sufrió el atentado terrorista más devastador de la historia contemporánea el 11 de septiembre de 2001, cuando el atentado contra las Torres Gemelas demostró que incluso las grandes potencias pueden ser vulnerables.
El mundo está en peligro. Cada cual podrá decidir a quién atribuir la responsabilidad política o estratégica. Pero lo que parece evidente es que ha llegado el momento de empezar a hacer cuentas con serenidad.
No pretendo ser aguafiestas. Tengo claro, desde que nací, dónde estoy, a dónde pertenezco y a qué civilización pertenezco. Nunca me he preguntado si en el fondo de mi ser habría preferido nacer en Etiopía o en Somalia. Soy de aquí. Y ese aquí, en términos políticos y culturales, es Europa y Norteamérica. No estoy loco ni en mí anida ningún tipo de espíritu revolucionario más que el de establecer el orden.
Desde esa posición no hay demasiadas dudas posibles. Mi referencia estratégica y mi gallo en esta pelea no puede ser otro que Estados Unidos. A partir de ahí conviene observar lo que ocurre en algunos países europeos. España es uno de ellos.
El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, es un político que despierta admiración en una parte de su electorado por una cualidad muy particular: su capacidad para resistir políticamente en situaciones extremas. En español la palabra “coraje” suele asociarse a la fuerza para aguantar o, disculpe mi coloquialismo, tener huevos. En el mundo anglosajón, sin embargo, este término se refiere más bien a la capacidad para mantener la calma bajo presión.
España es un país donde históricamente se ha admirado la resistencia incluso cuando esa resistencia se acerca a lo autodestructivo. Incluso y a pesar de ser catalogado – junto a Turquía – como uno de los países que mayor cainismo tuvieron en su pasado. Bajo este contexto, Sánchez –un dirigente que enfrenta importantes problemas políticos internos y que gobierna apoyado en una coalición muy frágil– ha decidido mantenerse en el poder mediante alianzas parlamentarias complejas, muchas de ellas sustentadas en fuerzas políticas que basan parte de su discurso en el rechazo a Estados Unidos o a Donald Trump.
Ese posicionamiento se produce además en un momento particularmente delicado para Europa. Países como Francia, Italia o Alemania afrontan debates intensos sobre inmigración, integración y seguridad. Europa está secuestrada por la ola árabe. España no es ajena a esa discusión, entre otras razones porque una parte significativa de su población tiene origen en países del norte de África o del mundo árabe.
En medio de ese panorama, Sánchez ha optado por presentarse como defensor de la legalidad internacional, aun cuando sus críticos sostienen que su gobierno ha debilitado la calidad institucional dentro del propio país.
La paradoja es evidente. Se invoca la legalidad global mientras se discute la solidez de la legalidad nacional. Mientras tanto, el conflicto internacional sigue su curso y el margen para soluciones rápidas es cada vez más estrecho. El objetivo de Pedro Sánchez es claro: aguantar por lo menos un año más en el poder. Y ya veremos, probablemente lo consigue y tal vez tiene la suerte suficiente –en medio de esta amenaza de Armagedón mundial– y se escapa sin pagar.
Tuve la oportunidad de conocer el Teherán anterior a la revolución islámica, el Teherán del Sha. Su atractivo estaba en la profundidad histórica del imperio persa, en la riqueza cultural del idioma farsi y en la elegancia de una élite que mantenía una relación estrecha con Occidente.
Todo cambió con la revolución de 1979 encabezada por el ayatola Ruhollah Jomeini, predecesor del reciente aniquilado ayatola Alí Jamenei. Aquella transformación no fue únicamente el resultado de una movilización religiosa interna. También fue la consecuencia de una cadena de decisiones estratégicas en Washington que terminaron debilitando de forma decisiva al régimen del Sha y abriendo la puerta a los ayatolas. Durante años, Estados Unidos había sido el principal sostén del Sha iraní –desde el golpe de Estado de 1953 contra Mohammad Mossadegh, organizado con participación de la CIA y del MI6, hasta el apoyo militar y político constante durante la Guerra Fría–. Sin embargo, cuando el régimen comenzó a tambalearse en 1978, la administración de Jimmy Carter adoptó una posición ambigua entre el respaldo al aliado histórico y la presión pública sobre el Sha.
Washington presionó para que el Sha evitara una represión más dura y promovió la idea de una transición política controlada. No obstante, las cosas no salieron como esperaban y el Sha terminó abandonando Irán en enero de 1979. Ese vacío de poder permitió el regreso triunfal de Jomeini y del régimen de los ayatolas.
Lo que en su momento en Washington algunos imaginaron como una posible evolución política terminó convirtiéndose en la instauración de un poder clerical radical que redefinió el equilibrio estratégico de Medio Oriente durante décadas. Desde entonces el mundo ha pagado –y probablemente seguirá pagando durante mucho tiempo– las consecuencias de aquel giro histórico. Lo peor de la guerra no es lo que ya pasó, sino lo que pueda venir en forma de venganza, ajuste de cuentas y falta de cálculo.