Año Cero

Israel-Irán: uno de los dos tiene que desaparecer

Lo que está en juego no es un ajuste menor, sino la capacidad misma de supervivencia del régimen iraní o, en el extremo, la viabilidad estratégica de Israel en un entorno regional que se ha vuelto reactivo.

Cuando acabe esta guerra, que espero sea rápida, uno de los dos países –Irán o Israel– habrá tenido que cambiar de manera sustancial su estructura política, militar o de seguridad. Lo que está en juego no es un ajuste menor, sino la capacidad misma de supervivencia del régimen iraní o, en el extremo, la viabilidad estratégica de Israel en un entorno regional que se ha vuelto reactivo.

La muerte del ayatola Alí Jamenei, confirmada por medios iraníes tras los ataques de Estados Unidos e Israel, alteró de raíz el tablero interno de Teherán y abrió una sucesión marcada por incertidumbre. A esa decapitación política se sumó la cacería de mandos superiores, con operaciones de inteligencia que identificaron y golpearon estructuras críticas del aparato militar iraní. El resultado fue una oleada de bombardeos de una intensidad que, por su escala y persistencia, recuerda a las noches del Blitz, cuando la Luftwaffe, de Hitler y Hermann Göring, castigó Londres.

Hemos entrado en una fase en la que la pregunta ya no es si esto escalará, sino hasta dónde. Y, en muchos sentidos, hemos llegado a un punto sin retorno. Israel ha demostrado una capacidad de neutralización de adversarios –apoyada en inteligencia, precisión y sincronización operativa– que tiene pocos antecedentes comparables en la historia reciente de la región.

Supongo que, desde ese lugar imaginario donde reposan los dictadores, Stalin y Hitler reconocerían lo que significa disponer de una tecnología así en tiempo real. Porque no se trata solo de bombas, sino de información, localización, penetración y velocidad de decisión. Y esa combinación cambia el balance del poder.

A partir de aquí, la economía mundial también queda en condiciones de alterarse estructuralmente. No por un discurso ni por un comunicado, sino por un cuello de botella geográfico que concentra una parte decisiva de la energía del planeta.

Todo dependía, y depende, del estrecho de Ormuz. La razón es simple. Pase lo que pase, el estrecho de Ormuz es una arteria. Si se cierra –o si se vuelve inviable por amenazas, ataques o costos de aseguramiento– se producirá un salto colectivo de interrupción del petróleo que alimenta a la economía mundial.

Desde que fue electo presidente, Adolfo Suárez sabía que la clave de las democracias y de las economías modernas no estaba solo en la política interna, sino en un cuello de botella marítimo remoto, estrecho y vulnerable, en la boca del golfo Pérsico.

Resultaba sorprendente para el equipo cercano al presidente –al que, por una de esas carambolas, tuve la suerte de pertenecer cuando tenía 27 años– escucharlo, después de informes sobre la transición y la arquitectura constitucional, regresar una y otra vez a Ormuz. No hablaba como un comentarista internacional, sino como alguien que veía venir una fractura mayor. En 1979, además, el tablero regional ya estaba en ebullición: Irán acababa de atravesar la Revolución y la región se aproximaba a un conflicto que, poco después, estallaría como lo fue la guerra entre Irak e Irán y que duró 8 años.

Confieso que hasta entonces yo apenas había visto –más que de pasada– un mapa del golfo Pérsico. Y desde luego no tenía a Ormuz incorporado como un nombre que pesara o constante en mi mente. Lo aprendí, literalmente, entre conversaciones largas, densas, atravesadas por humo de cigarro y por la sensación permanente de que la democracia española podía descarrilarse en cualquier momento.

Adolfo Suárez era un fumador incansable. Y en esas largas conversaciones –que ni diplomáticos, ni ministros, ni enviados extranjeros, fascinados con el “milagro español”, terminaban de entender– aparecía siempre la misma pregunta: por qué alguien que estaba construyendo una transición de la dictadura a la democracia, consciente de que podía sufrir un golpe de Estado, dedicaba tanta energía a un estrecho a miles de kilómetros. La respuesta era simple y brutal: porque ahí podía romperse el mundo que intentábamos normalizar.

El régimen de Ruhollah Jomeini –que surgió tras la caída del Sha– fue el que convirtió la energía y el control político del golfo en un instrumento de presión estratégica, y lo pudo hacer, en parte, por las torpezas y divisiones de Washington en ese momento. Jimmy Carter gobernaba con una fisura visible entre Cyrus Vance, secretario de Estado, y Zbigniew Brzezinski, su consejero de seguridad nacional, que discrepaban de fondo sobre cómo responder a Irán y, más tarde, sobre el intento de rescate de los rehenes, una disputa que terminó por romper al gabinete.

Con este contexto se entiende la urgencia de Adolfo Suárez de hablar con Washington. Suárez se reunió con Carter en la Casa Blanca el 14 de enero de 1980, cuando la crisis de los rehenes ya había dañado la autoridad del presidente y había dejado a Estados Unidos en una posición incómoda frente a sus aliados. La herida se profundizó con el fallido intento de rescate, una operación militar que terminó en desastre y que Carter cargó como derrota íntima y pública, no solo por lo ocurrido, sino por lo que reveló, que el centro de gravedad del mundo podía moverse, de golpe, hacia un punto estrecho del mapa.

La intuición de Suárez estaba bien orientada. Ormuz no era un detalle geográfico ni una curiosidad del golfo: era el nervio de una economía mundial que depende del flujo energético y de la estabilidad logística para sostener precios, inflación, cadenas de suministro y, en última instancia, gobernabilidad.

Lo que ocurrió después fue el desencadenante para que Ormuz se convirtiera en amenaza latente. Cuando la guerra entre Irán e Irak estalló, la posibilidad de hacer inseguro el paso –no necesariamente bloquearlo por completo, pero sí encarecerlo, militarizarlo y volverlo impredecible– quedó instalada como un instrumento de presión.

En esa época el mundo ya había empezado a entender las consecuencias de su modelo de crecimiento tras la crisis del petróleo de 1973. Y es que cuando construyes tu prosperidad sobre energía barata, un día descubres que el precio real incluye geopolítica, coerción y miedo. El petróleo no era solo un recurso: era el epicentro de la prosperidad occidental y, al mismo tiempo, el detonador de tensiones acumuladas en el golfo y en Medio Oriente.

Por eso, cuando hoy escucho al gobierno iraní hablar del “cierre” del estrecho de Ormuz, a mi cabeza vuelven aquellos recuerdos como volutas: no es una amenaza abstracta, es una palanca sistémica.

Han pasado muchos años y, en ese tiempo, los problemas de fondo no se han reducido: se han acumulado. Hoy, en la configuración del nuevo mundo, el equilibrio entre Irán y lo que ocurra con Israel, Estados Unidos y el resto es una pieza clave para “limpiar la mesa” y empezar a construir otra etapa. Porque si Ormuz se cierra de manera efectiva, el golpe es inmediato y global, ya que por ese paso transita alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y cualquier interrupción disparará precios y en realidad todo lo que esté relacionado con el uso o consumo de petróleo.

Lo que las fuerzas estadounidenses catalogan como la misión Furia Épica es algo que quedará impregnado en la memoria por mucho tiempo. Aunque esta vez no hay que confundirse. Estados Unidos no ha tenido muchas alternativas, e Israel se niega a seguir avanzando en la pesadilla –y también, en cierto sentido, en la liberación– que se puso en marcha el 7 de octubre de 2023 con la masacre perpetrada por Hamás, el día más mortífero para los judíos desde la Segunda Guerra Mundial.

Ese punto de desafío no tuvo vuelta atrás: Israel no aceptará volver a donde estaba. Y, desde su lógica estratégica, la única manera de cambiar de verdad los equilibrios de fuerza en Medio Oriente –con todos los costos que eso implica– pasa por confrontar el núcleo del poder iraní y su proyección regional.

Por eso nadie sabe cómo estaremos dentro de 15 años, ni qué papel jugarán Arabia Saudita y Mohammed bin Salman si sigue vivo y mantiene el control absoluto de su país. Pero hoy, Israel, Estados Unidos, Bin Salman y lo que queda del mundo árabe coinciden en una misión y en un objetivo: contener y debilitar al régimen de los ayatolas en Irán.

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