Año Cero

El comienzo de la historia

El juego de las grandes potencias en este momento se está produciendo en medio de una zona tan limitada en el fondo como es Medio Oriente y lo que queda del Imperio persa.

Si cuando cayó el Muro de Berlín el libro que mejor reflejó este episodio de la historia fue El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, tras el ataque de Hamás a Israel que inició el pasado 7 de octubre, el título que mejor define a esta etapa de la historia es el que encabeza este artículo.

En el libro de libros, la Biblia, el Éxodo es –después de la propia creación del mundo– uno de los primeros capítulos y lo es, básicamente, porque la epopeya del reencuentro de Moisés con su pueblo a través del mandato de Yahvé hizo que, a partir de ese momento, los israelitas se convirtieran en el Pueblo Elegido. En ese instante los judíos, que eran los originarios de Judea, recibieron el encargo y la promesa de –siendo leales a su Dios– recibir su Tierra Prometida. Fueron necesarias dos guerras mundiales, el descubrimiento del petróleo y el reasentamiento de los nuevos poderes entre la desarrollada Europa, Norteamérica y la muy rica, muy distante y muy subdesarrollada Arabia y los desiertos del Medio Oriente, junto al original y estructural Imperio persa, para que en la mente de Balfour se trazara todo un mapa geoestratégico. En ese mapa se situó una pequeña tierra, en medio de países como Jordania o Egipto, donde se ubica la meca de la civilización judeocristiana, que es Jerusalén y donde hoy se encuentra lo que conocemos como el Estado de Israel.

Hicieron falta 6 millones de muertos en el Holocausto, dos guerras mundiales, la destrucción del Imperio otomano y la casi aniquilación del Pueblo Elegido por el Dios de Moisés para que finalmente vieran la luz y, en 1948, tuvieran, por primera vez desde la época de la primera diáspora, derecho a un territorio propio. Un solo voto fue el que permitió el nacimiento del Estado de Israel, y es justo y necesario recordar que todo el mapa del petróleo, el de la configuración de los países de la península arábiga, el del antiguo Imperio persa y Medio Oriente, fue hecho por los ingleses en función de controlar y, por lo tanto, crear situaciones de gran divergencia y enfrentamiento interno donde brotaban los principales pozos del petróleo, trazado en el mapa de Balfour.

El petróleo fue el origen del mundo moderno. El petróleo es también hoy el único elemento clave que –después de haber soñado muchas veces desde la década de los años cincuenta– con eliminar los elementos fósiles para financiar y desarrollar nuestro mundo, aparecen como los componentes clave para saciar los deseos y ambiciones expansionistas de algunas potencias mundiales. Ejemplo de ello es el caso del gas y el petróleo rusos y lo que actualmente está sucediendo en la invasión rusa a Ucrania, un conflicto que cada vez está más alejado de que se pueda cronificar y que pueda terminar en un tiempo relativamente corto.

Los problemas en Europa son ancestrales. Los problemas creados por los mapas del petróleo son tan recientes como los países en los que fueron creados. En 1917 el gobierno de su majestad británica adoptó y aprobó los planes originales de Balfour, los cuales tenían un solo objetivo, que era, pasara lo que pasara, reconociendo la inevitabilidad del proceso de descolonización –sobre todo en una parte del mundo controlada por un imperio que se acabó en la Primera Guerra Mundial, que era el otomano–, obligaba a que no se pudiera repetir el modelo de las colonias ni de los imperios. Pero lo que sí es que con ello se dio a luz a una serie de países que, precisamente por su artificialidad y por el hecho de que –en la mayoría de los casos– no tenían nada en común más que un Dios, Alá, y su libro sagrado, el Corán, era inevitable que en algún momento u otro se produjera un altercado.

Al momento de trazar y crear el mapa Balfour, Inglaterra nunca pensó ni consideró que lo que estaba haciendo era poner en una olla hirviendo a fuego lento una serie de conflictos que han llegado hasta nuestros días. Y así se crearon los nuevos mapas del Medio Oriente a mediados del siglo pasado que estaban basados, sobre todo, en la cercanía y presencia de Jerusalén, con el origen de la creación del mundo judío y de la civilización judeocristiana. La cuestión en ese entonces se resumió entre si dar o no el derecho a la creación del Estado de Israel; hoy la historia es diferente.

Es de conocimiento común todo lo que fue necesario para la creación de Israel. Por un pequeño lapso de ochenta años el antisemitismo no es que haya desaparecido, sino que –debido a que en la mayor parte de los países es un delito ser antisemita o porque el recuerdo de los ecos de la Segunda Guerra Mundial y los planes de Hitler conocidos como la “solución final” para acabar con los judíos– simplemente se escondió. Por un tiempo, el antisemitismo llenó de vergüenza no solamente a Alemania, sino también a los países que negaran o que no tuvieran en consideración que el pueblo judío ya había sufrido bastante en su historia.

Como siempre pasa, las peores guerras son las religiosas. Como siempre sucede, el peor destino del hombre es verse en medio de batallas por los verdaderos dioses. Y con independencia del respeto más profundo sobre la creencia de cada uno de nosotros, el juego de las religiones y el juego ligado a la colectivización sobre una manera de vivir, en este caso la occidental, fue provocando fenómenos como el de Irak, Siria, Líbano o, como el nacimiento de Israel, con un problema sin resolver. Un problema que nunca se quiso asumir como tal, pero que sí permitió crear el fundamento del problema de las enemistad árabe-judía.

Nadie quiere a los palestinos. No hace falta más que ver las últimas declaraciones del presidente de Egipto, Abdelfatah El-Sisi, o el rechazo del rey de Jordania a tener una reunión con Joe Biden para solucionar el problema palestino. Y es que, al final, el problema palestino para los árabes es una realidad incómoda y útil que sirve para explicar la posición política, militar y terrorista contra Israel. Sin embargo, es un problema que, en el fondo, no moviliza per se la búsqueda de un bienestar para los palestinos. Con este rechazo generalizado, con esa imposibilidad y con esa falta de comprensión del mundo moderno sobre que la única garantía de paz es por medio de generar unas condiciones de equilibrio, justicia y reparto social, Israel se ha convertido en un país nacido al amparo de la heroicidad divina del rey David con un comportamiento, desde la fuerza, que se parece más a Goliat que al del rey David.

Llegamos a este momento en el que, por una parte, por primera vez desde la década de los cincuenta, Estados Unidos ha dejado claro que el juego de niños se ha acabado. Este ya no es un problema árabe-israelí, sino que se trata de un conflicto sobre el dominio del mundo. El juego de las grandes potencias en este momento se está produciendo en medio de una zona tan limitada en el fondo –por expansión estratégica– como es Medio Oriente y lo que queda del Imperio persa.

La creación de Arabia Saudita fortaleció todavía más ese sentimiento de víctimas llevado desde la convicción que tienen los chiitas. La caída del sha de Irán y la desaparición de Occidente del antiguo Imperio persa permitieron que los chiitas –a través del Imam Jomeini– pudieran encontrar su país, que en cierto sentido ya lo era. Pero no sólo eso, sino que además esos elementos también permitieron la creación de una organización militar y económica –también basada en el petróleo y en la fuerza que tiene Irán– para amparar a todos los demás chiitas, fuerza minoritaria dentro del mundo árabe, frente al dominio y, sobre todo, a la hegemonía religiosa política y social de los sunitas.

El conflicto entre Irán y Arabia Saudita siempre estuvo servido. Faltaba, como siempre pasa, que el enemigo común diera la oportunidad de guerras como la de Afganistán. Ahora, en el nuevo reparto del mundo –que ya no es bipolar– hay al menos tres potencias que se disputan los restos sobre los que se puede seguir gobernando. Por un lado, tenemos la mayor estructura militar desde el Imperio romano, que son los Estados Unidos de América, con más de 750 bases militares alrededor del mundo. Por otra parte, tenemos un fenómeno de explosión económica, industrial y tecnológica que –en cierto sentido, si no se le da una salida inteligente puede acabar desbordado por su propio éxito– es China. Y, al mismo tiempo, tenemos el declive no solamente demográfico, sino del país más grande en kilómetros cuadrados de la Tierra, que es Rusia, enzarzado en este momento por volver a ser un imperio cuando le faltan y le fallan todos los componentes, incluidos los demográficos, para poder seguir siéndolo.

El dominio económico, tecnológico, militar y nuclear marca el tiempo que vivimos. Y en medio de todo eso, este ya no es un juego amparado en un falso conflicto que ha terminado siendo verdad, que es el odio entre árabes e israelitas, sino que este es un conflicto sobre el reparto del poder. Un enfrentamiento en el que se busca definir qué hacer con esa parte pequeña y limitada –pero cuna de religiones y civilizaciones– del planeta.

Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los judíos han recibido la derrota de la batalla propagandística. No importan las barbaridades cometidas por Hamás, el sentimiento soterrado antisemita hace que la gente llene las calles, no reivindicando y llorando justicia para los niños israelitas quemados o decapitados, sino clamando justicia por el pueblo palestino y dejando de condenar las acciones terroristas de Hamás.

En estos momentos el antisemitismo está recibiendo una inyección de energía como no la tuvo en muchos años, posiblemente en siglos. Y, además, plantea la incógnita sobre cómo será posible llegar a construir un equilibrio militar, nuclear y energético sin resolver –y esperando a ver a qué precio se resolverá– el problema palestino con Israel.

En toda mi vida nunca he considerado la posibilidad de la desaparición del Estado de Israel. Es más, escrito está que para muchos Israel es el Tercer Templo y, según lo estipulado en el libro sagrado, la desaparición de éste significaría el fin del mundo. Con esto presente nos encaminamos al acto final de un problema que de por sí ya es muy difícil de resolver y es que, si el mundo árabe sólo utiliza el problema palestino para mantener una situación de paz interna en sus países y de relativo equilibrio en la lucha del poder, ¿qué solución tendrá el problema una vez que se alcance la paz? No hay que olvidar que el Vietcong ganó la guerra de Vietnam gracias a los túneles. Toda la fuerza que hoy tiene Hamás es gracias a los túneles financiados por Qatar, es decir, financiados por Irán, para plantar cara y librar una guerra de guerrillas que seguirá desgastando a una sociedad a la que le han matado el sueño.

A partir de aquí la gran pregunta es: ¿cómo se podrá encontrar una paz que sea duradera y verdadera en la relación árabe-israelita? Esto sabiendo que éste no es el problema, sino que el verdadero problema es el reparto del poder. Y es que, mientras exista este conflicto, naturalmente se podrá seguir manteniendo una serie de conflictos artificiales que, en el fondo, le dé a las tres potencias –hasta que llegue India al reparto del mundo– la tranquilidad necesaria como para saberse con el control de la situación.

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