Año Cero

Las puertas del infierno

No sólo fracasamos en administrar y crear un mundo mejor, sino que, además, el capital acumulado de tantos años de irresponsabilidad colectiva plantea un futuro muy desesperanzador.

Ya son muchos años desde los que el mundo asiste, imperturbable, a lo que poco a poco está siendo si no el principio del fin de su propia estructura vital, sí un agravamiento considerable de las condiciones medioambientales y necesarias para subsistir. Contaminación tras contaminación y con una negación permanente sobre la realidad, nos vamos acercando cada vez más a un punto sin retorno. El tiempo se agota y el mundo grita por hacerse notar. Los árboles lloran mientras son consumidos por las arrasadoras llamas; los ríos se lamentan con cada gota de su ser que se va esfumando; el aire suspira y se cuestiona hasta cuándo estará asegurada su existencia, y nosotros, ¿nosotros qué estamos haciendo al respecto?

En la actualidad nadie tiene una razón certera que justifique la existencia de la Organización de las Naciones Unidas. Sin embargo, es importante reseñar y usar como elemento de situación referencial sobre dónde nos encontramos el discurso que la semana pasada inauguró la Cumbre sobre la Ambición Climática. A este respecto, estoy de acuerdo con que la humanidad se ha empeñado arduamente en abrir de par en par las puertas del infierno en la Tierra. A pesar de que nos dé miedo ver las cosas como son, y por mucho que nos empeñemos en voltear la vista hacia otro lado, la realidad es que nos estamos esforzando en dejar inhabitable nuestro planeta. Nos consuela pensar que todo se debe a los ciclos de la naturaleza y que todo es ajeno a nuestro actuar.

Pasamos del Protocolo de Kioto hasta el Acuerdo de París y de París hasta el infinito. Hablamos de energías renovables, de estrategias, de metas y de todo lo que tendríamos que hacer para alcanzar a frenar el acelerado cambio y deterioro climático. El problema es que quienes asistimos a este desastroso espectáculo somos también la causa de lo sucedido y todo por el injustificable pensamiento de que a nosotros no nos tocaría sufrir las consecuencias de tanta destrucción medioambiental. No obstante, nos equivocamos. El tiempo se agota. No sólo se trata de analizar las pruebas que demuestran que nuestra capacidad destructiva es superior a nuestra capacidad de supervivencia sino, lo que es peor, que nos justifiquemos bajo el debate de la ignorancia culpable y la ignorancia deseada.

Nos hemos enfocado tanto en ser jueces de personas y de actos criminales que nos hemos olvidado de juzgar el ecocidio continuado que hemos perpetrado en contra del que es nuestro hogar y sin el que no podríamos vivir. Sólo por incluir algunos números de la magnitud y la gravedad de la situación actual, apenas en lo que va del siglo se han destruido 7 millones de acres cada año por causa de incendios forestales, causando un coste promedio anual de 50 mil millones de dólares. Pero no sólo es el daño que le provocamos a nuestros bosques y a nuestro ecosistema, sino que también hay cifras que muestran que los desastres naturales empujan a más de 26 millones de personas a la pobreza. Todo este desolador panorama global crea una situación en la que, inevitablemente, no podemos seguir comprometiéndonos para que dentro de 20 años –o en los periodos de las llamadas Agenda 2030 y Agenda 2050– tengamos fuentes de creación y generación energética alternativas que contaminen menos y nos hagan vivir más.

Es una broma. Trágica y terrible, pero sin dejar de ser broma. No tenemos tiempo y, además, tal y como va el desarrollo del mundo y con la discusión permanente entre el norte y el sur, entre Estados Unidos y las demás potencias económicas, políticas y financieras emergentes –como China o, sin aún dar muchos problemas, India–, nos está llevando a una posición en la que estamos confundiendo lo pasajero con lo fundamental.

Sin planeta no hay vida. Sin agua no es posible la supervivencia. Sin árboles no hay oxígeno. Sin oxígeno no hay nada más. Todo es un círculo vicioso que está estrechamente relacionado entre sí. No es verdad el hecho de que si empezamos a crear fórmulas alternativas sean suficientes para evitar la destrucción colectiva y el daño que hemos causado hasta el momento. Y es que no es cierto porque ya estamos siendo parte de la destrucción colectiva y para comprobarlo sólo basta ver cómo, llama a llama, se van esfumando y convirtiendo en cenizas nuestros bosques y los pulmones de la Tierra. Pero lo que es más asombroso es la negligencia continuada y sostenida de los gobernantes al momento de actuar, pero, sobre todo, prevenir este tipo de desastres.

No hay más que una reflexión que es necesaria que se hagan todos los líderes, que es: lo que está ardiendo es nuestro patio trasero, los que nos quemamos estamos jugando con las reservas de agua potable y quienes estamos quemando las capas de ozono somos nosotros. Sin embargo –y aquí es donde es necesario detenernos un momento–, quienes pagarán las consecuencias no seremos nosotros, sino las generaciones que nos preceden.

Véase lo que está sucediendo en California, donde sólo la oleada de incendios que tuvo lugar en 2020 produjo una cantidad de gases de efecto invernadero similar a la que se había logrado reducir en los 18 años anteriores. Véase los incendios de hace unas semanas en Maui, provocando aproximadamente 100 muertes y pregúntese: ¿qué es lo que sigue? Y es que ante la incapacidad probada de quienes nos lideran, todo puede pasar. Es increíble cómo en un lugar como Maui, donde se tiene la preparación e infraestructura necesaria para prevenir –por medio de todo tipo de alarmas y sensores– y mitigar lo mejor posible los daños, termine consumándose un desastre de esa magnitud.

No sólo fracasamos en administrar y crear un mundo mejor, sino que, además, el capital acumulado de tantos años de irresponsabilidad colectiva plantea un futuro muy desesperanzador y pesimista. No obstante, ¿está todo dicho y no hay nada qué hacer? No lo creo, aunque en esta ocasión debemos emplear todos nuestros esfuerzos para evitar que la catástrofe termine de culminarse. Para empezar, debemos iniciar por nuestro alrededor, cuidando el incendio que se levanta en nuestros pueblos, evitando contaminar, cuidando el agua, pero, más que nada, siendo conscientes del punto en el que nos encontramos. Después, tenemos que entender que el crimen ecológico no sólo existe por quien lo comete, sino que también es responsable quien lo permite.

El nivel de deterioro alcanzado es tan grande y grave que será muy difícil evitar el procesamiento, evaluación y posible enjuiciamiento de los políticos y líderes que permitieron llegar hasta esta situación. Por eso, la próxima vez que suceda algo como el desastre ocurrido en Maui lo que deberemos cuestionarnos –más allá del efecto de los daños causados– es sobre quién fue el responsable político que permitió que, teniendo uno de los sistemas preventivos más eficientes, sucediera una catástrofe de esa magnitud.

El deterioro climático tiene nombres y apellidos. Tiene responsables y ha llegado el momento de dejar de sobreponer cosas que supuestamente son más prioritarias y verdaderamente enfocarnos en lo importante y vital. El reloj de arena ha marcado el final de las excusas y la Tierra nos ha marcado el inicio del final. Está en nosotros decidir si cerrar o dejar definitivamente abiertas las puertas del infierno y dejar que nos consuman lentamente sus llamas.

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