Tras leer y analizar el último libro de Henry Kissinger, titulado Liderazgo, y el cual acaba de publicar a sus 100 años, he descubierto un par de cosas importantes y que vale la pena destacar. En este punto de la civilización realmente ya casi nada es nuevo bajo el Sol y, generalmente, los elementos de las crisis que van surgiendo son idénticos o muy similares a las crisis del pasado. Las crisis son la puerta de entrada a los grandes cambios, lo cual no significa que muchas veces esos grandes cambios sean los mejores o los adecuados. Lo que sí es verdad es que las crisis históricas como, por poner un ejemplo, la que actualmente estamos viviendo en la mayor parte del mundo, por una parte, empuja a hacer un ejercicio de selección natural de liderazgos. Por la otra parte, estaremos siendo testigos –bien sea por el fracaso imperante de los sistemas, por las necesidades populares o bien por el instinto de supervivencia– del nacimiento, la aparición o la consolidación de quienes tienen los mejores elementos personales para dirigir las distintas crisis.
En México, inicia la recta final. Después de esta semana, en el país todo será una repetición sin cesar de un sinfín de propuestas, discursos y estrategias que marcarán quién estará liderando al pueblo el próximo año. En estos días se definirán los o las dos candidatas contendientes a la Presidencia. Por una parte, está el Frente Amplio por México, representado por un grupo de líderes y partidos que no fueron capaces de materializar y consolidar el liderazgo que por un tiempo estuvo en su poder. Un grupo de políticos que fue incapaz de ver y anticiparse al despertar de la sociedad mexicana y que le acabó costando el liderazgo del país, obligándolos a realizar una profunda reinvención de sus estructuras y métodos de actuación. Henry Kissinger dice que hay que ejercer un liderazgo de estadista, más allá de un liderazgo de profeta. Y es que mientras el estadista toma sus decisiones basado en proyecciones reales y datos concretos que demuestran la realidad de su pueblo, los profetas basan sus decisiones en los otros datos, en sus interpretaciones de la realidad y sin una consideración de la voluntad más que de la propia.
Por la otra parte, está el gran Movimiento Regeneración Nacional encabezado por un personaje que no sólo ha sido el que mayor número de votos ha conseguido en la historia de nuestro país, sino que, además –después de tantos años de campaña–, por fin logró plasmar sus intereses en la realidad nacional. El presidente López Obrador ha demostrado los frutos que da la perseverancia –aunque no sé si bien encaminada– y es un ejemplo de que las campañas electorales no forzosamente tienen una duración determinada.
Estando a aproximadamente ocho meses de ver realmente operar las grandes maquinarias de movilización social, política y electoral por parte de los partidos, la realidad es que todo inicia esta semana. Yo no soy partidario de las apuestas, aunque, créame, hará falta un milagro para que dos candidatos sigan siendo lo mismo cuando, pasada la Navidad y el inicio de año, verdaderamente comience la campaña presidencial. Mientras tanto, que nadie se equivoque, en el caso mexicano no existirá la piedad. Quien resulte ganador hará todo lo necesario para hacer cumplir el programa presidencial, sin importar el costo que esto pudiera llegar a tener.
Es muy difícil llegar a tener una crisis de esta profundidad sin poder garantizar la supervivencia de los aparatos administrativos y burocráticos que hacen y que regulan las relaciones entre la sociedad y el gobierno. Un personaje como Adolf Hitler no nace de manera espontánea ni se hace con el poder por casualidad. Previo a su irrupción en la historia, tuvo que existir todo aquello que contribuyó a que Alemania pasara de la República de Weimar a la consolidación del Tercer Reich. Que la nación alemana del liderazgo de Otto von Bismarck y su real unificación hasta la división geográfica con cuatro comisarios después de perder la mayor guerra mundial y de haber desencadenado el experimento bélico que, hasta el momento y de manera oficial, tiene el récord de haber costado más vidas en la historia de la humanidad. A partir de ahí, lo que permitió la recomposición de Alemania fueron principalmente dos cosas: primero, un liderazgo estadista, no de profeta, y al mismo tiempo la comprensión y el cuidado de que mientras el Plan Marshall ayudaba –con el excepcional trabajo de los alemanes– a reinventar el país y a reconstruirlo, frente a una nación dividida pero lista, en el fondo era necesario un liderazgo ejemplar. Sin el Plan Marshall y sin las reformas de Ludwig Erhard, que permitieron el milagro económico, Alemania hubiera sido una nación predestinada al olvido y a la nostalgia de lo que un día había sido.
La nostalgia hacia lo que una vez se fue y la añoranza sobre todo lo que se podría ser son dos elementos que en ocasiones traicionan a los países. ¿Cómo será la recuperación del Estado mexicano? Eso es algo que a todos nos debe inquietar y preocupar. Primero, porque ni desde el final de la Segunda Guerra Mundial ni en la actualidad, un país puede vivir fuera de su contexto y fuera de lo que son sus pies forzados geoestratégicos. Si, además, a eso se le añade el hecho de que formamos parte del mayor mercado interno del planeta, es fácil suponer que nuestra alianza con Estados Unidos y con Canadá es, en sí misma, un límite para la locura profética. Todo esto, además, viene acompañado con las grandes lecciones que nos ha regalado la historia.
Es un espectáculo sobrecogedor ver cómo la ficha de un acusado de haber querido alterar las elecciones y dar un golpe de Estado para seguir, es el póster y elemento principal de campaña de un candidato que, tal y como están las cosas, es muy difícil que no pueda ganar la elección del próximo año. Sobre todo, si la campaña estadounidense se hace sobre los caminos desde la justicia para hacer justicia, convirtiéndose los procesos en la mejor campaña electoral de un país que ya está demasiado polarizado y enfrentado en sí mismo para entender que una nación sin garantía jurídica, sin respeto hacia sus leyes ni a sus jueces, simplemente ha dejado de existir.
Entre otros temas, ya veremos cómo acaba esa lección fundamental de enfrentamiento que están dando los españoles. En cualquier otro momento en Europa y en la propia historia de España lo lógico, el rédito y considerando el beneficio del proceso de la transición y el contexto que llevó a la promulgación de la Constitución de 1978, sería haber hecho la gran coalición que la semana pasada Feijóo propuso a Sánchez. Sin embargo, el liderazgo profético y no estadista prefiere subir más la tensión de la polarización para no solamente ganar, sino hacerlo sin importar los costos de la destrucción del Estado que esta acometida traiga consigo. Resulta también difícil suponer por qué ese fenómeno no se circunscribe a un líder y hay toda una generación de políticos que lo sigue, pese a que sea exactamente lo contrario de sus raíces, creencias y carreras políticas.
El liderazgo profético prescinde completamente de la necesidad de la seriedad. El liderazgo estadista es menos brillante, menos decidido, pero mucho más eficaz y responsable al momento de construir y en reforzar los hábitos del poder para que haya una mezcla entre lo que significa la creencia última de cada uno de los ciudadanos y, lo que es más importante, diseñar e implementar un modelo que no resulte imposible. Y es que lo imposible siempre es un atractivo en política. El problema es que lo imposible comúnmente suele destruir a los países y a los políticos, además del gran y largo camino de destrucción institucional y muchas veces hasta destrucción física que ello conlleva.