Año Cero

7 de septiembre: empieza la función

Son tres desde el principio pero sólo uno será el destinado para subir al monte del poder. Quedan escasos días para saber quién es el elegido o la elegida.

Faltan 10 días para revelar quién ganará la encuesta que designará al defensor o defensora de la cuarta transformación o, lo que viene siendo casi lo mismo, el próximo 7 de septiembre sabremos quién será el heredero oficial –a título del Presidente– de los destinos del país. Al inicio eran tres corcholatas, a las que se les unieron dos que eran los proveedores de los votos necesarios para cumplir el programa de máximos de Andrés Manuel López Obrador en la Cámara de Diputados. No obstante, los predestinados a llegar al final de la contienda eran y son tres.

La primera, la corcholata de lujo, señalada como la heredera natural, según los designios del Presidente. La exjefa de Gobierno de la Ciudad de México Claudia Sheinbaum parecía haber nacido para ser la primera que terminara con la maldición que ha acechado a México y a otras muchas naciones de no haber tenido nunca a una presidenta. Después, seguido de cerca o de lejos –según se interprete y teniendo la más larga historia de cooperación política con el presidente López Obrador– se encuentra Marcelo Ebrard Casaubón.

Desde el principio, Marcelo Ebrard fue una de las partes que permitieron –empezando por el pecado original de la no residencia en la Ciudad de México del candidato López Obrador– retirarse a tiempo para que la honestidad valiente pudiera ganarle a Santiago Creel. Sin duda alguna, sin la relación entre Marcelo y Manuel Camacho Solís nunca se hubiera dado la concatenación de hechos que tan bien le vino al entonces candidato del PRD.

Marcelo Ebrard fue el hombre que sustituyó, después del breve paréntesis de Alejandro Encinas, en la jefatura del Gobierno del entonces Distrito Federal a Andrés Manuel López Obrador. Ebrard fue el hombre que hizo posible –jugándose muchas cosas– que el actual mandamás mexicano siguiera teniendo el presupuesto y los medios necesarios para que su revolución social triunfara. Fue también el hombre que se sometió a las concentraciones del Zócalo, primero, para abogar y pedir que no se le removiera a López Obrador de su puesto. Después, fue partícipe en el ejercicio en el que se exigió, voto a voto, el recuento de las elecciones y definir la presidencia legítima. Posteriormente, fue quien se erigió como el garante de contener y mitigar los daños que pudieron provocar en la izquierda la transición política que se vivió desde que Vicente Fox llegó al poder. Durante ese periodo alguien debía ser el encargado de garantizar el flujo de los recursos necesarios para mantener viva la esperanza y el sueño de alcanzar la cúpula del poder de nuestro país del Movimiento de Regeneración Nacional encabezado por López Obrador. Y ese alguien fue Marcelo Ebrard.

Por otra parte, Ebrard vio la necesidad de renunciar –por muy pocos votos– a la candidatura hacia la Presidencia de 2012, dejándole el paso a López Obrador y, posteriormente, exiliándose en Francia, aunque hasta donde sabemos no se trató de un exilio forzado ni se ejecutaron acciones que hubieran podido poner en peligro su libertad. Dado el nivel de radicalización que, en ocasiones, puede alcanzar la situación en nuestro país, Ebrard tenía el temor y la preocupación de que fuera el chivo expiatorio y la víctima propiciatoria de las consecuencias políticas de querer armar una revolución de izquierda en México.

Por último, está Adán Augusto López, quien fue el hombre que acompañó desde hace muchos años –gracias a la conmiseración de su padre– el caminar de Andrés Manuel López Obrador, vacilante y circulante, entre los pozos de petróleo tabasqueños y el asalto al Paseo de la Reforma. Amigo de los amigos y hermano del alma –como él lo calificó en alguna ocasión–, Adán fue traído a México cuando fracasaron los experimentos de probar a que la gente aprendiera del poder teniéndolo y, en el fondo, aunque el Presidente no tuviera mucha intención de compartir su poder con nadie, la ausencia de alguien por encima de toda sospecha, que además recibiera el encargo de la confianza, uno de los nuestros se hizo imprescindible. Y así Adán se convirtió en el secretario de Gobernación. Y fue la encarnación perfecta de lo que no podía ser la escenificación de la 4T ni en la mañanera, ni por la tarde ni por la noche. Quien ha tratado y dialogado con él dice que es la mejor demostración de quien actúa con mano de hierro, pero con guante de terciopelo.

Pero, además, Adán Augusto tenía y tiene algo que es lo más valioso al momento de que se acerca la hora de la sucesión en la 4T. De los contendientes a ser sucesor del Presidente y que pudieran ser electos por la voluntad del pueblo –hecho claro– es el que tiene más confianza de que, haciendo lo que tenga que hacer, tratará por todos los medios de salvaguardar íntegro el mensaje, el patrimonio, la familia, la seguridad y la libertad presidencial.

Tres, eran tres, como las hijas de Elena. Y sólo uno será el destinado para subir al monte del poder. Quedan escasos días para saber quién es el elegido o la elegida. Pero, con independencia de que lo sepamos, lo importante es saber que, en este momento, esos tres vienen de pasar una serie de pruebas duras. La primera, la de competir sin competir. La segunda, la de ser adversarios sin poderlo ser. Y, la tercera, que forman parte de un orden y de un universo en donde, con independencia de dónde te ponga el Presidente, algo te tocará y seguirás en la política.

En el deporte hay una frase que siempre me ha gustado, que dice no pain, no gain o, traducida al español, sin dolor, no hay recompensa. Se planteó una situación que no podía ser menos que una ensoñación de madrugada imposible o incompatible con la condición humana, pero, a pesar de ello, se siguió adelante con el plan. Y al mismo tiempo que a los tres se les asignaba la muy dura batalla de ser, pero no ser, de querer, pero no querer, de ir, pero no gritar y de hacer mítines que, en el fondo, fueran poco mitineros, a todos los demás, al país –empezando por el Presidente y por la estructura política de Morena–, se nos presentó la prueba dura. La prueba que ha significado vivir durante tres meses viéndoles ir y venir como si fuera un juego de sordomudos –y esto lo digo con enorme suavidad y respeto para quien padece de esta condición– pero, en el fondo, el experimento, la relación y la preelección presidencial que hemos vivido solamente era entendible a través del lenguaje de las otras capacidades puesto que, desde el primer momento, se les impidió tener la posibilidad de que su voz subiera los decibelios necesarios como para humanizar la competición. Al menos hasta este momento.

Se acerca la recta final y lo importante es saber qué y quién queda. Es elemental saber qué instrumentos utilizarán cualquiera de los tres –a pesar de que uno de ellos es muy difícil que termine por imponerse, aunque soy un hombre que siempre está abierto y dispuesto a las sorpresas– para trazar el tramo final que los guíe a portar la banda presidencial. Quien resulte electo o electa para abanderar la sucesión presidencial y haga ese ejercicio de transmutación humana deberá ser capaz de ser leal en el poder, pero también ser capaz de generar ilusión y esperanza sobre el hecho de que, con un nuevo militante de la 4T, las cosas pueden ser diferentes.

Andrés Manuel López Obrador ha puesto las cosas y la varilla muy alta, ya que, si uno mira objetivamente las cosas como son y se aventura a llamar las cosas por su nombre, no tiene más remedio que reconocer que esta ha sido la mejor campaña para el presidente López Obrador. Pero, que todo el supuesto de este ejercicio, de esta elección y de este curso se resume en que, hasta este momento –salvo que lo imponga la circunstancia histórica–, seguimos basándonos en el principio maderista. El principio que dicta “sufragio efectivo, no reelección”. Y como ya pasó en una ocasión con Álvaro Obregón y con otros que lo han intentado, nunca sabremos en la caverna de la cabeza qué es lo que puede ser definitivo para un presidente para mantener el sufragio efectivo, pero quitando la segunda parte de la frase y cambiándola por “sí a la reelección”.

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