América arde. De norte a sur y de este a oeste, la crisis es generalizada y tiene un elemento en común: la pérdida de la fe en sus clases dirigentes. En política es sabido que los dictadores o los elementos disruptivos siempre son el producto de un fracaso colectivo que arrumba a aquellos que gobernaron y que encarna la incapacidad de los gobiernos para resolver los problemas de las sociedades.
Estamos en un momento de la historia del mundo en el que, por concentración de problemas y por crisis de representatividad, no solamente es la democracia lo que está en peligro, sino la propia estabilidad mundial. En cuanto al continente americano, tenemos que analizar hacia dónde nos han conducido los elementos inútiles que han gobernado, especialmente en los últimos 25 años. Sin embargo, la realidad es que, de este análisis, no se puede excluir a Europa ni al resto del mundo.
Desde 1930, desde la época entre guerras, nunca habíamos tenido tantos problemas ni crisis simultáneas. El principal elemento en común que rodea y caracteriza a estas crisis es el fracaso de las clases dirigentes y la instauración o nacimiento de fenómenos extremos, tanto políticos como sociales. Algunos ejemplos de ello son el triunfo del domingo pasado del candidato de ultraderecha Javier Milei en Argentina, la crisis de Ucrania, la aparición y manifestación de los trans alrededor del mundo o lo que sucede en Ecuador. En este último caso vale la pena recalcar el hecho de que, cargando con el peso de la muerte del candidato presidencial Fernando Villavicencio, ayer se celebraron unas elecciones en las que se demostró la pérdida completa de su capacidad de defenderse. Con el asesinato de Villavicencio, Ecuador se ha convertido en un país que ha perdido la capacidad de defender no sólo a su pueblo, sino también a quienes aspiran ser su líderes, dejando su destino al aire.
Por otra parte, el triunfo de Milei es la consecuencia y efecto de la clara inconformidad por parte de los argentinos no sólo contra el actual régimen, sino con todo el contexto y realidad que los rodea. Antes de Milei hubo un cambio sistémico radical similar en 2016, cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, y antes de Trump ha habido un sinfín de líderes y gobernantes que han llegado al poder como consecuencia de todo aquello que no se estaba haciendo bien o que no estaba bien visto por la sociedad. ¿Será Milei el próximo presidente argentino? Es posible. En cualquier caso, lo sea o no, lo que es evidente es el fracaso del sistema argentino.
Los políticos están en decadencia. Las ideologías han dejado de importar. Naturalmente, nadie quiere repetir experiencias fracasadas, y si existe la elección entre vivir en un sistema, por ejemplo, en el que después de sesenta años lo que a uno le espera es que ni siquiera haya pollo para comer, u otro sistema que le garantice llenar su estómago, la respuesta es sencilla. Con independencia de las ideologías, todo mundo prefiere vivir bajo un sistema que, por lo menos, le garantice su supervivencia, su libertad y que le dé, aunque sea, el más mínimo atisbo de esperanza hacia el futuro. Además, está el hecho de que los políticos que han gobernado el mundo durante los últimos cien años, bajo los calificativos de pertenecer a regímenes de derecha o de izquierda, en este momento están siendo los testigos y administradores de un sistema fracasado.
No sé cuánto tiempo tardaremos para poder medir las consecuencias y los efectos provocados por la revolución de las comunicaciones. Desconozco las secuelas que tendrán las siguientes generaciones por la intromisión arrolladora de esta fuerza sin límites que son los celulares, las nuevas tecnologías y la interconectividad total y en todo momento. Lo que sí sé es que esta revolución ha cambiado por completo la ideología y formas de actuación de las sociedades. También puedo decir que tengo la certeza de que, en la actualidad, las ideologías están en crisis y, lo que es peor, las administraciones y los gobiernos están en bancarrota.
¿Por qué pagamos impuestos? ¿Para qué nos desgastamos tratando de ser buenos ciudadanos y seguir las normas? Podría ser por una cuestión de ética o de mera supervivencia ya que, si nosotros no hacemos lo mínimo y cumplimos con nuestros deberes y responsabilidades cívicas, dudo que los gobernantes o alguien más lo haría por nosotros. Sin embargo, hay casos en los que, a pesar de que las sociedades cumplan con lo que tienen que cumplir, no es suficiente motivante para que quien los lidera haga lo que tiene que hacer. Argentina es un caso claro de esto que menciono. Llevamos desde la década de 1940 tratando de entender qué es lo que mueve y cómo funciona Argentina. Y es que desde que Juan Domingo Perón y su peronismo se instalaron en el poder, ha sido muy difícil descifrar y explicar concretamente todo lo que sucede en el país, incluso con los restos que aún son visibles en la actualidad.
Visto el estado actual de Argentina es innegable aceptar que las cosas se han hecho mal y que, más allá de la visible crisis económica, existe una crisis estructural de liderazgos y de desarrollo. Al ver la nación en la que se ha convertido, es increíble pensar que hubo un tiempo en el que Argentina incluso llegó a ser uno de los países más ricos del planeta y que fue capaz de alimentar a gran parte del mundo tras la Segunda Guerra Mundial.
En cualquier caso, si bien el peronismo puede ser considerado como filofascista o como filocomunista o donde cabía desde la tenebrosa triple A de José López Rega, ministro predilecto del general Perón, hasta los montoneros que libraban batallas en plena Avenida de Mayo después de la muerte de Perón y de la administración de su viuda Isabel, lo cierto es que el peronismo ha hecho y sigue haciendo mucho daño al país.
El hecho de que las políticas exijan una renovación de liderazgos es algo normal. Lo que también es normal es que hayamos llegado a un punto en el que es necesario sacar la cuenta y el balance –ejercicio que aplica no sólo para los argentinos, sino para todos– de lo que hemos hecho desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
En la actualidad, hablar con nuestros hijos, que ya hablan tanto consigo mismos –y sobre todo con sus celulares por medio de sus selfies y del uso de tantas y diversas redes sociales– se ha convertido en una verdadera odisea. La verdadera cuestión que surge a raíz del uso de este tipo de dinámicas es sobre si tantas herramientas tecnológicas en realidad se han convertido, Dios no lo quiera, en barreras de la comunicación tradicional. Sin embargo, el verdadero reto está en descifrar cómo podremos explicarles la o las razones que nos han llevado hasta este momento.
Hoy existe una clara y verdadera catástrofe sistémica alrededor del mundo. Aunque ya no sólo es el hecho de que los sistemas hayan fracasado, sino que no se ve claro lo que vendrá a partir de aquí. ¿Por qué fue posible que un personaje como Donald Trump llegara al poder? Porque en el poder ya estaba instalado el fracaso, el abuso y, sobre todo, la pérdida de los referentes morales que hicieron y construyeron la mejor y más próspera democracia de la historia del mundo.
En Italia hace unos meses también sucedió algo inédito cuando Giorgia Meloni, perteneciente al partido Hermanos de Italia y que es considerado de ultraderecha, fue nombrada presidenta del Consejo de Ministros de la República italiana. Una líder que, a pesar de su fachada de extrema derecha, al llegar al poder, se ha mostrado como alguien conservadora.
Es necesario analizar cómo después de tantas crisis consecutivas alguien parecido a aquel cómico francés, Michel Gérard Joseph Colucci –o también conocido como Coluche– que se atrevió a desafiar a Georges Pompidou, e incluso al propio Mitterand, llegó al poder. En 1981, Coluche se presentó a las elecciones presidenciales francesas con un programa populista y bajo frases como “Propongo que votemos a un imbécil que no se entere de nada. O sea, a mí”. Y casi se convierte en presidente del país. En su momento, eso fue el reflejo del pulso y del estado que atravesaba la sociedad francesa, pero, sobre todo, fue una lección para la clase gobernante para dejar de mostrar desinterés y hacer todo aquello para lo que la gente los había votado. Los líderes políticos se dieron cuenta de que, de no reaccionar, en cualquier momento podrían llegar los Coluche a gobernar los países.
En lo que se refiere a nosotros, tenemos que saber que los fenómenos disruptivos y los candidatos sorpresa –aquellos que, aparentemente, no cuentan con las papeletas suficientes para ser políticos– son quienes verdaderamente tienen opciones de ganar en este mundo cambiante. Esto no sólo es un problema de la 4T o del presidente López Obrador, es un problema general que, en México, por ejemplo, se manifiesta en forma de la 4T o de las mañaneras. No obstante, como se puede ver, es algo que sucede en todo el mundo.
En cualquier caso, el fracaso de las clases políticas y dirigentes es el mismo fracaso que se vio reflejado, primero, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y es el mismo fracaso que ha ido trayendo a los Bolsonaro y a los diferentes personajes radicales que, con independencia de sus ideologías y formas de actuación, son enemigos del statu quo político de los últimos 25 años.
Los pueblos no se equivocan, aunque se equivoquen. En ese sentido, algo estamos haciendo muy mal y algo hemos provocado, ya que este fracaso generalizado en un mundo donde no hay fronteras, donde la comunicación es instantánea y donde la capacidad de amar o rechazar algo es inminente y global, lo que estamos poniendo en peligro es la instrumentación de los métodos de elección del poder. Asimismo, están en peligro todas las exigencias lógicas que se le pueden pedir a un gobernante, como el rechazo hacia todas las ocurrencias y elementos ilógicos que pueden llegar a proponer. Así estamos y hemos llegado a un punto en el que no tenemos más salida que colocar la alternativa fuera de la posibilidad de continuar con los modelos fracasados.