Hace mucho tiempo que la política dejó de ser un elemento racional para convertirse en una curiosa reacción absolutamente fugaz y variable de acuerdo con las distintas tendencias del momento. La revolución tecnológica y de libertades que hemos vivido desde que empezó el siglo 21 ha instalado nuevos paradigmas que, conviene no olvidar, están momentáneamente instalados en el consumo de los productos tecnológicos de alta gama. Se trata de unos paradigmas cuyas realidades de implantación y de ejercicio del poder son trasladables a cualquier manifestación humana, aunque, especialmente, a la política.
El nuevo desafío tanto para los productores como para los consumidores no se trata únicamente de tener la mejor tecnología. Se trata de ser el primero en permear e inundar el mercado. Se trata de abarcarlo todo y estar en la mente de todos. Si usted lo consigue, su tecnología –con independencia de lo que pueda ofrecer la competencia– puede ser considerada como la triunfadora. En esta sociedad que cambia y se reinventa cada día se puede decir que, si bien a la gente le gusta lo bueno, también es cierto que le gusta más lo que los demás consideran como lo nuevo o lo mejor. Y así sucede en las diferentes áreas de nuestras vidas, no sólo en la concerniente a lo tecnológico.
Cada vez más creo en lo que uno de mis más íntimos amigos me dice, que es que sólo hay una cosa más difícil que ser ignorante e incapaz para la vida pública: ser capaz de simular una ignorancia y una incapacidad para cumplir un programa que, a estas alturas, en los resultados se puede ver, pero que, si se fija bien, se trata más de una carrera por ver quién es el primero en conseguir los objetivos buscados. Es decir, tomando como ejemplo el inicio de la reciente carrera hacia obtener el triunfo sobre la candidatura presidencial de Morena, en México ya no importa qué es lo que se busca lograr o cómo generar un cambio a favor de la sociedad. En nuestro país, al igual que sucede con las tecnologías, ya importa más ser el primero en llegar a la cima que el método en el que se llega o lo que viene después de lograrlo.
El presidente López Obrador ha entendido que los resultados –con independencia de las campañas propagandísticas– no forzosamente le tienen que estar sonriendo todo el tiempo, sino que basta con contar con aquellos resultados y estadísticas necesarias para cumplir con sus planes y con su política. Por eso, después de haber celebrado con medida el triunfo obtenido en el Estado de México, se ha lanzado a copar el terreno para que no sea posible que haya ninguna otra alternativa u oferta política que pueda desafiarlo en el cumplimiento del producto terminado.
La cena celebrada el pasado lunes 5 de junio, en la librería Porrúa, liderada por el presidente López Obrador no sólo fue para celebrar el triunfo obtenido por parte de Delfina Gómez, sino que principalmente se hizo para establecer las reglas del juego y la hoja de ruta entre los aspirantes rumbo a la candidatura presidencial de 2024. Bajo el argumento de que él no inclinaría la balanza ni favorecería a nadie en particular, ese día inició una nueva etapa en la vida política de nuestro país bajo el único objetivo que es seguir cumpliendo con los objetivos de la revolución –más que la transformación– que ha significado la 4T en México. Todo esto se pactó bajo el común entendimiento de que se tenía que hacer todo lo posible para evitar que hubiera una oposición que pudiera siquiera a aspirar a hacerle frente al movimiento que inició el primero de julio de 2018 y que parece que no tendrá un fin cercano.
El presidente López Obrador sabe y es consciente de la división existente en el país. Y no sólo es consciente de ello, sino que la polarización ha sido uno de los elementos fundamentales de su gobierno. Pero también sabe que en estos momentos que necesita implementar una especie de guerra relámpago –como si fuera una recreación de lo hecho por las divisiones Panzer del Ejército alemán para romper con la Línea Maginot y las líneas de defensa francesas– para conseguir que la oposición no tenga la más mínima posibilidad ni esperanza de alzarse con la victoria en 2024.
La campaña de Morena es la campaña presidencial de 2024 en su totalidad. Pero ésta no empezará cuando el próximo 6 de septiembre se designe al próximo defensor de la cuarta transformación, sino que la campaña electoral en realidad comenzó el primero de julio de 2018. Hasta el momento no ha habido ni un solo día, ni una sola mañanera, ni una sola acción que no vaya de acuerdo con el programa que López Obrador ha buscado imponer al país desde que más de 30 millones de personas lo eligieron Presidente de México. Pero no sólo eso, sino que todo lo que ha hecho desde que portó por primera vez la banda presidencial es eliminar cualquier anhelo de aspiración a todo aquel que busque hacerle frente.
Instalados en el axis de nuestra irracionalidad y sin entender el alcance real de la cuarta transformación, su metodología ni el verdadero equipo del presidente López Obrador, los mexicanos nos hemos dedicado a asombrarnos interrumpidamente durante los últimos cinco años. Estando a las puertas del sexto y último año de mandato presidencial hay muchos elementos qué analizar, el problema es que el tiempo es limitado.
En este contexto ya no hay cabida para más sorpresas y así es como está construido el poder. Se quiere el carro completo del PRI, pero sin concesiones. Una cosa es ganar la Presidencia por incomparecencia de la otra parte –como sucede ahora– y otra es ganar el carro completo. La única novedad es que ahora, como una manera de evitar la separación y la división interna, el carro completo será asignado.
Empieza la contienda y empieza lo que será una especie de juegos del hambre. Al parecer, todo se vale, lo único que a estas alturas no es válido es el seguir reconociendo el fracaso extremo de la llamada oposición. Sin embargo, hay que reconocer el papel y desempeño de un jugador como lo es el partido Movimiento Ciudadano. Su actuación en este año ha sido notable y notoria, aunque ha fallado en algo muy importante, que es considerar la canalización de las aguas de la reacción ciudadana para tener alguna traducción política práctica. Ahora, con un espacio limitado de tiempo y con un muy reducido margen de actuación, no queda más remedio que situar y colocar un método de análisis distinto de la realidad, si es que alguien la quiere transformar. Y es que, salvo que se perpetre el tan ansiado milagro y, visto lo visto, al parecer a los mexicanos no nos queda otra opción más que dejar de preguntarnos dónde estamos parados y aceptar que la continuación de la 4T simplemente es inevitable.
¿Quién será el nuevo conductor de Morena? Se decidirá el próximo 6 de septiembre. ¿Quién estará a la derecha de López Obrador fungiendo como una especie de Waze político? También se sabrá en esa fecha. Pero, más allá de ponerle cara al elegido o la elegida y de eliminar cualquier ilusión de la oposición, lo más importante es asegurar la continuación del programa. Será muy curioso ver cómo, a partir de aquí, todo girará en torno al candidato que resulte electo para defender la 4T y en quien recaerá la responsabilidad de continuar lo hecho por el Presidente, suponiendo que haya espacio para él o ella tenga un papel o alguna propuesta que hacer más allá de la que le dicte Andrés Manuel López Obrador. Hoy México no tiene más propuesta que la que presenta Morena y su líder, o al menos esa es la intención y esa es la creencia que prevalece o se busca imponer en nuestro país. Sin embargo, la vida todos los días nos enseña que siempre hay que estar preparados y que siempre hay espacio para las sorpresas, siendo el factor sorpresa tan importante o más que aquello que controlamos o planificamos.