Año Cero

Un lugar al Sol

Vivimos un tiempo en el que cada vez es más difícil saber dónde están los límites o hasta dónde hay que llegar para darnos cuenta de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

La sociedad actual se mide por la incapacidad por definir y esclarecer las identidades. Hemos llegado a un punto en el que, si de por sí ya es bastante difícil el oficio de vivir, ahora las nuevas generaciones se tienen que enfrentar al espejo o a un cuestionario y preguntarse si son o no son binarios. Los niños y niñas de estos tiempos se enfrentan a una explosión y diversidad de opciones que lo único que provoca es la incertidumbre sobre qué y quiénes son. Es tanta la confusión social que lo único claro es que nada está claro. Y en medio de todo esto está lo político y lo que quienes gobiernan o buscan gobernar expresan o proponen a través de las distintas –y tan dominadoras– redes sociales.

Barack Obama fue el presidente de la era YouTube, así como Trump fue caracterizado por el presidente que usaba Twitter cada vez que quisiera. Hace unos días, Ron DeSantis –de la mano de Elon Musk– buscó marcar un parteaguas en la manera de presentar su candidatura presidencial convocando a cientos de miles de personas para que lo sintonizaran a través de Twitter. ¿El resultado? Un completo fracaso. Y no sólo por la caída del portal que produjo bromas, por ejemplo, por parte del presidente Joe Biden o incluso por el propio Trump, sino por la pérdida económica y el traspié que significó este intento para el hombre más rico del mundo y su último proyecto multimillonario que es Twitter.

Para una empresa tecnológica el éxito de sus proyectos y lanzamientos de productos lo es todo. Ese día, Twitter Spaces –la nueva plataforma impulsada por Musk y que incluso pretendía utilizar para armar un espacio de debate presidencial en las próximas elecciones– colapsó. Desde antes de que Musk apareciera en el rumbo de la empresa del pajarito azul, la realidad es que esta aplicación iba cada vez perdiendo más relevancia. Y es que desde que un extraño y mediático personaje llamado Donald Trump dejara de utilizar la plataforma desde el Despacho Oval para expresar sus pensamientos, Twitter ya no ha vuelto a ser lo mismo.

Desde luego, si DeSantis –con la extraña dupla que forma con Elon Musk– termina imponiéndose, primero, en las primarias republicanas y más adelante culmina por ganar las elecciones presidenciales, Twitter podría tener un repunte significativo. Sin embargo, vivimos en unos tiempos en los que cada vez es más difícil saber dónde están los límites o hasta dónde hay que llegar para darnos cuenta de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

El Sol no es un problema, todos lo necesitamos para vivir. Aunque sabido es que muy cerca de él te puedes quemar y muy lejos te puedes morir de frío. Y eso mismo es lo que pasa con un montón de elementos políticos. Estamos en medio de un momento en el que las apuestas van subiendo a nivel en todas partes. Naturalmente, como pasa siempre y como nos enseñaban cuando el periodismo no era haber leído a Wikipedia y escribir un sentimiento en forma de tuit, lo local tenía más fuerza, ya que era lo que más afectaba la vida de la gente. Por eso, aunque actualmente la crisis sea mundial, aunque vivamos en una situación curiosa, aunque tengamos que ser testigo de cómo después de miles de millones de dólares en ayuda militar a Ucrania bajo la excusa de que sólo es con el propósito de tener recursos para defenderse, el conflicto sigue estando más ardiente que nunca; a pesar de todo eso, lo que pasa dentro de los países es lo que mayor repercusión y daño causa. Mientras el mundo ve cómo la posibilidad de una tercera guerra mundial en Europa va tomando cada vez más fuerza, uno tiene que saber en su tierra dónde le calienta el Sol, dónde se quema y cuáles son los límites de las acciones políticas.

El mal de muchos no es consuelo de tontos, aunque sí debemos tener un espacio de reflexión colectiva sobre lo que estamos viviendo. Lo que estamos viviendo es el final de muchos procesos sin que aún aparezcan claramente los que los sustituirán. Insisto sobre el hecho de que la fe mueve montañas y la fe es un factor muy importante entre muchos líderes, por ejemplo, el presidente de México. El problema es que, sin entrar en el debate entre la fe y la ciencia, ni se puede vivir sólo de fe ni se puede esperar que todo lo resuelva la ciencia. Sin embargo, vivimos en un país en el que pareciera que la ciencia, las matemáticas, las estadísticas o los datos simplemente no existen. Y es que la realidad es que, por mucha fe que tenga el Presidente, los datos y las estadísticas tienen que ir de la mano de su paso por el poder.

En este punto del sexenio me parecería un ejercicio hasta de mal gusto empezar a pedir las cuentas sobre lo sucedido con Dos Bocas –un proyecto cuya inversión se ha elevado más de 46 por ciento –, con el Tren Maya y todas las repercusiones climáticas que tendrá su construcción, o las polémicas que giran en torno al AIFA. Ya habrá tiempo para ver y analizar qué fue lo que pasó con las megaobras y ocurrencias de este sexenio, ya que al final del día los visionarios siempre tienen que pagar el precio de llegar y ver más lejos que los demás. Otra cosa es saber y determinar a quién o cómo rendirán las cuentas cuando llegue el momento oportuno. Pero en lo que eso sucede, dejemos de perder el tiempo.

No es que México esté dividido en dos, en el país de las mañaneras y en el de las tardes y noches. Es que actualmente hay una ensoñación colectiva y –como el doctor Goebbels decía– esperamos que las mentiras se vuelvan verdad a base de repetirlas. No obstante, tenemos una suerte inmensa, ya que dentro de pocos días pasaremos la prueba del algodón. A pesar de las múltiples encuestas que rodean las próximas elecciones estatales de Coahuila y del Estado de México, me ha llamado la atención que se haya cometido lo que antes hubiera sido un enorme fallo político, que es quitarle la pensión a la elección por mostrar antes de tiempo que la elección era innecesaria. Que era tanta la diferencia que había en Coahuila entre el candidato que representa al partido del régimen actual y el candidato del anterior régimen o de la nueva coalición, que incluso era innecesario llevar a cabo las elecciones. Sin embargo –y siendo consciente de que aún todo puede suceder– el Presidente, su candidato y su partido hicieron mal los cálculos y se están viendo sorprendidos por la oposición.

En cuanto a la otra elección, quiero recalcar que el Instituto Electoral del Estado de México es una de las pocas instancias que reflejan lo que alguna vez fue el INE. Es por eso por lo que, salvo por la sensación de sentimiento colectivo de las mañanas y por esa exaltación espiritual, difícilmente se podrá llevar al IEEM a la misma situación con la cual se fueron clavando los féretros de los antiguos consejeros y presidente del extinguido órgano electoral.

El régimen no se toca. Se toca solo. Él es el que va subiendo las apuestas y ahora las únicas apuestas que de verdad nos permitirá saber dónde estamos parados son las concernientes a las de los resultados electorales de Coahuila y del Estado de México. Que quede claro que no estoy defendiendo a ningún partido ni régimen, simplemente estoy haciendo una reflexión sobre que, si es tan clara la victoria y si confiamos en que esa victoria nos permitirá desafiar todo y a todos –permitiéndonos nacionalizar lo que queramos e interrumpir o ser parte de la compra de bancos–, lo único que tenemos que hacer es esperar el resultado.

Nosotros, los pueblos que hemos sufrido mucho, siempre estamos abiertos o esperanzados sobre los resultados sorprendentes. Lo que quiero decir es que sería sorprendente el aplastamiento completo electoral y la instalación de un régimen que, además, sería un adelanto de lo que sucederá el próximo año. Hay quien ha argumentado que el día en el que Alfredo del Mazo llegó a la gubernatura del Estado de México, ese día los mexicanos supimos de Andrés Manuel López Obrador sería el presidente de México.

Ahora el problema es que si la llamada alianza Va por México conquistara –por medio de un resultado que, posteriormente, pudiera ser cuestionado o defendido– y se llevara las próximas elecciones, se desencadenaría un conflicto que dividiría aún más al país. Por una parte, se encontraría quienes están convencidos de que la fe mueve montañas y con eso basta, y por el otro lado, estaría la lógica y la ciencia.

Dicho lo anterior y contemplando el mundo en el que vivimos es necesario observar cómo la cumbre del G7, celebrada la semana anterior, no sólo debió buscar una solución a los diversos conflictos que aquejan al mundo, sino que debió buscar establecer modelos políticos eficientes y adaptados a la actualidad. Y es que, independientemente de si son de izquierda o derecha, ahora los modelos políticos se miden por si son tecnológicamente aceptables o no. A pesar de todo lo dicho, no hay que equivocarnos, ya que las propuestas u ofertas políticas sólo deben tener un fin: hacer que las personas sean más felices de lo que fueron en el pasado. Aquí yo tengo la sensación de que, después de la fuerza del modelo Trump y después de ver cómo se están planteando las próximas elecciones, realmente el mundo ha llegado a un punto culminante de sus conquistas y ahora le hace falta conquistar su felicidad para no verse desbordado, ni por la tecnología ni por las conquistas de unos pocos que pretenden ser impuestas a los demás por la fuerza.

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