Año Cero

Nada es coincidencia

Es necesario recordarles a los gobiernos que lo que ocurrió en la Plaza Maidán (Ucrania) y en la Plaza Tahrir (Egipto) ha sucedido más de una vez y puede volver a suceder.

Entre Nueva York, Tesla y las manifestaciones de ayer, en México la historia se escribe sobre asignaturas pendientes. A estas alturas debemos definir si seremos un país institucionalmente estable o no y qué tipo de oportunidades son las que estamos esperando. No sirve de nada hablar de conceptos como el nearshoring si no entendemos que hay elementos que aún tenemos que resolver para asegurar una atracción efectiva de inversiones y capitales. Por poner un ejemplo, hablemos de Tesla. Sin la infraestructura energética adecuada y necesaria para atraer una gigante automotriz como lo es la empresa fundada por Elon Musk, en realidad da igual si hay agua o no en Nuevo León o las condiciones de cualquier otro lugar elegido por el Presidente. Sin energía, da igual dónde se instale Tesla.

En cuanto a las manifestaciones y los plantones en plazas, es necesario recordarles a los gobiernos que lo que en su tiempo ocurrió en la Plaza Maidán –conocido también como el Euromaidán– ha sucedido más de una vez en otros lados y que, en cualquier momento, puede volver a suceder. Lo más importante de las manifestaciones de ayer, que se dieron a lo largo del país, es la pérdida del miedo. Durante muchos años el poder ha podido hacer y deshacer haciendo uso del miedo que genera. Lo sucedido ayer sirvió para hacerle notar al Presidente que mucha gente, que muchos estamentos y muchos de quienes le votaron… le han perdido el miedo. López Obrador puede hacer lo que quiera, puede seguir insultándolos mañana tras mañana o negar el hecho evidente. Lo que no puede hacer es seguir adoptando la posición que en su momento tuvo el gobierno de Ucrania cuando se desataron las manifestaciones en la Plaza Maidán o lo que hizo el gobierno de Hosni Mubarak cuando los egipcios protestaron en la Plaza Tahrir. Ni el entonces presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, ni Mubarak vieron venir que esas protestas eran el principio del fin. Perder el miedo es lo que marca el cambio de la historia.

Y sobre lo de la sentencia de Nueva York, no se trata de un acto político, sino que esto concierne y está relacionado a lo criminal y a lo penal. Aunque desde el punto de vista histórico y en lo que se refiere a nuestro país, este hecho plantea una gran incógnita. ¿Tuvimos con Calderón un presidente tan incompetente que no fue capaz de ver en seis años lo que sucedía a su alrededor, involucrándolo directa e indirectamente? ¿O sencillamente no se trataba de incompetencia, sino de colusión? Independientemente de las suposiciones, eso es algo que el expresidente tiene que responder y no creo que Twitter sea el medio indicado para explicarse ni que estar fuera del país sea la solución en este momento.

En cuanto a otro tema, es necesario saber y explicar qué fue lo que sucedió en Ucrania la semana pasada. Con el objetivo de que de una vez por todas aceptemos el hecho de que nada será igual ni nada volverá a ocupar el sitio que ocupaba antes, un hombre de 80 años, presidente de Estados Unidos, emuló a su antecesor y compañero de partido Franklin Delano Roosevelt –sin silla de ruedas ni nada que restringiera su movimiento– al caminar erguido por las calles de Kiev. El pasado 20 de febrero, Joe Biden realizó una visita sorpresa a Ucrania para reunirse con su homólogo Volodímir Zelenski. Durante su visita y utilizando el lema “un año más tarde, Kiev resiste”, Biden resaltó que el conflicto no terminaría con una victoria rusa, como más adelante señaló en su discurso pronunciado desde Polonia.

No sé si en el propio cielo ruso los cazas estadounidenses protegieron el Air Force One. Sin embargo, a partir de un punto la única seguridad fue no tratar de engañar a la inteligencia rusa, ya que siempre podría haber filtraciones o problemas. Y es que, a final de cuentas, no hay más que un Air Force One volando por el mundo, de ahí que previamente se haya optado por comunicarle al Kremlin que POTUS iría a Kiev. Tras este comunicado, se llegó a la conclusión de que la única manera de garantizar la seguridad del presidente estadounidense era por medio de involucrar a los sistemas de defensa y cazas rusos en la acometida.

Los tiempos –y menos los políticos– nunca son coincidencia. La visita de Biden no sólo fue con el propósito de reiterar y reafirmar el apoyo estadounidense a la nación ucraniana, sino que ésta se dio cuatro días antes de que se cumpliera un año de la invasión rusa y horas antes de que Putin anunciara que Rusia no participaría en el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, o también conocido como Nuevo START.

Gracias a la buena relación que tenía Roosevelt con Stalin, no sólo lograron acabar con el enemigo en común que era Adolf Hitler y el fascismo europeo, sino que, debido a eso, también se logró establecer –al principio– una buena relación entre Rusia y Estados Unidos, incluso mejor que la que tenían Churchill y Roosevelt. La relación entre soviéticos y estadounidenses nunca había sido mejor que cuando ambos gobernaron. No sólo habían logrado lo que en un punto parecía imposible, sino que tanto Stalin como Roosevelt sabían que lo mejor estaba por venir para sus naciones. Como se puede comprobar en los anales de la historia, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo mejor llegó para los dos países, aunque no precisamente para la relación bilateral. La ambición, la falta de disposición al momento de converger intereses y la creciente tensión geopolítica global acabaron dando paso al inicio de la Guerra Fría y el distanciamiento absoluto entre ambas naciones.

Mientras Vladímir Putin daba los últimos apuntes de su discurso a la nación de este año, que en 2022 coincidió –sin ser precisamente una coincidencia– con la invasión a Ucrania, se volvió a ver en el liderazgo ruso una figura tan imperial como en la época de los zares. Curiosamente, Putin habló de que en los círculos de inteligencia de Occidente –los cuales están compuestos por los intelectuales y casi se podría decir que los neoliberales– habían decidido acabar con Rusia. Putin realmente sí es un presidente en problemas, porque, aunque no tenemos información precisa, sí que da la impresión de que la experiencia ucraniana está sirviendo para demostrar varias cosas. La primera, la diferencia que hay entre ser un gran espía, un saboteador o un terrorista y un estadista capaz de formar grandes ejércitos. La segunda, el ejército ruso –tan grande, querido y al que le deben, por ejemplo, el desfile del Día de la Victoria sobre los nazis– ya no es lo que era. Sin una cifra exacta de caídos, lo que sí se puede ver es que las tecnologías y la estructura militar simple de Rusia no han estado a la altura de las circunstancias.

Al final, lo de Ucrania podría terminar siendo una acción bélica especial con un ejército entrenado y modernizado que, entre otras cosas, no fuera posible terminar con sus generales, ya que ellos hablaban desde teléfonos no encriptados que permitieron poder fijar el misil directamente contra el general y matarlos mientras hablaban. Eso sucedió a principios de febrero, cuando los teléfonos satelitales encriptados rusos fueron hackeados por la inteligencia ucraniana, obligándolos a usar sus teléfonos convencionales, lo cual acabó suponiendo su condena a muerte.

No son malos tiempos para la bohemia. Son malos tiempos para todos aquellos que tenemos recuerdos y que fuimos, en cierto sentido, no la generación del baby boom, pero sí los que bebimos todo lo que sabíamos en los ejemplos de la Segunda Guerra Mundial y el dominio casi indiscutible de los imperios estadounidense y soviético.

En la actualidad, al imperio estadounidense sus mayores problemas le vienen de la descomposición interna. El pueblo que buscaron establecer los Padres Fundadores y, sobre todo, el talento insuperable de Thomas Jefferson, vive una crisis de confianza donde su mayor problema de seguridad interna radica en cómo llevarse, cómo tratar y cómo luchar con sus vecinos; es decir, nosotros. Y luego está la cuestión de cómo hacer frente a esa resistencia al dolor que ha desarrollado el pueblo estadounidense por culpa de la salud de sus ciudadanos y sus adicciones a los analgésicos, que han hecho que el fentanilo se haya convertido en la mano negra que los extermina y los mata con una sonrisa en la boca, pero que, además, se mueren por decisión propia.

Rusia está reinventándose a fuerza de derrotas. Estados Unidos tiene que reinventarse a fuerza de ser consciente de todo lo que ha perdido. Y en medio estamos los demás. Al final, Europa –que está mucho más cerca de Rusia de lo que estamos nosotros– a estas alturas ya es solamente una parte del conflicto, mas no todo el conflicto. Ni siquiera en la Segunda Guerra Mundial, con el Pacífico ardiendo y Europa en llamas por todas partes, la guerra fue tan global como lo es ahora. Tenemos conflictos exteriores y conflictos interiores, y lo que parece claro es que todos –con excepción del pueblo indio–, por una razón u otra, hemos perdido el norte. Y es que realmente ahora estamos saltando no entre charcos por los temporales que se han desencadenado, sino brincando a la búsqueda de nuestras personalidades en un elemento combinado que afecta a China por unas razones, a Estados Unidos por otras y a Rusia y Europa por otras tantas.

Para saber qué papel puede uno ocupar en el mundo, tiene que saber a qué mundo le quiere apostar y qué es lo que quiere ser. A estas alturas ya es muy evidente y ya muchas veces hemos analizado las consecuencias de no querer ser ni de aquí ni de allá. Mientras tanto, desde la incomodidad que significa no saber muy bien cómo pudimos llegar hasta aquí, pero siendo conscientes de que aquí estamos metidos y de lo que está en juego, lo que queda claro –al igual que el papel de periódico antiguo– es lo amarillo en que se ha ido convirtiendo el mundo que conocimos. Hoy realmente el peligro no está en las armas nucleares, o sólo en las armas nucleares, lo que es nuclear es la pérdida de dirección de las sociedades y la ausencia de un programa que empiece por lo elemental. Hay que hacer la paz en Ucrania, ya que, de lo contrario, la guerra llegará a todas partes, incluidos esos países que, aparentemente, estamos tan lejos, pero que, realmente, en una situación de descontrol general como la que estamos viviendo, podemos acabar ardiendo por los cuatro costados.

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