Año Cero

Se busca presidente

El próximo presidente ya está entre nosotros y es parte de la cadena de errores o aciertos del grupo al que pertenece de quien está rodeado.

El 2023 será un año más interesante de lo que parece, no sólo por lo que ya ha sucedido hasta este momento y con el preámbulo de la Cumbre de los Líderes de América del Norte, sino que entre este año y principios del siguiente se definirán los candidatos que buscarán ocupar la cúpula del poder en México y en Estados Unidos. El próximo año en nuestro país depositaremos un papel en una urna marcando a quien nos dirigirá por los siguientes seis años; lo mismo harán los estadounidenses, presionando una opción en una tablet. El 2024 será el año de las elecciones; sin embargo, este año es el que definirá en gran medida el porvenir del que sigue.

Los próximos comicios mexicanos y estadounidenses serán los primeros que se darán en medio del nuevo contexto macroeconómico que hoy acompaña al mundo y que se forja de manera paralela a la aplicación del T-MEC. Ambas elecciones presidenciales coinciden en un momento crítico y que marcará significativamente el devenir no sólo de lo que pase al interior de cada país, sino también de lo que suceda en la relación bilateral. Desde el punto de vista político y considerando las circunstancias y los comportamientos, conviene recordar y establecer bajo qué situaciones y condiciones elegiremos presidente el año que viene.

Se busca presidente y ese presidente no es espontáneo ni vendrá de Marte, sino que ya está entre nosotros y es parte de la cadena de errores o aciertos del grupo al que pertenezca y de quien está rodeado. “Sufragio efectivo, no reelección” fue la consigna adoptada por Francisco Madero en su campaña política de 1910. Hoy es una expresión que sigue velando y buscando preservar la soberanía del pueblo mexicano, pero, sobre todo, la eficiencia de las herramientas y prácticas democráticas del país. De ahí que, sea grato o no a los ojos del presidente López Obrador, el nuevo o la nueva ocupante de Palacio Nacional será quien deba hacer valer este principio y reafirme que la democracia sigue vigente en nuestro territorio.

Llegamos a la primera elección en la que, después de un concienzudo y significativo ataque, daremos un gigantesco salto en el vacío. Durante más de 25 años nos pudimos sentir orgullosos de nuestro caminar en la garantía de que robar votos o alterar las elecciones era difícil. Y lo era, primero, gracias a la presión ejercida por parte de la sociedad civil. Segundo, debido al compromiso democrático de los mexicanos con la transparencia de las elecciones. Y tercero, gracias al buen comportamiento y estructura del que primero fue el IFE y ahora conocemos como INE. Pues bien, como somos amantes del riesgo y de vivir en medio de la incertidumbre, estas serán las primeras elecciones en el vacío.

No hemos conseguido destruir, desde el punto de vista legal –pero sí moral y en cuanto a confianza se refiere–, al INE y toda la seguridad que teníamos hasta aquí. Este gobierno, el que más votos ha recibido en la historia de la democracia mexicana, nunca tuvo un problema para poder acreditar su historia. Sin embargo, su victoria, que fue defendida –aunque no necesitó mucha defensa– y legalizada por el INE, no se ha quedado ahí, sino que ha ido más allá. La actual administración ha decidido traer los pecados del pasado al presente y los ha utilizado para minar la confianza y autoridad del que, hasta este momento, era el máximo referente electoral del país.

¿Y ahora qué? Ya veremos si las próximas elecciones se realizan en un marco similar a la consulta que en su momento se hizo para no construir el aeropuerto de Texcoco o las que se hicieron para reafirmar los grandes proyectos del sexenio. Ya veremos si ahora el proceso electoral –con independencia del gigantesco y, por lo que se ve, inútil costo de la siguiente elección– tendrá o no la misma garantía que una de las asambleas a mano alzada que tanto le gustan a nuestro Presidente. Lo cierto es que, se ponga como se ponga y lo haga como lo haga, el INE ya no tiene el cinturón de seguridad que daba la confianza y la defensa a una parte sustancial de la población. Además, tendremos que ver cuánto daño hace la mentira en el poder, ya que, según se ve –y ese es un problema que viene desde los antiguos griegos hasta nuestros días–, a pesar de comprobar que se está mintiendo o que se está alterando la realidad desde el poder, aún no hay solución humana para castigar este tipo de faltas.

Casos como el de la ministra Yasmín Esquivel, que cada día es más claro que no hay manera de que renuncie a su cargo, y es que, aunque se fuera, estaríamos en medio de un debate jurídico de esos en los que aplica el refrán de “hecha la ley, hecha la trampa”, en países como el nuestro sirven para recordar que las leyes especifican de manera clara lo que hay que hacer. Sin embargo y, como es nuestra situación, siempre se cuenta con una puerta trasera para salir de la crisis en caso de ser necesario. Además de la descalificación moral que merece el plagio, todo lo que ha pasado y, sobre todo, la actitud ante el hecho, no hay manera legal de destituir a la ministra Esquivel de su cargo. Asimismo, todas las decisiones que ha tomado en su carrera jurídica son decisiones ajustadas a derecho, a pesar de que ella –al menos sobre el papel y teóricamente– no tuviera derecho a ser considerada una profesional de la especialidad que ejerce.

Lo más violento y lo más terrible es que, una vez que te pillan en un fallo, cometes un delito. De un delito se pasa a una aseveración para, finalmente, demostrar que no se llega al poder dando simplemente un paseo. Y al final no sólo la ministra no se irá, sino que quedará este antecedente marcado en la historia de una institución tan valiosa para la justicia de los mexicanos como lo es la Suprema Corte. Si yo fuera miembro de la familia Esquivel Mossa, lo primero que desearía es obtener paz. Porque lo que queda claro es que, si no dimite, no cesaremos en el tema y no sólo porque sea peor que otros –no, no quiero decir eso–, sino porque en el comportamiento de nuestra génesis, de nuestro sistema, dentro de nuestro ADN está el perseguir hasta al final al caído, al igual que adorar hasta el último instante a quien nos gobierna. Éstos son los elementos con los que partimos para iniciar este año preelectoral, en el que también tendremos que definir qué nos importa más, que el mundo sea como lo añoramos o que lo sea de una manera que nos permita a todos crecer y desarrollarnos.

El T-MEC nos exige definiciones muy claras que, nos guste o no, tendremos que hacer. ¿Vamos a apostarle a que México sea El Dorado del nuevo desarrollo económico de América del Norte o no? ¿Apostaremos por seguir teniendo 40 millones de personas en la pobreza? Este último punto es vital esclarecerlo, sobre todo para saber y poder definir, de manera clara, si seguiremos utilizando a los pobres como parte de la estructura del poder en turno y como una garantía de votos a recibir. También tenemos que determinar si seguiremos optando por la destrucción sistémica de la educación, que no sólo ha sido atacada de una manera inclemente durante los últimos años, sino que deja a millones de niños en las calles y a muchas madres sin mucho margen de esperanza. Y es que, hasta este momento de la historia de nuestro país, el Estado se ha quedado muy corto al momento de romper las barreras y las cadenas de la pobreza y que pueden ser mitigadas por medio de la educación.

En fin, es difícil saber cómo se va a preparar, cómo se va a poner o de qué manera haremos las ofertas electorales. Pero lo que es seguro, créame, es que esas ofertas no van a estar llenas de las peleas locales entre las corcholatas o entre las contradicciones internas que tienen todos los grupos de poder al momento de luchar para revalidarlo. Lo que las propuestas electorales darán como resultado en el año 2024 aún está por verse. Lo que necesitamos más que nunca es coherencia, seriedad, pero, sobre todo, la definición de un modelo que permita el crecimiento y el desarrollo de todos y no sólo de unos cuantos. No creo que seamos capaces de convencer a todo el pueblo de que lo que más le conviene es la pobreza, la dependencia clientelar de un gobierno y, al mismo tiempo, que la única oferta electoral gire en torno a culpar al pasado de todos los males del presente.

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