Año Cero

Querer o no querer

El TMEC, junto con los discursos de Joe Biden y Justin Trudeau, son elementos en los que nosotros no tenemos opción. Da igual si esto le gusta o no al presidente de México.

La Cumbre de Líderes de América del Norte, celebrada los pasados 9 y 10 de enero, no solamente ha supuesto iniciar el año de una manera realmente impactante en lo que se refiere a la política, la economía, las formas y lo que puede o no puede pasar. Esta reunión celebrada entre Biden, López Obrador y Trudeau marca, sobre todo, el momento en el que realmente más se ha plasmado una pregunta evidente en la vida y política de nuestro país, que es: ¿queremos o no queremos formar parte del T-MEC?

Inicialmente, y en lo que se refiere a los gestos, el presidente López Obrador puede estar muy contento, ya que sus dos invitados, el presidente de Estados Unidos de América y el primer ministro de Canadá, aterrizaron en su AIFA. Además, le otorgaron todas las concesiones que en un principio les planteó el líder mexicano. Al presidente de México se le veía como a un niño feliz, y en cierto sentido hay que reconocer que se merecía dicha alegría. Sin embargo, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles no es suyo, es de todos. Esta instalación representa con exactitud lo que tenemos y lo que no tenemos los mexicanos. Sin duda alguna, es necesario añadir que ese aeropuerto está llamado a ser el mejor aeropuerto militar de toda América Latina.

Cuando uno va de visita oficial a Washington, DC, no aterriza en el Aeropuerto Internacional Washington-Dulles ni mucho menos en el Aeropuerto Nacional Ronald Reagan, sino que lo hace en la base aérea Andrews, ubicada en el Campamento Springs. Una base militar que, como el AIFA, es operada por las Fuerzas Armadas de ese país y es también donde, entre viaje y viaje, reposa el Air Force One. En dicha instalación se recibe a las visitas oficiales foráneas. Con esta mención no busco hacer una mala referencia ni tampoco un mal destino para una inversión como la que se hizo para construir el AIFA. El problema es que, a pesar de que finalmente acabe siéndolo y, de necesitarlo, el AIFA no fue hecho con ese propósito. Éste fue construido para comunicar a todos los mexicanos, desde la capital del país con el resto del mundo, en un momento en el que, si no tienes dónde aterrizar los aviones, simplemente no tienes la infraestructura necesaria para recibir inversión ni desarrollo.

Pero no importa, pase lo que pase, Texcoco definitivamente ya no será construido y el viejo Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, por más inversión y recursos que se le destinen, ya no es capaz de recibir la oleada de visitantes que cada día se va incrementando. El viejo aeropuerto de la Ciudad de México, a pesar de la necesidad de modernización en cuestiones de infraestructura, es el aeropuerto más transitado de América Latina. Sin embargo, cada vez se hacen más evidentes sus limitaciones para lograr ser el elemento de transporte líder en el siglo 21 y en el futuro de nuestro país.

Más allá de la alegría –repito, por la que tiene razón de tener– del presidente López Obrador, al menos formalmente por lo que significó recibir a Biden y a Trudeau en su aeropuerto, en su AIFA, hay que reconocer que lo que pidió, le fue concedido. Otra cosa muy distinta es qué pasó con el contenido y en qué situación se queda México. Se vea como se vea, se quiera lo que se quiera y se espere lo que se espere, lo cierto es que el T-MEC representa el intento más importante y completo de crear el mayor mercado interno de la Tierra. Y es el único elemento que de verdad puede canalizar la conformación de una realidad económica y, por lo tanto, social, sin precedentes en el mundo, al menos en el último siglo.

Lo que Estados Unidos y Canadá buscan hacer con sus energías, con el desgaste climático, con la evolución de los salarios mínimos y para crear un nuevo punto de referencia universal en lo que significa el desarrollo económico, son los temas que vinieron a tratar a México. Pero no sólo para eso, sino que en la cumbre de los llamados “tres amigos” también se trataron importantes temas, como el migratorio, el concerniente con las cadenas de suministro e importaciones, el narcotráfico y la seguridad fronteriza. En dicha cumbre, nuestro Presidente dejó el testimonio de un mundo que ha pasado, de viejos izquierdistas que durante mucho tiempo practicaron el deporte de que todo era más fácil cuando se iba contra Estados Unidos. Ahora bien, además de dejar el testimonio de decir que no nos habían prestado la suficiente atención –cosa que seguramente es cierto–, se decidió actuar de manera diferente a lo acostumbrado.

Un elemento en el que realmente los estadounidenses deben o deberán pensar en el futuro es que la falta de la revolución social y la falta de la modernización de la economía y de las sociedades de América Latina han provocado esta oleada en la que, la miren como lo miren, están aislados –como si fueran una isla– en medio de un océano de frustración. Se encuentran en medio de una situación en la que, hay que ser muy claros, es más fácil vivir contra ellos que reconociendo cuáles han sido los fallos que hemos ido cometiendo los países latinoamericanos para nunca haber sido capaces de consolidar la regulación social que necesitábamos.

Franklin Delano Roosevelt fue uno de los que popularizó la situación y la injerencia que, en algún momento, tuvo Estados Unidos en América Latina cuando dijo sobre el dictador nicaragüense, ‘Tacho’ Somoza, “Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Hasta un presidente que hizo cosas tan trascendentes como el New Deal y que sirvió tanto para modernizar e impulsar –socialmente hablando– a su país en el siglo 20, fue parte de los que cometieron el enorme error de no entender que a los marines no los debían usar para defender a sus “hijos de puta”, sino que debían haberlos usado para perpetrar la revolución social. Haya sido como haya sido, lo que es cierto es que ahora el T-MEC, junto con el discurso de Biden y el de Trudeau, son discursos y elementos en los que nosotros no tenemos opción. Da igual si esto le gusta o no al presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

En este momento estamos llamados a ser el mercado interno más importante del mundo moderno. Si China aprendió la lección del mercado interno para constituirse en el otro gran coloso económico del siglo 21, ya veremos cuál es el modelo que finalmente escoge la India de Narendra Modi, la internacionalista India, cuando –convertido en el país más poblado de la Tierra– tome el relevo del liderazgo, al menos numérico, del planeta Tierra. Mientras tanto, los hechos que de verdad importan, no los testimonios infantiles de lo que pudo ser y no fue, no el de la amargura acumulada en los corazones por la desaparición de nuestros ideólogos, no impiden que la creación de las realidades económicas sea hoy un factor tan importante como lo ha sido desde siempre.

En esta reconfiguración de las realidades económicas, el mundo está en manos de los semiconductores. Suceda lo que suceda con Taiwán y la invadan cuando la invadan, en este momento un montón de productos incesantes de primera necesidad –que van desde automóviles hasta aviones– están en manos de los semiconductores. La propuesta plasmada en los acuerdos del Diálogo Económico de Alto Nivel, celebrado en abril del año pasado y ratificados en la Cumbre de Líderes de América del Norte con el primer foro trilateral de semiconductores, nos coloca en una situación privilegiada que no podemos ignorar. No todos los días el cartero llama a la puerta invitándote a formar parte de algo fundamental para la economía actual y del futuro.

Tenemos muchos sentimientos encontrados, pero, sobre todo, tenemos una vida vivida en el fracaso, en lo que pudo haber sido y no fue. Sin embargo, ahora, para nuestros hijos y para nosotros mismos, tenemos la oportunidad de vivir una experiencia de éxito. Para ello, lo que hay que pedirles a los tres presidentes y lo único que nos tenemos que pedir los pueblos que formamos parte del T-MEC, es no permitirle a nadie que, por sus incapacidades, sus fracasos o sus sueños, nos condene a los demás a una vida de sangre, sudor y lágrimas.

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