Año Cero

La caída de los dioses

El poder no es eterno. Los imperios caen y unos nuevos los sustituyen. La cuestión es, ante la caída de los dioses, ¿qué nos puede deparar?

En el poder no hay engaño, eres lo que pareces o lo que parece que eres. Póngalo como quiera. Uno se va confeccionando a base de palabras que se convierten en hechos. En la política generalmente sólo se juzgan dos capítulos: el inicio y el final. Hay quien empieza su administración de buena manera para sustentar los votos obtenidos, pero, una vez en el poder, se olvida de la confianza depositada en su persona y descuida la manera en la que concluye su mandato. Entre mañaneras, he podido saber qué es lo que significa ser uno de los elegidos, ser quien gobierna y a quien los demás obedecen. Y así, entre discursos matutinos que no hacen más que confirmar que el poder está en manos de un solo hombre, aún recuerdo ese 17 de octubre de 2019 cuando el presidente López Obrador, dando sus razones –que sólo tenían sentido para él– ordenó la liberación de Ovidio Guzmán López. Aquellos eran tiempos en los que ya se había repetido muchas veces el lema que distinguía la nueva política de seguridad: “abrazos, no balazos”.

En aquel 2019 ya se empezaba a ver que esta era, tan prometedora y tan generosa desde el punto de vista social, iba a ser una era en la que las leyes, el acompañamiento y la estructura del poder dependerían solamente de una persona. Y esa persona era el presidente López Obrador, quien fue el que había decidido y ordenado al Ejército de México que soltará al Chapito. Tres años y meses después, la liberación de Ovidio resulta estremecedora. Estremece más si uno piensa que en escasos minutos y con una figura que no es la del Presidente, que no tiene los poderes del Presidente y que no tiene el magnetismo de ser el líder de la nación, se daban por concluidas diferentes cosas. Primero, el proceso en el cual el Presidente había ordenado que se liberara al Chapito. Y, segundo, en menos de tres minutos se comunicó que la Sedena había puesto en marcha una operación esa noche en la que se había detenido al hijo de Joaquín Guzmán Loera.

¿Será que el Presidente está para explicar la máxima demostración del poder? Un poder que, como todos los que lo han ostentado, saben que consiste en tener la autoridad para perdonar. O, lo que es lo mismo, el poder para liberar a quien estaba detenido. Años después de lo sucedido, ahora Culiacán, algunas zonas de Sonora y el Ejército Mexicano tienen que pagar el precio de detener a Ovidio Guzmán, alias El Ratón.

No quiero ni pensar quién ni cuándo ni cómo –más allá de la línea de mando– se preparó la operación y se ordenó la ejecución de ésta. No quiero tampoco atribuir a que la detención sucedió a días de la primera visita del presidente Biden para reunirse, en la Ciudad de México, con López Obrador y con Trudeau. Aquí es necesario señalar que, a pesar de no contar con la seguridad aeroportuaria necesaria y –¿modificadas?– las incertidumbres sobre la preservación del presidente Biden, éste aterrizó el día de ayer en el AIFA, después de ver el peregrinar de los migrantes y la tragedia que se puede avistar en la zona fronteriza.

Tampoco quiero pensar –como algunos han sugerido, escrito, mascullado o apuntado– que sencillamente es un regalo que le queremos hacer al emperador, aquel que está por encima de nosotros. Tampoco perderé mucho tiempo, ni se lo haré perder, en hacer conjeturas de tipo político, como podrían ser que no fue el presidente López Obrador quien ordenara la detención. Que la detención fue la consecuencia de haber llegado al fin de la rentabilidad de la política de abrazos y no balazos. Que no se puede tener un socio comercial preferente si no le podemos servir como desea o si –pese a tener detectados o detenidos a los criminales– no podemos ejercer un verdadero control sobre nuestro territorio.

Todas estas teorías podrán o no ser ciertas, aunque en realidad eso no es lo verdaderamente relevante. Lo que sí tiene importancia es lo que está escrito en el ADN de los pueblos y todo aquel que sea mexicano o conozca el funcionamiento de nuestro país sabe que el quinto año del sexenio presidencial es el año de la verdad. Todo el mundo sabe que, sin necesidad de tener la prueba aplastante de Texcoco, de Dos Bocas, del Tren Maya o del AIFA, en los primeros años o en el quinto año, todo mexicano buscará las respuestas en el viento y tratará de descifrar hacia dónde o cómo se gestará la nueva historia.

Todos estamos inmersos y sumidos en el quinto año, aunque pareciera que el único que no se quiere enterar es el mismo que tiene la misma enfermedad que tuvieron todos los demás gobernantes antes de él. Hay que saber, primero, que el poder no es eterno. Segundo, para llegar a ser presidente de un país sería muy importante estudiar física. Y es que, si estudiaran física, serían capaces de saber que una cosa es la velocidad de la subida y otra es la multiplicación de la velocidad, por peso, de la bajada. Y ahora ya estamos en el descenso sin parada. Sea como haya sido, lo único que es verdad es que en este quinto año, cada día que ha pasado, ha habido un nuevo error. Y como algunos pechos no son bodega y como algunos cerebros no se hicieron para pensar antes de hablar, sino al revés, llevábamos y empezamos un año con un fiasco por día.

No hay que buscar entender que, per se, ya era impresentable el tema del plagio. Aunque cuando realmente se terminó de consumar este suceso fue cuando el Presidente se precipitó y se dejó ser abrazado por sus dos enviadas a la terna por la presidencia de la Suprema Corte, es decir, Yasmín Esquivel y Loretta Ortiz, y sin quererlo inclinó definitivamente la balanza en contra de la primera de ellas. Lo que pareció ser una travesura acabó dejando claro lo que estaba escrito en el viento, que es que los poderes no se perpetúan.

Los pobres. Por el bien de todos, ellos primero. Estoy de acuerdo y eso es algo en lo que siempre pensé lo mismo. Para lo que no estaban preparados los pobres mexicanos, ni los de ningún lugar del mundo, era para escuchar de la garganta presidencial que ese apoyo estaba sujeto a restricciones. En México, claro que se apoya a los pobres, pero –al ser el sector poblacional más agradecido– el apoyo siempre estaba condicionado a defender las conquistas sociales y a solicitar su apoyo cada vez que sea necesario. Una cosa es la crítica política y otra cosa es la confesión de parte. En función de la lógica política expresada por el presidente López Obrador, si uno fuera pobre sabría que, primero, el juego consiste en nunca dejar de ser pobre. Segundo, que su estatus socioeconómico garantiza el filón de votos para seguir mandando. Y, tercero, está uno destinado a ser pobre de por vida por la conveniencia política.

Con estos aciertos y estos pensamientos el Presidente de la cuatro ¿qué? no necesita muchos enemigos. Es más, desafortunadamente, todo esto sólo necesita o sólo tiene un problema vital, que es que no hay nadie enfrente que pueda poner y darle esperanza y solución al pueblo de México. No hay una oposición que pueda postrarse frente a los diversos errores y ocurrencias cometidas por quien tenía como misión mantener al tigre guardado. Los imperios caen y unos nuevos los sustituyen. La cuestión es, ante la caída de los dioses, ¿qué nos puede deparar?

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