Año Cero

La América populista

La definición ideológica, pero, sobre todo, la cuenta pendiente del reparto social en América Latina, son temas que vuelven a estar latentes y pendientes de resolución.

Existe una tendencia hacia la valoración del fracaso que muchas veces he pensado si no es la reacción por la sublimación del triunfo y de la victoria que nos puso el mundo americano en frente. Pedro Castillo ya no es presidente del Perú. Le sustituye su vicepresidenta, que es del mismo partido y parece tener un carácter más previsible y normal. A Pedro Castillo no lo ha echado la derecha, él se ha echado a sí mismo con una serie de comportamientos erráticos que, al final del día, no han interrumpido la tendencia tan peligrosa que el pueblo peruano tiene de ser conducido bajo un sistema político realmente curioso que los lleva hacia el fracaso una y otra vez.

Castillo es el tercer presidente peruano –después de Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra– que ha sido destituido por el Congreso peruano. Pero lo peor de todo esto es que en el alma profunda del Perú, en el subconsciente y en las bancadas del Congreso, sigue haciéndose presente el fantasma del expresidente Alberto Fujimori, que fue el último mandatario que dio un golpe de Estado con resultado exitoso para el pueblo del Perú. De los 10 presidentes peruanos que ha habido desde el régimen militar de 1980, sólo dos de ellos han salido intactos.

Tanto en el norte como en el sur, llegó un momento en el que América fue populista. Desde que nació el peronismo, a mediados de la década de 1940, el populismo siempre ha sido un peligro latente en los países de habla española. Cuando Trump llegó al poder, lo único que hizo fue convertir el populismo –en la negación en el fondo de la construcción de la gran república del norte– en el sistema de gobierno que recurrentemente ha ido marcando las tendencias entre los cercanos y no tan cercanos de los estadounidenses. Es evidente que, con la destitución de Pedro Castillo –después de su intento de golpe de Estado y de provocar una serie de reacciones, como la del presidente de México, de defender y restituir, más allá de toda razón, todas las posiciones de quienes son sus cercanos o que él respeta desde el punto de vista ideológico–, América Latina vuelve a tener una situación y panorama interesante.

Lo que está sucediendo en Perú con Castillo y las decisiones de algunos mandatarios, como el mexicano, son hechos relevantes por varias razones. Pero la más importante es que –se mire como se mire– la América que habla español, con contadas excepciones, como Brasil u otros países, es una América populista. Los peores sueños de los conservadores más importantes y de los líderes nacionalistas más peligrosos estadounidenses se han cumplido. Hoy Estados Unidos está rodeado de una serie de países, empezando por México, que son hostiles –desde el punto de vista ideológico– y potencialmente enemigos en cuestiones de su seguridad interior, pero, sobre todo, de su tradición política y de su manera de ver el mundo. Fidel Castro y todos los líderes revolucionarios que vieron e imaginaron una América fuera del control estadounidense, seguramente en la actualidad estarán tranquilos y felices en sus tumbas. Hoy, muchos países latinoamericanos, casi todos, tienen ideologías y doctrinas políticas contrarias a las de nuestro vecino del norte.

En cualquier caso, el sueño del libertador o el sueño de Castro fue siempre la pesadilla de Monroe y su teoría del big stick. “América para los americanos”, solían decir. Después llegaron hechos como la Revolución cubana; la interferencia soviética en Centroamérica y Latinoamérica y, con ella, la crisis de los misiles, y con éstos y otros acontecimientos se fue forjando la reconfiguración ideológica y política de la región. Estando a 21 días de que Lula da Silva vuelva a ser presidente de Brasil, la definición ideológica, pero, sobre todo, la cuenta pendiente del reparto social en América Latina, son temas que vuelven a estar latentes y pendientes de resolución.

Hace siglos que Karl Marx está enterrado, aunque para algunos gobernantes su persona y pensamiento es como si nunca hubieran existido. No es que sean gobiernos de izquierda o gobiernos rojos, es que son gobiernos populistas que ahora, por primera vez, muestran su efecto contaminante y que en un momento también gobernaron y siguen teniendo una presencia muy importante en Estados Unidos. Hay una encuesta hecha recientemente en la que se deduce que, de los 435 congresistas que fueron electos para conformar la nueva mayoría republicana, 200 de ellos creen que Joe Biden y esta era son el producto de un robo.

Más allá de las barbaridades dialécticas de Trump y de su abogado Giuliani, no importa que no haya ningún dato que sostenga lo sucedido, que al final ni los suyos le siguieron, obsérvese el papel del secretario de Estado de Georgia, del de Arizona, o cómo se encontró sin eco en los gobernadores de esos estados, hasta ese momento completamente trumpistas. Y es que, como Donald Trump no podía perder y como se trataba de un factor populista, frente a la derrota siempre cabe el montaje, la conspiración y tener una situación que le permitiera menoscabar y ensuciar ese proceso electoral.

Hoy, en un momento en el que Estados Unidos está sometido a la mayor crisis interna desde la época de Abraham Lincoln, se puede descubrir que ellos –que hasta antes del atentado de las Torres Gemelas estaban convencidos de que Dios los protegía y que por eso había colocado dos océanos entre el resto del mundo y su país– ahora tienen que empezar a medir y ver un nuevo panorama. Uno en el que no sólo está latente el hecho de compartir más de tres mil kilómetros de frontera con un país que los estadounidenses mismos denominan como un narco-Estado y que es un peligro para su seguridad interna. Y, lo que es peor, forman parte de la carne de cañón para la gran guerra que, por primera vez en más de 150 años, le hacen frente a la ideología y doctrina política que buscaban instaurar en la región y en el mundo.

Actualmente nadie posee un territorio indiscutible, sobre todo Estados Unidos. Si uno mira desde el río Grande hasta los Andes o el Amazonas, América Latina y el Caribe, primero, se han convertido en la región que posee 20 por ciento del total de las reservas probadas de petróleo crudo del mundo. Un recurso que cada vez se comprueba más que es necesario para seguir moviendo la economía mundial. Segundo, esta región sigue siendo uno de los pocos pulmones que nos puede salvar frente al desastre y el reto que plantea el cambio climático. Tercero, hoy las ideologías en la región están presentando una nueva cara. A pesar de que el comunismo y el marxismo –salvo Cuba y manu militari– nunca lograron sostenerse, en la actualidad el anticapitalismo, representado por figuras como Andrés Manuel López Obrador o Lula da Silva, plantean muchas incógnitas sobre cómo será el mundo en el futuro y, sobre todo, de qué manera se desarrollará la nueva América Latina que emerge bajo una tendencia populista.

La realidad actual es que toda América está contagiada de populismo y, lo que es peor, está desmotivada desde el punto de vista ideológico. No hay más que la continuación de un modelo que ha cometido el error y la traición en la zona de no haber entendido que lo más inteligente que podía haber hecho no era mandar a los marines para dar un golpe de Estado, sino que lo más inteligente era correr y crear la revolución social que impidiera el estallido de revoluciones múltiples. Estados Unidos tenía que haber hecho el milagro de los países que lo rodean. Eso le hubiera dado más estabilidad, pero, sobre todo, le hubiera otorgado mucha más seriedad a la región y a la situación. No se hizo. Y ahora, poco a poco, existe el riesgo de que se haga, pero con otros jugadores que hasta este momento no existían y que son claves. Claramente me estoy refiriendo a los chinos y a los rusos.

Con este panorama, el manejo y el uso que se haga de las capacidades energéticas, acuíferas y de materiales estratégicos para esta época, es clave para saber cómo podemos acabar o cómo pueden ser, a partir de aquí, las relaciones de las Américas. Durante mucho tiempo se ha sufrido y se ha temido que hubiera un pronunciamiento hacia la izquierda, intentado que lo que significó el pensamiento comunista de Castro y los varios intentos comunistas –muchas veces terminados en una pantomima o en una tragedia– no fueran lo que domina ideológicamente la región, ni en norte ni en el sur.

Los que conocemos personalmente a Lula sabemos que éste es un político diferente a los demás y que gran parte de su desconcierto político radica en el hecho de haber sido el primer gobernante brasileño que cambió de posición y estatus social a cerca de 30 millones de sus compatriotas. Brasileños que, al empezar su primer mandato, vivían en la extrema pobreza. Al terminar su administración, esos compatriotas suyos o una parte sustancial de ellos habían tenido la oportunidad de ascender a la clase media baja de su país. Lula nunca entendió cuál fue el mecanismo que hizo que –lejos de tener una mayor identificación y compromiso con él y con su partido– la reacción social de los brasileños rescatados y de los demás fue de enojo. Y el enojo, en mi opinión, está directamente relacionado con la consecuencia de la revolución social y de comunicaciones que se desató.

Es un gran desafío saber qué programa social implementará en su segundo mandato Lula da Silva. Lo que es un hecho es que, por primera vez, Lula será presidente de Brasil con la mitad del país enfrentado, lo cual lo obligará a tener una gran prudencia social al momento de sacar al país del debate que se levanta entre su persona y sus políticas y las de Jair Bolsonaro.

La gente no quiere ser pobre, pero tampoco quiere estar en los niveles bajos de la clase media. Cuando tienen un cambio en su forma y calidad de vida, la gente siempre busca más. En definitiva, esta visión flat del mundo, que da el nacimiento de las comunicaciones, hace que se haya perdido el tiempo para agradecer lo que significa mejorar y se opte por establecer la violencia y el enojo como los instrumentos predilectos para exigir más cambios, a pesar de que muchas veces ni se sabe qué es lo que se quiere.

Todo lo anterior nos lleva a una situación en la que, hoy por hoy, realmente existe la posibilidad de que, si el liderazgo de Lula en Brasil –país que tiene las segundas reservas más importantes y que es el principal productor de petróleo de la región–, si México y la 4T de López Obrador, si Argentina sale del abismo y si Rusia y China se involucran más en la región, Estados Unidos tiene muy pocas posibilidades de recuperar su liderazgo de forma pacífica.

Esta es la oportunidad para hacer –por las buenas o por las malas, aunque da la impresión de que será por las malas– el reparto social. Hoy más que nunca Washington tiene que definir qué tipo de política o cuál será su estrategia de actuación en América Latina y si esa estrategia comprende que la época en la que con sus marines, sus barcos y su entonces éxito indiscutible como líderes del mundo, ya no es suficiente.

Estamos viviendo en un mundo nuevo. Le tenemos que dar las gracias, primero, a Ucrania, y después a Vladímir Putin, por enseñarnos –a fuerza de misiles– cómo es el mundo actual. Es una tragedia, los recursos fósiles están destruyendo nuestro planeta. En los próximos 20 o 30 años por China, por India, aunque también por todos los demás y por los fracasos en el reparto de la tarta social, tendremos que acostumbrarnos a que esa arma nuclear que es la posesión de las materias primas fundamentales para nuestro desarrollo es lo que consolidará o destruirá los nuevos bloques económicos y políticos.

En este sentido, hoy por hoy, si se excluye a México del bloque norteamericano –que tanto ha intentado hacer el presidente López Obrador–, hay que saber que hay casi 660 millones de personas en América Latina y el Caribe que estamos fuera del redil estadounidense. Si, por el contrario, incluimos a México dentro del bloque de América del Norte, hay que saber que, con sus políticas, sus convicciones, los principios y la política del presidente López Obrador, nuestro país es el mayor caballo de Troya que tiene metido en este momento la hegemonía estadounidense.

Las ideologías hoy están muertas. Uno de los mayores problemas de la actualidad es que un like es equivalente a un voto y, desde la irrupción de las redes sociales, el comportamiento global político es mucho más emocional que reflexivo. Y, por lo tanto, siempre cabe la posibilidad de que esa emocionalidad le dé la misma vigencia de un trending topic.

El problema ya no es quién manda, el problema es para quién manda. Y actualmente lo que tenemos es una crisis de orientación y de dominio político que inevitablemente lleva a tener que considerar el gran cambio social pendiente que explica el fracaso del capitalismo en la América, que no es, por decirlo de alguna forma, la América del desarrollo.

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