Año Cero

El mayor cambio de los últimos 50 años

Hoy, las inversiones han dado un giro y se han enfocado en un sector principal: el energético, por lo que el panorama y el futuro de los países giran en torno a éste.

Estamos viviendo una serie de circunstancias extraordinarias. El contexto y las condiciones actuales del mundo son completamente distintos a lo que conocíamos con anterioridad. Las crisis intermitentes y de todo tipo son una especie de reflejo de la intensidad de las relaciones que existe entre los países. Actualmente todo es tensión, incertidumbre y cambios. Unos cambios que, visto lo visto, no forzosamente están orientados a crear estabilidad ni a desaparecer los problemas que aquejan a nuestro mundo y entorno. Sencillamente, estamos en un momento en el que la crisis general del mundo ya está dando unos perfiles completamente nuevos, desconocidos y ante los que no tenemos una certeza de cómo hacerles frente.

Hace unos años era impensable creer que hoy seríamos testigos y víctimas de una crisis prolongada energética. Pensar que estaríamos ante una situación tan terrible como la que representa la amenaza de morir de frío era algo inconcebible. Sin embargo, debido a una multiplicidad de factores, entre los que se encuentran las diferentes crisis, tanto económicas, financieras, sanitarias y políticas que se han ido forjando en los últimos tiempos, hoy la crisis energética es una realidad. En medio de una inflación exorbitante, el costo de la energía –tanto monetario como en sus consecuencias en las sociedades– ha provocado unas situaciones de inflexión en todos los lugares.

El mundo, tal como lo conocimos, está sufriendo un verdadero colapso. No hay más que ver, por ejemplo, las consecuencias de lo que significa la crisis energética en Europa, especialmente en Alemania. Durante mucho tiempo, la crisis energética europea era algo improbable. Contar con el engañoso apoyo ruso para asegurar el abastecimiento de recursos energéticos era algo que daba paz, seguridad y tranquilidad a los europeos. Sin embargo, una serie de circunstancias económicas y políticas –como lo son la inflación, el costo de la energía y la tensión en las relaciones diplomáticas– ha causado la peligrosa situación en la que hoy se encuentran las naciones europeas.

Desde 1917, desde el inicio del triunfo de la Revolución soviética, que culminó en 1923, hubo una especie de reparto de lo que significaban las inversiones. Por una parte, estaba el desarrollo económico. Por otra, se encontraba el desarrollo ideológico. Y en medio, se buscaba establecer un mecanismo que permitiera que ambos tipos de desarrollo fueran compatibles, pero, sobre todo, que se dieran al mismo tiempo y que se complementaran. En ese entonces, las inversiones giraban en torno a asegurar esos dos principales objetivos. Hoy, las inversiones han dado un giro y se han enfocado en un sector principal: el sector energético.

Llegó la invasión de Ucrania. Una guerra que Rusia no podía perder y que no puede perder. Sin embargo, es una guerra que está perdiendo. Por cómo está reaccionando y por los problemas que cada vez son más visibles –tanto en Moscú como en San Petersburgo–, claramente se puede ver la inevitable sustitución de lo que se denomina una operación especial militar por una guerra de desgaste. No obstante, parece claro que los últimos días de la guerra de Ucrania están cada vez más cercanos. Entre otras cosas porque las últimas acciones del Kremlin demuestran que la ganancia o, por lo menos, la victoria –según lo que buscaban obtener del conflicto– está cambiando a toda velocidad. Y lo está haciendo por una razón muy importante y es que, pase lo que pase, el negocio energético es superior a cualquier otro.

Resulta curioso verle la cara a Vladímir Putin. Es intrigante ver cómo un autócrata, poco a poco, va manteniéndose en una situación en la que cada vez es más importante el dominio y manejo de los recursos energéticos. En la actualidad, la actividad más importante para los rusos gira en torno a la energía, y es que, al final, la industria rusa es, sobre todas las cosas, una industria energética. Vladímir Putin ha elegido que el país que lidera sea una empresa, sobre todo, energética. Una empresa que puede ganar a través del gas y del petróleo la estabilidad económica que, de ninguna otra manera, Rusia ha conseguido en los últimos 50 años.

Analizando otra parte del globo terráqueo, esta es la primera vez en 30 años que China está empezando a perder dinero, en cuanto a lo que significan las capacidades reales de desarrollo. En el segundo trimestre del presente año, la economía china se contrajo un 2.6 por ciento con respecto al primero, una cifra superior a la proyectada. Hoy el espiral de crecimiento que los chinos llevaban presumiendo y obteniendo en los últimos 30 años ha sido interrumpido. En los últimos 50 años los chinos han invertido tres veces más en cemento que aquél que usó Occidente en los últimos 100 años. Sin embargo, ahora mismo China está reconfirmando sus fronteras, estrechando sus alianzas y viendo cómo su crecimiento económico se ve cada vez más obstaculizado y ralentizado.

Por otra parte, parece claro que Estados Unidos no tiene más remedio que encontrar una alternativa militar que le permita seguir teniendo el liderazgo. Después de la experiencia de Ucrania, los estadounidenses necesitan hacer una reconversión completa de su actividad económica. En medio de un contexto global en el que se avecinan tiempos de hambre, inflación y necesidad, las bases para establecer los mecanismos, estructuras y bases de crecimiento de la economía estadounidense a partir de este momento serán distintas a las conocidas.

Es posible que sea verdad que los chinos están preparados para seguir creciendo y expandiendo sus horizontes, sobre todo en países como México. Aunque todavía es incierto si esto será algo que los estadounidenses permitirán o no. En cualquier caso, lo que queda claro en este momento es que el viejo orden, el orden que conocimos, el orden que se levantó tras la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido para siempre.

Estamos frente a un momento en el que el mundo y sus estructuras se están reajustando y reacondicionando. Actualmente el panorama y el futuro giran en torno a la capacidad energética de los países. Aquellas naciones que estén preparadas para crecer su posición en este ámbito serán quienes mejor paradas salgan de este momento de incertidumbre. Una incertidumbre que está ligada a la crisis de las democracias, que cada es más profunda. En este instante no hay nadie que quiera seguir apostando o invirtiendo en la separación de los poderes, en la garantía de las libertades o en que la mejor manera de depurar las responsabilidades es precisamente seguir intensificando y aumentar cada vez más la calidad de la oferta democrática.

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