Año Cero

El día siguiente

Todo nuestro panorama y nuestra estructura económica ha caído en una situación en la que la lógica empieza a fallar.

Cuesta admitirlo pero, en el fondo, hay que empezar a recapitular sobre lo sucedido. No sobre las falsedades, sino sobre los errores conceptuales que estamos cometiendo como generación, como países y como pensadores. El mundo, los supuestos, las instituciones y los cálculos sobre los que fuimos educados, ya no existen. Hay una guerra, que es muy clara. Una guerra que es –no hay que engañarse y, a pesar de todos los elementos interpuestos– entre Rusia y Estados Unidos. Ucrania es sólo un lugar de encuentro, un lugar de pelea y un lugar de depuración, y que a la vez es muestra de la transformación que está sufriendo el mundo en la actualidad. Hace cuatro meses y 20 días creíamos que nuestro principal problema era la erosión del cambio climático y la superación de nuestros esquemas económicos, pero, sobre todo, energéticos.

Hoy, 140 días después del inicio de la guerra de Ucrania, podemos contemplar los dos siguientes puntos. En primer lugar, los combustibles fósiles, el petróleo, el carbón y el gas natural siguen siendo una manera decisiva y definitiva –como también lo fueron a partir de los inicios del siglo 20– de control efectivo sobre las sociedades, los países, las economías y los ejércitos. Segundo, todo nuestro panorama y nuestra estructura económica ha caído en una situación en la que la lógica empieza a fallar.

Vayamos por pasos. El primer supuesto que se hizo al inicio de esta guerra que ya lleva más de 140 días fue que las sanciones económicas contra Rusia acabarían con su economía. Error. El segundo paso fue suponer que teníamos la suficiente fuerza para aislar a los países que juegan de acuerdo a sus reglas y que –según la postura occidental– son contrarias y están enfrentadas con la forma de actuar de nuestra parte del hemisferio. También estábamos equivocados. Las sanciones y posturas de castigo adoptadas, tanto contra Rusia como contra China, evidentemente no han logrado los objetivos para las cuales fueron interpuestas en un principio.

En el momento de emitir las sanciones contra Rusia y condenarla a ser una paria mundial, se nos olvidó que una parte muy importante de la economía mundial está fuera del ordenamiento de la economía mundial. Se puede castigar a Rusia quitándole los SWIFT y la capacidad de hacer transferencias internacionales, pero no hay que olvidar que hay un monstruo, un elefante blanco en la habitación llamado China. Un país que vive con una moneda que es, después del dólar, la más determinante. Una nación que vive fuera del mundo arreglado de las sanciones y de la estructura económica.

Rusia mantiene su situación de poderío económico con base a su potencia energética histórica y a la demostración, ya palpable y comprobada por los chinos, de que es posible vivir fuera del dólar, de las grandes transferencias de la banca internacional y del sistema monetario global en su conjunto. El tercer paso fue el concerniente a lo militar. Ucrania es como Esparta. Aunque Zelenski no es como Leónidas. Sin embargo, al final, igual que le pasó a Leónidas y sus 300 guerreros en el paso de las Termópilas, para los ucranianos y las partes occidentales involucradas ahora no hay más camino que aguantar. Aguantar hasta vencer o morir. La victoria es posible; sin embargo –y como pasa en México–, el triunfo está sujeto a un alto tributo en sangre y vidas humanas por los vicios, defectos y guerras de otros.

El panorama se muestra sencillo de entender, los ucranianos están siendo el gran elemento de prueba de la segunda gran transformación de la economía moderna. Una transformación que significa volver a donde nos advirtieron que podríamos caer como civilización: a la hegemonía del imperio militar industrial.

Hoy, la economía mundial está regida por el petróleo, y la actividad económica y de concentración mundial ya no es la paz ni la libertad de comercio ni el asentamiento de sociedades democráticas que luchen contra el desgaste climático. En la actualidad todo gira en torno al negocio de la muerte y de la guerra. En medio de todo eso, hay gobernantes a los que esta situación se les asemeja a la aparición de Dios. Por ejemplo, México no es un país que tenga su solución en el petróleo. Pero, sin duda alguna, tiene en el petróleo su identificación y su capacidad de reivindicar un nacionalismo que –en circunstancias normales– sería trasnochado y carente de sentido. No obstante, en este momento, sin saber cómo será el día siguiente, la coyuntura en la que el petróleo vuelve a ser la fuerza y las armas el negocio, es evidente que la postura del presidente López Obrador y sus planteamientos energéticos se fortalecen mucho.

Entonces, ¿en qué va la construcción del nuevo orden mundial? Hasta aquí, da la impresión de que lo de Ucrania se trata de una guerra de desgaste en la que están jugando Estados Unidos y Rusia. Lo hacen con una clara diferencia a favor de Rusia y otra a favor de los estadounidenses. En mi opinión, la gran ventaja de los rusos es su enorme potencial energético y la absoluta carencia de cualquier principio para usarlo como herramienta militar o nuclear. Además, está la supremacía armamentista de ojivas nucleares, siendo que mientras los rusos tienen 6 mil 375, los estadounidenses tienen 5 mil 800. Por el otro lado –desde mi punto de vista–, Estados Unidos tiene una clara superioridad tecnológica. Los estadounidenses han conseguido dotar al Ejército de Ucrania de una capacidad tecnológica que, entre otras cosas, le ha permitido matar más generales rusos que en todas las demás guerras. Y fíjese que los han podido matar porque el Ejército ruso –con diferencia de los espías rusos– trabaja con esquemas anticuados.

Si bien Putin ganó la batalla de los hackers y de los ataques contra las economías de los países, el mandatario ruso perdió la batalla de la modernización de su Ejército. No hay que confundir el hecho de tener los misiles supersónicos que más destruyen, con las unidades y la estructura tecnológica que les permitan no ser masacrados simplemente porque son muy localizables debido a la antigüedad de su sistema tecnológico. Éstas son lecciones que, sin duda alguna, estarán tomando en cuenta el Ejército chino y el futuro Ejército alemán.

Estamos asistiendo al rediseño –como pasó entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial– sobre lo que serán y cómo serán las guerras del futuro. En aquella ocasión, mientras el mundo seguía pensando en caballos y armamento antiguo, los tanques fueron los ganadores. Hubo unos pocos militares, entre ellos el general Charles de Gaulle, que siendo coronel se dio cuenta de que la Segunda Guerra se libraría con tanques y caballos de hierro.

En medio de esta disputa entre potencias, ¿qué hacemos los demás? Primero, tenemos que saber que vivimos en un mundo sin bloques. Segundo, tenemos que ser conscientes de que existe lo que no existía de ninguna manera antes de la guerra de Ucrania, que es la posibilidad de tener una vida fuera de las disciplinas múltiples, tanto en lo económico como en lo tecnológico. Tercero, las economías van a dar inicio de verdad al invierno de nuestro descontento. Hay demasiadas cosas que arreglar en muy poco tiempo, mucho frío y mucha hambre por delante. Nos encontramos en un panorama con pocos planes, con poca capacidad de liderazgo y de inventiva, al menos hasta el momento.

Las empresas privadas han creado monstruos modernos de la comunicación y tipos de liderazgo, véase a Jeff Bezos, Elon Musk o Mark Zuckerberg. Y si a eso se le suma el hecho de que la política actualmente está atravesando su peor crisis de mediocridad –salvo contadas excepciones– en los últimos 50 años, ¿pueden los hombres de la tecnología y quienes sueñan no con este planeta, sino con los demás planetas, llegar a controlar y ayudar a salir de esta crisis? Pueden. ¿Lo harán? Ésa es la gran pregunta. Aunque, al día siguiente, la peor pregunta y para la que no tenemos respuesta es: ¿qué haremos con los Estados y las sociedades? Los Estados que conocimos han desaparecido, están quemados y no sirven. Sus líderes están en la misma situación y no cumplen con las obligaciones y responsabilidades para las que les pagamos. Y las sociedades están cada vez más divididas y quebradas. En definitiva, somos un mundo sin control.

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