Una de las cosas más fascinantes de los seres humanos es lo rápido que nos acostumbramos a la sinrazón. Basta con que alguien mande. Basta con que alguien tenga el poder. Es suficiente con que se nos genere el temor y la obediencia para que lo más loco y lo más insospechado, siempre que lo efectúe el que manda, adquiera un sentido de naturalidad a nuestro alrededor. Para los gobernantes nada es peor que olvidar que todo pasa y todo queda y que no son sólo flor de un día, sino que, por sistema –con democracia o sin ella– el poder tiene un plazo fijo y una vigencia. Sin embargo, eso no es suficiente para impedirles hacer las mayores barbaridades y vivir en la más pura de las irracionalidades. El problema no son ellos, el problema somos los demás que, una y otra vez, esperamos que o bien florezca el sentido común o bien que algo pase –un rayo o algo inédito– que nos despierte de la pesadilla en la que se convierten determinados poderes.
Quienes me siguen saben que me he negado a formar parte del cortejo de la crítica permanente y del hecho de vivir exclamando: oh, ¡cómo se atreve! El primero de julio de hace cuatro años, el pueblo de México decidió que quería tener un Presidente, una administración y una determinada manera de gobernar. Y lo hicieron como nunca antes se había visto y con una mayoría aplastante. Sin embargo, eso no quiere decir que todo lo que haga el Presidente está bien. Eso sólo quiere decir que no sirve de nada dividirnos en dos grandes grupos en los que, por una parte, unos le siguen más allá de toda razón, mientras que otros se oponen también más allá de toda razón. No obstante, en la vida llega un momento –como nos pasa en nuestras casas– en el que es importante rendir cuentas, es importante saber qué pasó con las inversiones que hicimos y en el que tenemos que saber si aquello que vendimos como lo ideal en realidad fue lo mejor para nosotros y para los nuestros.
No tengo ninguna duda sobre los buenos sentimientos que albergan las iniciativas presidenciales. Tengo todas las dudas de que esos sentimientos al final se vean coronados por el éxito. Entre otras cosas, porque hemos entrado en un juego en el que es más importante tener la razón en nombre de 30 millones de electores que escuchar lo que dicta la razón en cuanto a lo que se puede y no se puede hacer. Hemos llegado a una situación en la que no es sólo el hecho –y no me detendré mucho tiempo en esto– de proponer desmontar la Estatua de la Libertad por el caso de Julian Assange, sino que realmente no queremos que nadie nos saque cuentas ni que se den cuenta de que todo lo que estamos haciendo y los recursos que estamos usando en nombre de todos para llevar adelante los proyectos más importantes del sexenio, tienen una dudosa aplicación práctica.
Reconozco que la inacción de la construcción y del desarrollo colectivo de las grandes obras –especialmente durante los últimos 30 años– son algunos de los factores que han impedido seguir con el rumbo del país. Pero hay que reconocer que muchas veces hacer una obra grande no significa haber hecho una gran contribución al desarrollo del país. Espero ver el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles lleno de aviones. Espero que sea necesario ampliar las capacidades de la refinería de Dos Bocas y espero ver los trenes del Tren Maya rebosantes. Pero, mientras tanto, lo único que veo es un enfrentamiento y un desgaste que va más allá de toda razón. Y, lo que es peor, que cualquier duda razonable, cualquier expresión de temor o de desconcierto frente a lo que se está haciendo es contestada desde la más pura descalificación y se embiste con toda la fuerza contra las razones de quien la expresa. Esto sucede porque, sencillamente, en México el poder, por definición, no se equivoca ni se puede equivocar.
Los enemigos están en todas partes y los amigos festejan continuamente el enfrentamiento y esta especie de guerra civil dialéctica que vivimos. Mientras tanto, nos asesinan en cada esquina, cada día matan a más mujeres, tenemos más problemas internos y nuestros niños están cada vez más abandonados a su suerte. A este respecto, ni siquiera quiero pensar en lo que hemos hecho con el paquete y la oferta educativa del país. ¿Se han dado cuenta de que –por la pandemia, por una parte, y por las políticas respectivas, por otra– en nuestras vidas han desaparecido los capítulos de la educación y de sanidad pública?
En cuanto al capítulo de sanidad no me refiero únicamente al abastecimiento continuo de vacunas ni a los datos sobre la evolución del Covid-19 que se nos presentan de manera reiterada. Me estoy refiriendo a que aquella época en la que en nuestro país uno, al hacerse viejo, podía contar con una pensión, sencillamente ha quedado en el baúl de los recuerdos. En este momento, para el régimen, las pensiones que regala sin pedir nada a cambio –como aquellas que giran en torno a brindarle recursos a personas que no estudian ni trabajan– son el eje máximo de su legitimidad política. Necesitamos promover una política de salud pública en la que no solamente se emplee a aquellos mexicanos que se preparan para ello, sino que verdaderamente sirva para que tengamos mejor vida.
Sobre la educación, a mí me gustaría saber cuántos niños verdaderamente dejaron de acudir a las escuelas como consecuencia de la pandemia y de las medidas adoptadas por la actual administración. También me interesa saber cuánto nos costará haber dejado de dar clases de inglés y de tecnología a quienes tienen en sus manos el futuro del país. De no hacer algo al respecto, nuestros niños estarán absolutamente desconectados del idioma universal y del que rige el mundo de los negocios. Pero también estarán aislados de todo el avance tecnológico, un mundo que evoluciona día con día. En el México corrupto e impune los niños tan siquiera tenían, en su mayoría, desayuno y comida. Lo que no les daban en sus casas, lo recibían por medio del Estado o de los colegios. Ahora sólo reciben ideología, si es que asisten al colegio, pero no tienen ni proteínas ni alimentos.
Con la muerte de la salud y de la educación estamos matando al welfare state y está bien porque, cuando fue la época de la Sociedad Fabiana de Londres, de los Bertrand Russell, los Clement Attlee y todos los que imaginaron un mundo más feliz, se imaginaba, como mucho, que los seres humanos viviríamos 65 años. Sin embargo, ahora, con la extensión de la vida, no hay Estado ni presupuesto que pueda aguantar las pensiones o el tratamiento de la salud pública de los mayores. Pero de eso a eliminar completamente de nuestra perspectiva el cuidado de nuestra salud pública y el cuidado de la educación, hay un enorme trecho.
Una sociedad se quiebra y deja de tener futuro cuando no es capaz de integrar a la mayoría de sus componentes. Hoy, la mayoría parece que todavía sigue los deseos del Presidente y la 4T. Pero el problema es que las mayorías no sólo son conformadas por número, sino también por expresión moral. Y en ese sentido, México es un país quebrado. A México no se le puede construir sobre la base excluyente de una sola ideología o sobre un solo planteamiento. Al país se le construye entre todos. Y hoy somos muchos los que ya no cabemos.
Llegamos al final de esta etapa. Nos vamos de vacaciones de verano en medio de una situación en la que ya se puede consumar el costo de los grandes sueños y del hecho de formar parte de la historia del presidente López Obrador. Si uno suma su aeropuerto –por cierto, todavía virgen–, si uno agrega su refinería –por cierto, también todavía virgen– y si uno suma su Tren Maya, el costo de esas ilusiones y sueños se eleva a una inversión de más de 590 mil millones de pesos. Naturalmente, se vale soñar. Es más, la vida no sería nada sin sueños. Pero el problema es que algunas veces los sueños suelen terminar en pesadillas y, en cualquier caso, todo sueño debe conducir a un posible despertar. Y el despertar de toda esa inversión hecha –no caeré en la vulgaridad de compararlo con ejemplos como lo que hubiera significado finalizar el aeropuerto de Texcoco y adelantar 20 años el desarrollo del país– tiene que dar resultados.
Es claro que en este sexenio nadie puede atreverse a pedir que salgan y cuadren las cuentas. La cuenta que importa es la de la ilusión. La cuenta que vale es la de la purificación del país, sin importar lo que se destruya para lograrla. No preguntaré si hay una escala de valores o bajo qué ideales se rige la nación, ya que todo es dictado bajo los designios y deseos del Presidente.
Además, está el hecho de que mañana el Presidente visitará la Casa Blanca. Una Casa Blanca hostil. No es una Casa Blanca con la calidez que le daba su amigo Donald Trump, quien nos trataba como iguales y al que, en una rueda de prensa, incluso le agradecimos que nos tratara como seres humanos. Es una Casa Blanca que encarna el intervencionismo y todos los defectos presentes en Estados Unidos y en la que aún hay muchas cuestiones pendientes por resolver.
Así está la partida en estos momentos. Sin límites. Ni el pueblo ni el Presidente han sido capaces de poner límites; éstos serán marcados por la historia. Pero la historia suele cobrar la factura con dos elementos: sangre y cuentas. La sangre está en las calles. Y hasta aquí, las cuentas no salen y son muy complicadas.