Año Cero

Presidentes en sufrimiento

Sabido es que el gran desafío para cualquier gobernante no es evitar el mal, sino asegurar que la fuerza del Estado sea suficiente y superior a la de sus enemigos.

Escrito está que los hombres desencadenan el infierno prometiendo los cielos. La historia está llena de excesos. Excesos que en ocasiones son cometidos en nombre de los dioses, la mayor parte de las veces en nombre de lo que nos merecemos los humanos y otras veces en nombre del hambre, de la justicia y de la igualdad. El problema es que todas esas promesas y esos excesos normalmente desembocan en el infierno. En la actualidad, resulta inevitable reconocer que estamos tan absortos en la agenda de las ocurrencias, de los caprichos, de las necedades y de las astucias –que en el caso mexicano hay que reconocer que son muchas y muy notables– que, poco a poco, nuestro cerebro va absorbiendo. Paulatinamente, nuestro intelecto va perdiendo la capacidad de ver las cosas globalmente y pensamos, respondemos y nos movemos en función de la promesa de los cielos que nos hace nuestro Presidente. Muchas veces pasando de puntillas los infiernos hacia los que nos conduce.

No quiero seguir formando parte del coro de los que critican al presidente López Obrador. Y lo digo porque realmente hemos llegado a un punto en el que la crítica ha dejado de ser suficiente. Ha llegado el momento en el que es necesario hacer sumas, presentar balances y entregar hechos concretos. Y, desde ese punto de vista, con humildad reconozco que el mandatario mexicano me lleva mucha ventaja. En realidad, a todos nos aventaja. Con su valiente honradez, nos hace seguir creyendo en las promesas que hace. Es una práctica que ha venido haciendo desde que él era jefe de Gobierno de la Ciudad de México, en ese entonces Distrito Federal. Desde esa época, quien hoy es presidente de México, en sus mañaneras solía contestar y justificar todo bajo lo que dictara su dedo. Y ahora somos un país en la punta del dedo del Presidente, donde todo pasa deprisa y con alguien que es capaz de mover de tal manera la coctelera de las emociones nacionales, que nadie es capaz de sacar verdaderamente las cuentas de lo que significa lo que dice, lo que hace y hacia dónde nos está conduciendo.

Actualmente hay varios presidentes con dificultades graves. Presidencias en apuros. Realmente –incluyendo al presidente Vladimir Putin, que tiene ante sí las consecuencias de la desinformación proveniente de sus servicios de inteligencia al pensar que el Ejército ruso era imparable, que su travesía militar por Ucrania sería una especie de paseo y que el pueblo ucraniano se desmoronaría fácilmente– existen muchas administraciones alrededor del mundo que se encuentran en aprietos. En el caso de Rusia, una invasión que se pensaba que culminaría fácil y rápido, terminó siendo el mayor fiasco desde la fallida invasión de Finlandia a cargo de Josef Stalin.

Putin está en problemas, ya que, o bien aprieta el botón rojo y empieza a jugar con las armas nucleares, o se retira por medio de un tratado de paz inteligente. Es más, en este momento Putin necesitaría de un personaje como León Trotsky, que fuera capaz de articular un tratado similar al de Brest-Litovsk para explicar por qué el desastre de Ucrania no va a llevarse por delante ya no sólo la fama y la capacidad de un Ejército que pasaba por ser implacable, sino que también ha puesto en duda sus servicios de inteligencia. Puede resultar incluso inexplicable cómo alguien que puede ser tan decisivo –como cuando logró colocar un presidente en Estados Unidos– está fracasando, punto por punto, debido a todos los malos cálculos que le hicieron y que él se creyó en su guerra de Ucrania.

El problema de Putin radica en cómo negociar o cómo retirarse. Además, hay una cuestión que es necesario considerar y que no se puede excluir, que es si en realidad está gravemente enfermo –como se dice–, y si no tiene seguro su futuro, ¿qué va a hacer que se detenga? Ahora, completamente rodeado y habiendo producido un efecto completamente contrario a lo que él buscaba –que era la seguridad rusa a través de controlar el flujo militar y de inteligencia de Ucrania–, ha provocado que ahora la OTAN cambie sus planes y acciones. Si bien la OTAN no está presencialmente en suelo ucraniano, sí lo está por medio del envío de armamento y por el soporte que el mundo occidental le está dando al régimen de Volodímir Zelenski. Pero no sólo eso, sino que el actuar del mandatario ruso ha llevado a que países como Suecia, Finlandia y Polonia –es decir, la mayoría de los países que rodean Rusia– ya formen o tengan la intención de formar parte de la alianza atlántica.

Para un líder como Putin, que es mitad matón y mitad especialista en inteligencia, y que ha hecho de la venganza, del rencor y de la fuerza su sistema de gobierno, encontrarse en una situación amenazadora es muy peligroso. Para alguien que desprecia a los políticos y que tiene de sí mismo una visión tan de caudillo como la que en sus días tuvo Josef Stalin, su orgullo es uno de sus más preciados tesoros. Y mientras que el gran problema de Putin radica en cómo salir de donde está metido, el gran problema y la gran preocupación del mundo están en que su salida no sea en forma de un hongo nuclear. Pero, por mucho que se pueda pensar, Putin no está solo y el futuro sigue siendo una moneda tirada al aire.

Si el presidente ruso no está solo, a nosotros los mexicanos nos pasa lo contrario. Si bien nosotros no hemos invadido a nadie, la realidad es que –lo sepamos o no o lo queramos aceptar o no– sí hemos sido invadidos por los ejércitos de fuera, que en este caso son los ejércitos que están compuestos por quienes actuan fuera del marco de la ley.

Sabido es que a la mafia se entra, pero nunca se sale. También se sabe que lo malo de servir a quienes no tienen más ley que la punta de su pistola o del capricho de su fuerza, ganada a sangre y fuego contra los demás, siempre acaban mal. Sabido es que desde la Cosa Nostra –por cierto, también inventada por los españoles en Sicilia desde los tiempos del rey católico– el crimen organizado ha ido evolucionando y diversificándose. Y lo ha hecho de tal manera que hoy es una fuerza presente en muchas más áreas y sectores de los que imaginamos, incluso forma parte de los entramados financieros e industriales más importantes del mundo. Tampoco es cosa nueva el hecho de que no hay quien pueda contra ellos. Pero, sobre todo, sabido es que el gran desafío para cualquier gobernante no es evitar el mal, sino asegurar que la fuerza del Estado sea suficiente y superior a la de sus enemigos.

No hay un país donde haya más mafias ni más desarrolladas ni más perfectas que Estados Unidos. Sin embargo, hasta aquí –y a pesar del creciente odio entre estadounidenses, de la destrucción interna, de la polarización cada vez más marcada y a pesar de que estén más divididos que nunca– la fuerza del Estado estadounidense siempre ha sido mayor a la de cualquier mafia. Ha sido superior a la mafia italiana, a la irlandesa o a la judía. En territorio estadounidense, cualquier mafia ha sido aplastada por las necesidades del Estado. Desafortunadamente, esto no es algo que se pueda decir de nuestro país.

En realidad, el presidente de México tampoco está solo. Aunque usted no lo sepa, a pesar de que a mí se me olvide ocasionalmente y aunque resulte dificil creerlo, el mundo ni gira en torno a las mañaneras ni México es un planeta que orbita fuera del planeta Tierra. Después de todo lo que estamos viviendo y con unas tasas de homicidio cada vez más altas, ¿qué es lo que quedará? Creo que el presidente de México sabe muy bien dónde está parado y adónde nos ha metido. También creo que todos los días y todas las mañanas juega con la idea de que ninguno puede sacar exactamente la cuenta del problema que tenemos por delante. Un problema que, en pocas palabras, se reduce a las siguientes preguntas: ¿quién –ya sea de los suyos o de quienes están en su contra–, una vez que llegue al poder, podrá gobernar con una economía e infraestructura entregada en manos de los militares y una seguridad entregada en manos del narcotráfico? ¿Quién podrá vivir siendo un enemigo convicto y confeso de los Estados Unidos de América? ¿Quién podrá vivir con unas cuentas de fracaso económico como las que, sin duda alguna, estarán puestas al servicio del sexenio?

Finalmente, es necesario cuestionar y analizar cómo se retirará el Presidente de sus tres grandes proyectos estrella. Proyectos que lo único que tienen claro es que han superado la previsión de impuestos y del dinero necesario para invertir. Proyectos que realmente es dudoso que sean capaces de retornarle a la nación lo invertido. En realidad hay que cuestionarnos, ¿cuándo será rentable el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles? Verdaderamente, ¿en qué momento Dos Bocas refinará su primer litro de combustible? En realidad, ¿cuándo –sin destruir uno de los más hermosos patrimonios ecológicos del mundo– tendremos un Tren Maya que haya servido para algo más que para alterar el equilibrio de la selva y destruir toda la riqueza natural que transita por el megaproyecto presidencial?

Presidencias en apuros. Esperemos que lo que nos venden como cielo no termine convirtiéndose en el peor de los infiernos.

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