Año Cero

El ocaso presidencial

En el cenit de la actual administración, se ha expuesto públicamente a una legión de traidores a la patria.

Sabido es por todos que, en política, quien se enoja pierde. Desde hace muchos años que el canibalismo contra los opositores, la conversión de adversarios en enemigos, la radicalización y el hacer de cada suceso de la vida política un acto supremo de descalificación y de persecución, han sido prácticas desleales, pero, sobre todo, peligrosas. Ahora, en el cenit de la actual administración, se ha expuesto públicamente a una legión de traidores a la patria, algo que desafortunadamente ya es parte de nuestra historia y que falta ver qué consecuencias traerá consigo.

Hace algunos años, Jesús Reyes Heroles dijo que se debía tener cuidado con el despertar del México bronco, mismo que llevaba dormido desde la Revolución mexicana. Ese temor estuvo latente y perduró por generaciones. Nadie quería que el tigre saliera de su jaula, ya que en la memoria colectiva ya se conocían cuáles serían las consecuencias de ello. La práctica de matarnos unos a otros es algo que, desafortunadamente, ni es nuevo ni es algo que podamos evitar. Y es que la tendencia e inclinación hacia la violencia es algo que forma parte no sólo del pueblo mexicano, sino de todos los pueblos de este mundo.

Los hechos son simples. Tenemos un Presidente que, con cada propuesta, marca la raya y define quién está con él y quién está en su contra. Contamos con un líder sostenido por los más de 30 millones de votos obtenidos en 2018 y que es alguien que no se deja amilanar por las leyes. Tenemos un gobernante que no ha entendido que el truco consiste en usar la legalidad para cambiar las leyes que no le gustan, en función del poder político que tiene. Sin embargo, ha llegado un momento en el que –ante el desprecio procedimental a las reglas del juego– nuestro Presidente ha dado un salto al vacío, proponiendo que, de manera inmediata, se haga lo que él propone y piensa. Y lo hace como una salvaguarda de la verdad suprema de los intereses de la nación, adoptando un papel como si fuera una especie de cancerbero que vela por el bien del pueblo y que nos protege de todo mal. En México, nuestro líder no se deja atrapar por esa vulgaridad para débiles que significa que la ley es la ley.

El resultado sobre la reforma energética es importante, sobre todo, porque el Presidente así lo quiso. Lo es también porque, ante el engañoso fracaso del resultado de dicha reforma, López Obrador pudo promulgar y revirar con la reforma a la Ley Minera. Todo esto nos ha llevado a un punto en el que es fundamental contestar una pregunta clave, que es, ¿en qué México quiere vivir el Presidente y, lo que es peor, a qué México nos quiere llevar a vivir? Y es que –independientemente de si le hayan votado o no o de si forman parte de su movimiento o no– el Presidente de México constantemente efectúa jugadas donde, directa e indirectamente, se descalifica, se condena y se criminaliza a quien no piensa o a quien no está de acuerdo con lo que él propone.

Nadie obligó al Presidente de México a firmar el T-MEC. Es más, en su momento –ante la difícil negociación– él mismo reconoció la gran labor efectuada por el entonces secretario de Economía, Ildefonso Guajardo. Incluso, más adelante y una vez en el poder, López Obrador reconoció con la Condecoración Miguel Hidalgo a Jesús Seade, por su participación en la negociación del acuerdo trilateral. Al final, al Presidente le presentaron un texto que él estuvo de acuerdo en firmar. Y en ese texto no estaba escrito ni se podía deducir que las reglas del juego podían cambiarse. Sin embargo, tiempo después el Presidente descubrió y decidió que un sector tan importante como el energético está por encima del orden constitucional y que los cambios que él deseaba sí eran posibles de implementar.

El hecho de publicar las fotos –como si fueran delincuentes del antiguo Viejo Oeste– de los diputados que se atrevieron a votar contra la propuesta presidencial es peligroso, puede resultar criminal y puede dar pie a que algún día se exijan responsabilidades superiores. No se puede menospreciar el concepto de traidor a la patria. Si es que lo son, ¿por qué no están en los presidios? Si no lo son, ¿por qué destruimos el concepto de la defensa propia y del bien común? Y aquí conviene recordar que los votos que eligieron al Presidente son iguales y tienen la misma legitimidad que los que eligieron a sus opositores.

En cuanto a la reforma energética y su no cabida dentro de los cláusulas y lineamientos estipuladas en el T-MEC, el Presidente optó por buscar la manera de darle una fuerza superior a su reforma que a los tratados internacionales para evitar problemas y esquivar obstáculos. En este caso conviene recordar que, de acuerdo con el artículo 133 de la Constitución misma, los tratados internacionales y las leyes constitucionales tienen la misma jerarquía normativa y son de obligado cumplimiento. Dicho esto, lo sucedido con la reforma energética –con independencia de la catástrofe que significa el haber puesto patas para arriba un sector clave para el desarrollo, el hecho de no crear las condiciones para la inversión y el no tener el dinero para hacer las obras necesarias que garanticen la llamada independencia y soberanía nacional– pone en cuestión algo muy preocupante. Esto es que en México los tratados firmados tienen tanta validez o importancia como así lo determine el Presidente. Basta una ocurrencia presidencial o de que la soberanía nacional esté en disputa para que su cumplimiento deje de ser obligatorio.

Lo que está sucediendo es peligroso para el mundo. Peligroso para nosotros los mexicanos. Es muy peligroso llamar traidor a la patria a un diputado simplemente porque vota una ley contraria a lo que estima el Presidente. Peligroso también es que esas mismas potenciales víctimas no estén iniciando los procesos correspondientes que obliguen, o bien a sustanciar la acusación, o simplemente a desaparecerla y pedir una excusa. Éste no es el ocaso de una figura política ni de un régimen, es el ocaso de una manera de vivir que nos afecta a todos y donde, al final, las preguntas frente a los temas complejos son claras, aunque las respuestas no son tan sencillas.

¿A qué mundo queremos pertenecer? ¿A quién estamos dispuestos a respetar? ¿Quien no coincida con el pensamiento del poder tiene que desaparecer o morir? ¿Dónde está la mínima vestimenta de protección frente a los que no tienen la mayoría de los votos? No se puede olvidar que en cada elección esa mayoría electoral se puede ganar o perder. Hemos llegado al final del sueño, las cosas no cambian simplemente porque queremos que cambien. Las cosas cambian cuando se tiene la inteligencia, la fuerza y la capacidad de cambiarlas. Ahora nos encontramos sin cambios, pero también estamos en medio de la mayor confusión política, ideológica y técnica por la que ha atravesado el país en muchos años.

Éste no es el ocaso de una Presidencia, es el ocaso de una manera de vivir de un país que tiene que decidir qué está dispuesto a tragar y qué no. Mientras tanto, la seguridad –ese concepto tan básico para la vida– en este momento forma parte, o bien de algo que a nadie le preocupa, o bien en manos de los enemigos del orden y de la ley. Y dichos enemigos del orden y la ley mandan porque han sido los primeros en entender que en México la ley solamente es algo molesto y su cumplimiento no es forzoso.

Si mañana uno de sus diputados que aparecen en los pasquines de “Se busca” sufriera un atentado o alguien –siguiendo la lógica de la denuncia– pasara de las palabras a los hechos, ¿quién sería el culpable?

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