Año Cero

El asalto final

López Obrador ha entendido que llegó el momento de acabar con la hegemonía de la dependencia que en algún momento existió con Estados Unidos.

Yo no sé si en sus sueños o en su niñez al presidente López Obrador alguna vez le sedujo representar el papel del David que hundiera al Goliat moderno. Yo no sé si dentro de todos sus recuerdos de su larga trayectoria universitaria y de todo el pincelar de su pensamiento político, el antiamericanismo ocupaba un lugar significativo en su corazón. No sé qué tanto se esforzó para evitar que ese sentimiento se notara hasta que llegara el momento en el que fuera difícil de esconder o, al menos, de valorar en su dimensión auténtica. El viernes, el presidente mexicano dijo algo que lleva diciendo desde hace mucho tiempo: México no es colonia de nadie. Tan no lo es que ha llegado la hora de cobrar y rectificar ese reclamo, como ya lo ha hecho con los españoles. Cuando el Presidente repite que México no es colonia de nadie, se podría –dado que la pregunta que motivó la declaración era sobre la intervención del espionaje ruso en territorio mexicano– pensar que estaba emitiendo una respuesta a esta suposición o, por qué no, a los coqueteos comerciales con China. Sin embargo, el mismo mandatario mexicano aclaró –arrastrando las palabras– que además de no ser colonia ni de Rusia ni de China, mucho menos somos colonia de los Estados Unidos de América.

Haciendo referencia a la declaración que hizo el embajador estadounidense en el momento de la instalación del Grupo de Amistad México-Estados Unidos –en la misma sede donde 24 horas antes se había instalado el Grupo de Amistad México-Rusia–, el presidente mexicano contestó que respetaba su opinión, pero que él, pese a la munición –en público y en privado–, seguiría adelante con su particular visión sobre la reforma energética. Y lo seguiría sin importarle lo que pudiera llegar a pensar u opinar el representante estadounidense en México y el gobierno liderado por Joe Biden.

¿Qué parte es la que no hemos entendido los demás? ¿Qué importancia tiene el hecho de que Estados Unidos sea nuestro principal inversor y socio? Eso es algo que pertenece al pasado. Pertenece a las secuelas y a las consecuencias de la enfermedad neoliberal y a la alta traición que, en la visión presidencial, le hicieron los que le precedieron sentados en la silla del águila. López Obrador, como otros compañeros políticos suyos que en este momento también son jefes de Estado –por ejemplo, el de Argentina, el de Cuba, el de Venezuela o, aunque no comparta la misma intimidad, con el de Nicaragua–, ha entendido que llegó el momento de acabar con la hegemonía de la dependencia que en algún momento existió con el socio del norte.

La República de los Estados Unidos de América tiene muchos problemas. Pero, sobre todo, tiene uno nuevo, que es que en las repúblicas del sur –empezando por su principal socio, cliente y su punto más débil en términos de seguridad interna, es decir, nuestro país– desafiarlo y plantarle cara se ha convertido en una cuestión de valor político. Una cuestión que, tan sólo hace unos pocos años, era absolutamente impensable que se pudiera llegar a dar.

La realidad y los datos están claros: nosotros no vamos a condenar a Rusia. Nosotros, que somos unos apóstoles de la paz mundial y del entendimiento entre los pueblos, vamos a mirar hacia otro lado frente a la destrucción sistemática del pueblo ucraniano. Nosotros –más allá del folclor de las declaraciones al aire en las que apostamos por la paz, pedimos respeto y juramos respetar la independencia y soberanía de cada uno de los países de la Tierra–, al parecer, no vamos a reforzar de ninguna manera las tomas de posición que pueda adoptar el gobierno de Estados Unidos.

No queremos y no vamos a leer la crisis actual del mundo como si nos afectara. Y si la leemos para algo será para ver de qué manera nos podemos separar, por una parte, de quien nos gobernó antes de este momento y, por otra parte, de quien consideramos como el principio y fin de todos los males de la administración actual. Un mal que es representado como el nido de la serpiente y que, según el gobierno en turno, está representado por neoliberales, capitalistas, aspiracionistas y, en el fondo, vendepatrias.

Hasta donde sé, el presidente de México no ha invitado a Putin. Pero sí ha permitido –teniendo en cuenta que, como él mismo ha dicho, no hay nada que pase en este país que no sepa el presidente de la República– que en San Lázaro se hiciera el acto de provocación de instalar el Grupo de Amistad México-Rusia. Ya han comenzado las hostilidades. La declaración del jefe del Comando Norte de Estados Unidos sobre que actualmente México es la base más grande de operaciones de las agencias de espionaje ruso, es un acto clave para entender lo que puede pasar a partir de aquí.

En primer lugar, ponga usted al lado de cada uno de los datos quiénes son nuestros amigos en la región y quién merece nuestro respeto. A quién invitamos en un día tan sagrado como el día de la conmemoración de la Independencia –el punto que marca la creación de la República de México– para estar sentado al lado de nuestro Presidente y hacer uso de la palabra durante el desfile militar, como sucedió con la presencia del presidente de Cuba. Observe también a quién no invitamos y no pensamos más que en tener las relaciones que estrictamente nos imponga la realidad política y económica: al país de las remesas, es decir, a los Estados Unidos de América. Todavía si tuviera un presidente con el que entenderse, a quien pudiera llamar amigo o a quien pudiese reconocerle el respeto que no tiene al considerarnos un país y no un lacayo, es decir, al antiguo presidente Trump, sin duda alguna lo invitaríamos. A Biden, a quien capitanea la lucha contra Rusia, al que quiere volver a marcar el liderazgo del llamado mundo libre, era inaceptable extenderle la invitación.

Además, y por si fuera poco, seguimos adelante con la reforma eléctrica y energética. Y lo hacemos porque se trata de un acto de soberanía nacional que nadie nos puede negar ni quitar. Otra cosa es quién pagará las facturas, para empezar, de todos los juicios que se van a desencadenar a partir de este momento. ¿Conseguirá el Presidente la aprobación de la reforma? Dependerá del PRI. Y allá el PRI lo que haga a partir de aquí. Y es que el PRI puede otorgar sus votos a favor de la reforma energética a cambio de los años de cárcel que le podrían esperar a algunos de sus dirigentes. Y una vez dicho eso, volveremos a pedir que confíen en nosotros. Pero, ¿en quién confiaremos? Tenemos que definir si en quienes confiaremos serán los que piensan como nosotros, los que cuentan que desafiar el poder de Estados Unidos es exactamente lo que en este momento apuntan los vientos de la historia; a los que respetan a Putin o a los que entienden que un muerto ucraniano vale menos que un muerto de los que puedan producir cualquiera de los juegos dentro de la geopolítica estadounidense.

¿Quién confiará en nosotros? ¿En qué lado de la frontera nos quedamos? ¿Somos de verdad el punto –que tampoco hace falta ser un genio para suponerlo– de mayor penetración de los servicios secretos rusos y de verdadera vulnerabilidad de Estados Unidos? ¿Vamos a crear un programa de establecimiento de empresas hostiles o peligrosas para la seguridad nacional en las dos Baja Californias?

¿Qué vamos a hacer a partir de aquí? Porque preguntar quiénes somos está de más. La respuesta a esta pregunta depende del momento de la historia en el que hagamos la pregunta. Hoy por hoy somos un país enojado, que no necesita a los demás, que reivindica su soberanía y su independencia y que tiene mucho cuidado, con cada paso que da, de crear un nuevo punto de tensión no sólo interno o de polarización nacional, sino que incluso de desposicionamiento internacional.

El presidente López Obrador debe saber que juega con fuego. No tengo mucha duda sobre que a él no le importe ser quemado en el altar de los intereses nacionales, si es que el guion así lo exigiere. El problema es que tardaremos años en poder acabar con los costos que traerá la adopción de esta política y forma de actuar. Así como también tardaremos años en volver a tener una estructura aeroportuaria que haga que nuestros cielos vuelvan a ser dignos y un punto de referencia para el mundo. Sin embargo, pareciera que el problema es que ese mundo tan corrompido, tan comprado por los neoliberales, tan al servicio de los enemigos de México, no se da cuenta de nuestra grandeza y cierra nuestros cielos creándonos problemas de seguridad.

Así están las cosas –así como lo peor que le podía pasar a Putin ya le está pasando, que es la sorprendente resistencia ucraniana y el costo de vidas y desgaste que está teniendo Rusia en Ucrania–, nosotros nos estamos metiendo en una posición en la que, una de dos, o por fin el gran sueño de Echeverría se cumple y los no alineados y los países como el nuestro, de mucha personalidad, tienen una representación política que pueda enfrentar a las fuerzas del mal –en este caso el capitalismo y el enemigo del norte– o realmente estamos parados en medio de la nada sin saber a dónde ir. Pero, lo que es peor, estamos esperando a ver hacia dónde nos quieren llevar los que ya no nos ven como amigos.

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