El problema de las guerras es que los costos los pagamos todos y, normalmente, si es que sobreviven, los gozos los disfrutan quienes las empiezan. Es terrible. Dentro de la humanidad son mucho más peligrosos los débiles y los cobardes que los malos. Si uno se fija bien en todo lo que ha ido sucediendo a lo largo de los años, se dará cuenta de que –aunque sólo sea sobre el papel– nadie quiere desencadenar guerras. Esta vez es distinto. En esta ocasión, como ya pasó en la vieja Europa, a finales de la década de los años 30, hay un europeo, ruso, pero europeo, que sí quiere una guerra. Adolf Hitler la quería por una razón. En el fondo, y más allá de la pureza étnica, el Holocausto y el exterminio de todos los que no fueran rubios, de ojos azules y de estatura alta comparte la misma esencia que está llevando a Vladimir Putin a hacer lo que está haciendo.
Hitler necesitaba espacio. Putin necesita espacio, presencia, pero, sobre todo, habitantes. ¿Qué piensan en su soledad los líderes? Difícil saberlo. Sin embargo, sí hay una idea que nos transmite un poco de los planes del presidente ruso, que es que él no parará hasta que… y es que ese es el problema: sólo él sabe hasta dónde parará. ¿Cree que será capaz de ganar contra todo y todos a la vez? Ninguno sabemos –ni siquiera el presidente Joe Biden– qué es lo que Putin sabe de nosotros que nosotros desconocemos. Dicho de otra manera: los costos acumulados, de la experiencia de la penetración al más alto nivel en el gobierno de Estados Unidos, cuando Donald Trump estaba al mando, es un costo que seguiremos pagando durante muchos años. Tal vez esa sea la razón que lleve a la explicación última por la que, en principio, todo el mundo nos demos cuenta de que para Putin el final de esta guerra sólo es la suya y no la de nadie más. Si desconocemos cuál es el objetivo final, difícilmente podemos establecer qué es lo que está dispuesto a hacer y qué es lo que no está dispuesto a hacer. Mientras tanto, da la impresión de que está dispuesto a hacer todo. Para empezar, Putin está dispuesto a masacrar los miedos comúnmente aceptados y colectivos.
¿Quién dijo miedo a lo nuclear? Lo nuclear forma parte de las pesadillas más generalizadas del mundo –el libre y el ocupado– sobre cómo puede terminar esta verbena en la que estamos y ese regalo, muchas veces dilapidado, llamado vida. Para el mandatario ruso, como ya pasó antes con otro gobernante, no hay límites. La única razón por la que la primera bomba nuclear fue estadounidense fue porque la desarrollaron primero los científicos como Robert Oppenheimer y los participantes del Proyecto Manhattan, que los científicos de Adolf Hitler, como lo fue Wernher von Braun. Sin embargo, a pesar de ser los líderes de la encomienda, ambos –tanto Oppenheimer como Von Braun– sentían una profunda falta de respeto sobre las consecuencias de lo que hacían.
¿Cuándo pagará Putin lo que está haciendo? No me gustaría ser uno de sus ricos compañeros que le han acompañado en su escalada al poder desde el primer día en el que, desde la alcaldía de San Petersburgo, inició el camino hacia las estrellas del que hoy somos víctimas y testigos. Todo su núcleo de poder, con estrellas o sin ellas. Todos sus generales. Todos sus amigos ricos. Todos los poderosos de Rusia lo han perdido todo.
Alguien que sea capaz de ganar una guerra contra todos y sin límites no compartirá nada con nadie. Putin tiene muchos problemas fuera, sobre todo tiene el problema de que –contrario a lo que parecía– ni estamos tan muertos ni somos tan débiles. Sin embargo, los errores se van acumulando y, en algún momento, podrían cobrarnos factura. Entiendo al presidente Emmanuel Macron cuando ante sí se presentó una oportunidad de marcar un penalti que lo lleve a la historia. Pero la verdad es que, salvo el juego desequilibrado de Estados Unidos con Rusia, nadie tiene nada que decir. Esa puede ser la razón por la que un noruego de nombre Jens Stoltenberg –que ostenta el cargo de secretario general de la OTAN– se permite hacer los posicionamientos de Europa y contestar, cabalgando sobre un tanque, las respuestas políticas a lo que es un desafío en todos los órdenes como el que plantea Putin.
Todos tenemos costos. El problema es que seguramente nosotros vamos a empezar a pagar mucho antes de que el culpable de todo esto se le pase la cuenta. ¿Empezará la guerra nuclear? Es posible. Lo que es evidente es que ha llegado el momento de despedirnos del siglo 20. Adiós a la Segunda Guerra Mundial, que ya parece tan lejana como la Guerra de las Galias de Julio César. Adiós al orden establecido como consecuencia de la guerra iniciada en 1939. También nos tenemos que despedir del equilibrio imperfecto basado en que lo bipolar radicaba en el enfrentamiento.
Este es otro boleto. Es otra historia. Ni toda la infraestructura creada por los nuevos dueños del mundo ha sido suficiente para controlar las emociones. El mundo digital no ha sido capaz de combatir –ni mucho menos controlar– emociones como la humillación, la ira o cualquier otro sentimiento cada vez menos latente en esta época de enfrentamiento en todos los frentes. Por eso, en la era del internet, de Mark Zuckerberg, de Elon Musk, de Jeff Bezos, 15 días han sido como si hubieran pasado años en el siglo 20. Y en quince días, uno de los costos que todos los sacrificados –como si fueran ucranianos, aunque, eso sí, con Picassos y Van Goghs en las paredes que son los compañeros de aventuras de Vladimir Putin– han podido comprobar que no es verdad que el Ejército ruso fuera tan terrible ni tan horrible como el que nos había vendido. También se ha comprobado que un pueblo fustigado en su dignidad y con sentido nacional de que hoy allí es el dueño, puede aguantar durante 15 días, y con una enorme desigualdad de todo orden, a una máquina de guerra que a Putin le gustaría que fuera tan perfecta como la utilizada por Adolf Hitler. Sin embargo, la experiencia y lo visto demuestra que eran puras especulaciones y que, en realidad, los rusos no eran tan poderosos como se pensaba.
Curiosamente, la guerra de Ucrania –una guerra que se está desatando en Europa y en el corazón de las comunicaciones y las aportaciones que la tecnología ha permeado en la vida diaria– debería ser la guerra más pública y publicitada de la historia de la humanidad. Sin embargo –a pesar de contar con incontables recursos tecnológicos al alcance de nuestras manos– son muy pocas las imágenes que se han podido registrar sobre el enfrentamiento entre los ejércitos ruso y el ucraniano. Además, se trata de una guerra en la que hay muchas declaraciones. El presidente de Ucrania ha incluido en su rutina una especie de mañaneras en las que va informando –parcialmente– sobre lo sucedido. Sin embargo, hay muy pocos testimonios que puedan comprobar la realidad de los combates. No hay que confundir las fotos del sufrimiento humano, las víctimas o los grandes éxodos de los refugiados con lo que estoy diciendo. Desde la Guerra del Golfo y la Operación Tormenta del Desierto, el mundo se acostumbró a seguir las guerras en directo y tener la información casi de manera instantánea. La guerra de Ucrania es una guerra sin imágenes y hay que preguntarse por qué lo es así.
¿Puede Putin acabar de un bombazo con la situación? Sin duda alguna. El problema ahora es que los costos de esta guerra, sobre todo si se cuestiona cuánto tiempo Putin podrá mantener –sin empezar a matar tanta gente tanto dentro como fuera– el monopolio de la violencia que ha desencadenado. Putin está pagando un alto costo por esta guerra. La cuestión es si cuando le llegue el momento de saldar las cuentas seguiremos todos aquí o que antes de que pague nos termine destruyendo a todos.
Mientras tanto, hágame caso y ponga todos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial y compárelos o aseméjelos con las batallas napoleónicas o la Guerra de las Galias y sitúese en un mundo en el que todo lo que parecía que habíamos aprendido, todo por lo que no volveríamos a transitar por los caminos del horror, era –como en tantas otras cosas– mentira. Basta con que uno solo se convenza a sí mismo de que puede ser Dios en la Tierra a caballo de una bomba nuclear para que todo nuestro mundo, primero, colapse en el terror y, segundo, desaparezca bien, sea porque no soportemos la tensión o porque un instrumento bélico nos elimine del mapa. Los costos ya son muy altos. Para empezar, los siguientes países que Putin se quiere comer ya saben que su Ejército no es tan fiero como él necesita. Y, mientras esta guerra sigue su rumbo, los costos cada vez son más altos.
De todas las víctimas que ha producido el enfrentamiento iniciado por Vladimir Putin, las más peligrosas y que más necesita poner atención son las que lo rodean. No existe una historia que nos permita afirmar cuánto aguantarán los generales rusos la humillación de tener una carretera con 65 kilómetros de camiones y blindados, y, a pesar de ello, no contar con una explicación sobre por qué el Ejército ruso no ha conseguido terminar esta guerra. Sobre todo, si se considera la notable superioridad y desproporción que existe entre Rusia y Ucrania. No sé si Putin querrá terminar la guerra jugándoselo todo, pero lo que sí sé es que hay demasiados aliados del presidente ruso que ya lo han perdido todo. Y ese es el principal problema que Putin tiene que atender desde su retaguardia.