Los modelos se agotan. Los imperios se derrumban. Todo cambia. Por si no teníamos bastante con la hiperinflación o con lo que ha supuesto la pandemia del COVID-19, en las últimas semanas el mundo ha vuelto a contener la respiración. En los últimos días la palabra “guerra” ha vuelto a aparecer como algo probable y posible. Y lo que es más preocupante y lo que resalta es que esa palabra vuelve a ser latente en un continente que ya ha sido testigo de lo que un conflicto armado puede traer y de las consecuencias que puede provocar. Hoy, el continente europeo nuevamente vuelve a ser el escenario del enfrentamiento de dos de los imperios más relevantes de la actualidad: Estados Unidos y Rusia. Años después, el mundo se vuelve a envolver en una nueva disputa entre Occidente y Oriente, entre el llamado ‘mundo libre’ –a pesar de que, en estos momentos, esté muy confundido– y el mundo, ya no comunista, pero sí el mundo liderado por los rusos.
Yo creo que, sin disparar un solo tiro, hasta aquí Vladimir Putin va ganando la batalla. Si uno mira bien el panorama, se dará cuenta de que, en un lado del cuadrilátero, hay mucha preocupación, tensión, mucha amenaza verbal y mucho intento por mantener una unidad endeble, que es la consecuencia de diversos factores, pero básicamente de la posición de desprecio del anterior presidente estadounidense hacia las alianzas defensivas y económicas de su país con el resto del mundo.
Donald Trump no quería e impuso un incremento defensivo a todos los países que forman parte de la OTAN, bajo el epígrafe de que Estados Unidos no tiene por qué defender a nadie que no sea él mismo. Hoy, como consecuencia de los actos de Trump, el liderazgo del mundo libre está disponible, o al menos fue renunciado expresamente por el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos. Y esta falta de liderazgo y de frentes o posturas en común ha llevado a que, en la actualidad, nos enfrentemos a una crisis que hasta el momento ya ha provocado el desplazamiento de más de 100 mil soldados rusos a la frontera ucraniana, y en la que los estadounidenses tienen a más de 8 mil 500 soldados en estado de alerta.
Joe Biden tiene muchos problemas, no sólo se está enfrentando a la fragmentación y división interna de su país, sino que además tiene frente a sí uno de los mayores dilemas de lo que va de su administración, que es la posición y la decisión que tomará frente al cada vez más tenso desencuentro con Rusia y su presidente. Espero que de verdad alguien entendiera que esta crisis tiene, sobre todo, un fundamento político y que verdaderamente hay mucho en juego.
Uno de los mayores problemas que arroja el siglo 21 y la revolución de todo orden que estamos viviendo, principalmente debido al universo tecnológico, es la crisis de los liderazgos. Viejo no es equivalente a sabio. Y da igual estar 50, 30 o 20 años ejerciendo una actividad, si no se ha desarrollado la sabiduría y la astucia necesarias para justificar no solamente el paso del tiempo, sino el valor añadido de ese tiempo. El presidente Biden lleva 50 años en la política de su país, pero la verdad es que –sin que sea el único– es culpable, como lo es el resto de los políticos que han permitido o provocado la situación tan deprimente y dividida en la que vive actualmente Estados Unidos de América. La personalidad de Putin es clara y es, al menos, astuta en el sentido de que juega con la fuerza de los contratos y con el hecho innegable de que, después de Estados Unidos, sus arsenales nucleares son los más relevantes.
No estamos en una crisis liderada por gigantes. Es más, la historia demuestra que, al momento de estallar las crisis, nunca se sabe lo que dará cada uno de sí mismo o hasta dónde están sus límites. En caso de dudas, consulte los comportamientos y lo que se creía de los líderes antes de la Segunda Guerra Mundial. En lo que acabaron convirtiéndose personajes como Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt, Yosef Stalin o cualquiera de los otros compañeros de esa época que compartieron y combatieron con Adolf Hitler, es algo que se forjó con el paso del tiempo.
Por un lado, Biden parece estar de acuerdo consigo mismo y –hasta donde se sabe– parece que el otro gran partido estadounidense, el Republicano, también lo apoya. Como en los viejos tiempos, el secretario de Estado de Estados Unidos va y viene y ha retomado su papel y función, tanto interna como externa. Por el otro lado, no sé si porque en política no hay memoria –así como no hay razón, y la fuerza y la historia terminan convenciéndonos de que los que ganaron eran los que debían ganar–, pero cuando uno escucha al presidente ruso explicar en qué radica su crisis y qué es lo que pide, todo adquiere un sentido diferente. Cuando uno ve los más de 114 mil soldados rusos en las fronteras con Ucrania, inevitablemente la mente vuela hacia la década de los 60. En esa escena aparece en imagen, por una parte, el presidente John Fitzgerald Kennedy, y por la otra los misiles en la isla gobernada por Fidel Castro.
Lo que Vladimir Putin solicita es que no pongan los misiles a las afueras de su casa. No podemos olvidar que, en su momento, Kennedy y el mundo estuvieron al borde de una guerra nuclear porque los misiles –emplazados en la Cuba de Castro– estaban cerca de 200 millas náuticas de territorio estadounidense. Para Putin el asunto de Crimea ya debería ser superado, así como en su momento se olvidó el robo de California o Texas por parte de Estados Unidos a México. Mientras tanto, mientras seguimos en un ejercicio en el que, al final, la petición rusa es sencilla y básicamente consiste en que la OTAN deje de ampliarse hacia Oriente, que los misiles se mantengan alejados del territorio ruso y que se mantenga el espíritu de cordialidad, aún hay mucha incertidumbre de por medio.
En este momento, en la Unión Europea, donde conviven demócratas y no demócratas y donde hay, por ejemplo, miembros de la OTAN que pertenecieron al Pacto de Varsovia y fueron países comunistas, como es el caso de Polonia –un país que, además, está dirigido por un gobierno de extrema derecha y que tiene conflictos permanentes por los derechos fundamentales de sus ciudadanos–, empiezan a verse los efectos de la división. Seguramente Emmanuel Macron, los alemanes y no sabemos cuántos más, hablarán directamente con Putin. También quiero creer que eso lo harán estando de acuerdo con los estadounidenses. Pero, mientras tanto, el gesto –a veces uno lee cosas que dan la impresión de que son una especie de broma– da a entender que, en este momento, hay al menos dos diálogos que se están dando de manera paralela. Seguramente esto es lo que hay que hacer en diplomacia y en política. Sin embargo, hay que tener cuidado y estar atentos, ya que, en ocasiones, las voluntades o los intereses de unos son contrarios o no compatibles con los de los otros.
Estamos en una situación en la que realmente la unidad ni siquiera es nominal. Parecen más preocupados los que quieren tener un conflicto que los propios afectados por el conflicto, que en este caso son los ucranianos. Con independencia del respiro y de lo que significa ver que también se puede morir de un ataque nuclear, de un disparo o de una guerra europea –y no solamente de las consecuencias del virus y sus mutaciones–, en este momento estamos en medio de una situación en la que las economías y el reordenamiento mundial exigen una cierta paz.
Necesitamos paz, primero, para no morirnos de ansiedad, tristeza o derrota frente a la crisis sanitaria. Y, segundo, también es necesario un ambiente de prosperidad y armonía para poder reconstruir nuestras economías, nuestras esperanzas, ilusiones y nuestras certezas. Certezas que no estén fundamentadas sobre la base de que, o bien moriremos por el ómicron o por el estallido de una guerra.
Creo que, sin disparar un solo tiro y sin tirar un solo misil, la historia se va inclinando a favor del presidente ruso. Y lo hace por una razón muy sencilla, porque al final del día los elementos de la complicidad profunda que suponían defenderse, vivir y tener un código colectivo de valores, han desaparecido. Por poner un ejemplo, mientras todo esto sucede, en Reino Unido están buscando averiguar qué tan borracho estaba –y si es que lo estaba– el primer ministro británico en sus fiestas, una de las cuales se celebró en un plano de pleno duelo por la muerte del esposo de la reina Isabel II y en medio de restricciones por causa del COVID-19. El llamado Partygate en contra de Boris Johnson hace preguntarse cuánto tiempo le queda al actual líder británico al frente del país, pero, sobre todo, es un hecho que resalta una verdad irrefutable. Y es que mientras unos investigan, unos están negociando y otros están siendo partícipes de lo que podría ser el detonante de una nueva guerra en Europa.
El mundo hay que inventarlo de nuevo. El modelo se murió. El imperio se está cayendo y nosotros vamos en muletas tratando de vivir en un mundo que ha cambiado tanto, que tiene tantos problemas y tantos déficits, que no sabemos muy bien hasta dónde va a llegar esta situación, ni cómo podemos empezar a reconstruir nuestras vidas. Y en medio de todo esto, alguien con mucha frialdad –como si fuera un pistolero del viejo Oeste– simplemente entra en el salón y dice “saque el misil de mi puerta y deje de increpar a los enemigos. Porque si no, a diferencia de usted, yo sí tengo unidad, yo no tengo nada qué perder y yo sí puedo hacer una guerra”. Ese alguien se llama Vladimir Putin y es quien, sin disparar un solo tiro, va ganando esta disputa. Una disputa que es la prueba más clara de que el mundo que conocíamos sencillamente se ha esfumado.
Espero y deseo que en estos momentos no estemos delante de una nueva guerra mundial. Es más, espero y deseo que no haya guerra, ya que ya hay una guerra moderna –que es tecnológica, pero que principalmente es una guerra de percepción– que se está llevando a cabo. Y fíjese usted lo que significa tener más de 100 mil soldados en la frontera de un país bajo la reclamación y la exigencia de que nadie aceche su territorio. Hay un problema de narrativa y de iniciativa política que no va ganando Occidente. Y todos los demás miran la película intentando meterse en la pantalla, pero realmente con la imposibilidad de contar algo relevante en lo que, sin duda alguna, está siendo ya un factor de cambio radical en el nuevo mundo.