Año Cero

Putin el Grande

Desde Stalin, Rusia no había tenido un líder tan determinado y seguro en su actuar. Hasta que llegó un hombre de estatura mediana y con un ingenio único.

Desde hace ya muchos años que he sentido una debilidad y curiosidad intelectual por el alma rusa. Encontrar a un pueblo tan sentimental y violento a la vez, es una tarea difícil. Antes, el zar era su máximo emblema y la expresión por excelencia del poder. Desde Iván el Terrible hasta la última emperatriz de Rusia, Alix de Hesse-Darmstadt –pasando por el último de los zares, Nicolás II, y desde luego por el camarada Yosef Stalin–, la Madre Rusia siempre había sido sinónimo de fortaleza y predominio. Es curioso que, a pesar del gran cariño que le tenía al territorio que gobernaba, Stalin sólo catalogó una vez a su pueblo como “hermanos y hermanas”. En esa ocasión –que fueron 10 días después de que Adolf Hitler hubiera invadido la Unión Soviética– el dirigente ruso tuvo que comunicar a la nación que habían entrado en guerra contra Alemania.

Desde Stalin, Rusia no había tenido un líder tan determinado y seguro en su actuar. Hasta que llegó un hombre de estatura mediana y con un ingenio único. Un hombre que el 9 de noviembre de 1989 se encontraba quemando papeles en las oficinas del KGB en Berlín. Mientras el Muro se estaba cayendo –y con él, el mundo comunista iba muriendo–, ese día el coronel Vladimir Putin se encontraba borrando todas las huellas de lo que había sido su último trabajo como oficial del KGB. Putin, el hombre desconocido que llegó a Leningrado para hacer de San Petersburgo una ciudad moderna, fue el que –sin que nadie supiera muy bien cómo ni por qué–, en medio de las borracheras y de las ensoñaciones etílicas de Boris Yeltsin, consiguió convertirse en el presidente del Consejo de Ministros de la Rusia poscomunista. Pero más allá de eso, logró algo aún más importante, que fue convertirse en el eslabón que uniría el pasado y el futuro a través del poder ruso.

En este momento, y desde mi punto de vista, Vladimir Putin es el gobernante más complejo que existe sobre el planeta Tierra. Pertenece y es hijo de un imperio que ha caído y fallado en diversas ocasiones. Una nación que, a pesar de contar con la mayor extensión territorial del mundo, la demografía sigue siendo una asignatura pendiente. Año tras año, la confianza de los rusos va en disminución, cada día que pasa –y pese a las enormes campañas patrióticas que su mismo presidente encarna– hay menos rusos y menos rusas dispuestas a tener hijos. A Putin le bastaría contar con 200 o 300 millones más de habitantes para acompasar la dimensión de su territorio, sus ambiciones, el poder de sus armas y, sobre todo, la brillantez de sus jugadas. Verlo reunido con más de 100 periodistas occidentales contestando todo tipo de preguntas, es un espectáculo que lleva inevitablemente a hacerse el cuestionamiento sobre qué otro líder mundial es capaz de hacer una hazaña similar. Pero, además –como la memoria en los tiempos del Twitter y del Instagram es tan rápida y lo quema todo tan instantáneamente–, no podemos dejar a un lado un hecho que hace todavía más grande al actual presidente ruso. En este mundo instantáneo, se nos ha olvidado que además Putin el Grande fue una parte decisiva de la victoria de Donald Trump.

Se nos ha olvidado que la elección de 2016 hizo que –desde su tumba– Yosef Stalin estuviera lleno de orgullo. Se nos ha olvidado que nunca antes ningún gobernante ruso ni soviético había conseguido penetrar tanto como Vladimir Putin penetró en el corazón, en el alma y –no sé cuánto– en el cerebro de la figura del presidente estadounidense. Ese mismo Putin es quien en su conferencia de prensa anual, celebrada el pasado diciembre, explicó con naturalidad que el problema no es si él va a invadir o no Ucrania –que de hecho eso tiene muy poca importancia–, lo más importante es la seguridad de Rusia, ante todo y ante todos. Y para que no haya lugar a dudas sobre el discurso que baraja, vuelve a resaltar el hecho de que él no es quien está colocando misiles en la frontera de México con Estados Unidos ni en la frontera de Canadá con Estados Unidos. Repite que es la OTAN la que –con independencia de las conversaciones– sigue colocando misiles a 300 kilómetros de Moscú y eso es algo que Rusia no permitirá. Por lo tanto, la cuestión no es si Rusia invadirá o no Ucrania, la pregunta es, ¿qué necesita Rusia para sentirse segura?

Para quien no quiera entender, está claro. Seguiremos discutiendo unas conversaciones diplomáticas que no pueden llevar a ningún lugar y cualquiera –empezando por el viejo doctor Kissinger– sabe que el límite de la OTAN siempre estuvo en Ucrania. Para que tampoco exista cualquier tipo de confusión sobre los años que lleva de independencia Ucrania, Putin recordó que, de hecho, Ucrania es un invento de Vladimir Ilich Uliánov –o mejor conocido como Lenin–, quien en 1922 gestó el nacimiento del país y que en 1924 tuviera su primera Constitución. Luego –por aquello de que la historia cuenta para todo y para todos–, sobre Crimea, Putin recordó que a este respecto no se trata de un problema que sólo afecte a Rusia. Y preguntó si en América del Norte aún seguimos recordando cuando Estados Unidos robó California o Texas a México. Claramente –continúo argumentando– aquello había quedado olvidado, así como debería quedar olvidado el asunto de Crimea, territorio que, a fin de cuentas, siempre había pertenecido a Rusia.

Hay que entender que cuando Vladimir Putin insiste de manera reiterada que no pongan los misiles a 300 kilómetros de su casa, lo único que está haciendo es recordar lo que hoy ya es público y lo que durante muchos años fue secreto, que fue el compromiso de la OTAN y de Estados Unidos con Rusia –en aquel entonces la Unión Soviética– sobre no incrementar ni un milímetro la presencia occidental en el Este. A cambio, la Unión Soviética tenía que aceptar la unificación alemana. La URSS aceptó y cumplió lo acordado; sin embargo, ahora –tras años de lo sucedido– es como si la OTAN tuviera una especie de amnesia y quisiera olvidarse del compromiso adquirido.

¿Qué hace uno con un gobernante como Vladimir Putin? Con alguien a quien, créame, no le importa lo que pueda suceder en las siguientes elecciones, ya que su sentido democrático es inferior a su sentido del Estado ruso. Y es que Putin es alguien que nunca se ha caracterizado por ser alguien respetuoso con las reglas democráticas. Él trabaja y lucha por una meta superior: la grandeza de su nación, de su Rusia.

Estamos frente a un gobernante que, además –como si no tuviera bastante con bañarse en aguas frías a pecho descubierto cuando el año cambia para demostrarle a su pueblo que sigue siendo un hombre digno de gobernarlo–, tiene algo en su poder que lo hace invencible. Esto se llama el frío, el miedo y la dependencia energética de Europa. Los españoles nunca olvidarán este año que acaba de concluir, en el que la energía eléctrica les ha costado más que en toda su vida. Europa no olvidará lo que significa el costo de la energía. El frío, el desarrollo, la tranquilidad y la capacidad industrial de Europa está en manos del mismo señor que insiste en que la OTAN y sus miembros quiten los misiles de donde se encuentran.

Si hay algo por lo que el mundo debería estar agradecido es de que Putin no cuente con el número de habitantes que tuvieron a su cargo los grandes líderes soviéticos que le precedieron, ya que, de haberlos tenido, su yugo sería más fuerte que el que ya tenemos. Puede ser que con sus misiles y armas nucleares Putin no sea capaz de destruir Europa. Sin embargo, lo que sí puede es matarla de frío, siendo ésta su arma más poderosa, ya que, de utilizarla, no sólo causaría un paro industrial masivo, sino que además podría volver a los muy civilizados europeos contra sus gobiernos. ¿Para qué ir a buscar una pelea a las puertas de un enemigo que –más allá de ser capaz de hacer uso de sus armas nucleares– nos puede matar poco a poco de frío y de hambre?

Ante toda esta situación, para mí sólo hay un consuelo, que es que, cuanto más avance Putin en su poder, más grave se vuelve la preocupación de China hacia Putin. Hay cosas muy difíciles de hacer; la que para mí resulta más imposible es conseguir una alianza verdadera, más allá de la coyuntura, entre el Kremlin y la Plaza de Tiananmén.

En medio de todo esto, estando al borde del precipicio o mirando las largas noches que conducen al infierno de la historia, la pregunta que hay que hacerse es si Joe Biden –un hombre forjado y hecho en la época de los espías y la Guerra Fría, y en una época en la que el poder no estaba basado en la tecnología, sino en las cabezas nucleares– entiende exactamente el problema al que se está enfrentando. Si Biden tiene el sentido histórico que es necesario, entonces es claro que va a haber un acuerdo, no sobre Ucrania, sino sobre el número mínimo de kilómetros para la colocación de los misiles. Si no logra haber dicho acuerdo, la catástrofe está servida. No sé si habrá una guerra –dudo que la OTAN siga en esto a Estados Unidos–, pero lo que sí estoy seguro es de que puede haber una invasión de Ucrania.

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