Año Cero

Gobiernos al borde de ataques de pánico

Desgraciadamente sólo podemos avistar gobiernos bajo pánico, en los que antes de que el navío toque las profundidades del mar, sus capitanes ya habrán abandonado el timón.

Desde el principio de los tiempos, los gobiernos han servido –con mayor o menor eficacia y para bien o para mal– para muchas cosas. Además de ser entes encargados de imponer el orden, de cobrar los impuestos y ejercer la violencia legítima –que es aquella que se hace en nombre del Estado–, también han tenido las funciones de administrar y ordenar nuestras vidas. Para que existiera la figura de los gobiernos previamente debió de existir la necesidad de un liderazgo que supiera o fuera capaz de saber guiar o tan siquiera de tener las cosas más o menos bajo control.

Desde el inicio hasta nuestros días, el temor ha sido una causa fundamental para el ejercicio del poder. El problema es que el temor o esa parte del poder tiene una ley que no se puede vulnerar: los gobiernos respiran el temor y son quienes deben buscar erradicarlo, no quienes lo producen. Sin embargo, hoy, frente a unos ataques de ansiedad y de pánico que no saben cómo administrar ni mucho menos cómo contrarrestar, los gobiernos ni siquiera han sabido cómo transmitir el más mínimo sentido de tranquilidad y estabilidad a sus pueblos.

Conforme la historia avance y los tiempos que estamos viviendo se miren con perspectiva, descubriremos que nunca hubo un revolucionario anarquista que tumbara más gobiernos y que destruyera más maneras de vida burguesa que lo que está logrando hacer el COVID-19. En su momento Albert Einstein dijo: “Hay dos cosas infinitas: la estupidez humana y el universo. Y del universo no estoy seguro”. Hoy –visto lo visto– esta teoría no podría estar más en lo cierto, ya que si algo es verdad es que, después de tantos años de existencia, los seres humanos no hemos sido capaces de demostrar lo contrario. Por eso no es de asombrarse que, una vez más –con esa cortedad de miras, insolidaridad y falta de inteligencia por parte de los humanos–, fuéramos tan ingenuos como para pensar que vacunándonos, haciendo cocteles de vacunas, poniéndonos las mascarillas y encerrándonos allí donde el hombre blanco pisa, bastaría para estar a salvo.

Por ejemplificar, 24.3 por ciento de la población vacunada en Sudáfrica es un dato que, en sí mismo, es el aviso y la confirmación de que simplemente no tenemos solución. Los gobiernos que ante el surgimiento de las nuevas variantes corren llevados por el pánico cerrando y abriendo sus fronteras, prohibiendo vuelos, metiendo a la gente de momento en hoteles –ya que quién sabe cuánto tiempo tardaremos antes de que las cuarentenas se hagan en presidios– es prueba de que, en realidad, no hemos aprendido nada de lo vivido. Lo único que demuestran con estas medidas es que, primero, están completamente sobrepasados por las circunstancias. Y segundo, es muestra de haber perdido la autoridad moral para llamarse nuestros gobiernos.

Nuestros líderes: los que tienen más miedo de nosotros, los que no saben qué hacer y los que demuestran que tantos billones de dólares invertidos y exprimidos a sus pueblos no han servido de nada, una vez más han demostrado que no tienen las capacidades para enfrentar los desafíos del mañana. Pero, sobre todo, nos han hecho ver que ellos no pueden ser quienes nos salven de esta batalla. Una lucha que cada día que pasa y con cada variante que surge, va adquiriendo unas características más violentas y trágicas que la Segunda Guerra Mundial. En su tiempo, Winston Churchill sólo pudo ofrecer a su pueblo sangre, sudor y lágrimas, y la promesa de que nunca se rendirían, que lucharían en las plazas, en las playas, en las ciudades o incluso desde sus hogares. Ahora –cuando vemos su comportamiento– empezamos a cuestionarnos sobre dónde es que está la cabeza de quienes les pagamos para que nos administren, nos defiendan, pongan orden en nuestra vida y ejerzan esa palabra cada día más extraña llamada gobierno.

¿Cómo es posible que dentro de todo el universo blanco o amarillo nadie cayera en la cuenta de que si teníamos mil 500 millones de personas de color sin vacunar, más pronto que tarde el peligro llegaría en forma de ómicron? Mientras escribo esta columna nadie sabe exactamente el verdadero alcance que tendrá esta nueva variante, aunque de lo que sí podemos estar seguros es de que ese sistema, en el que tanto confiábamos, sencillamente ha fracasado. Lo que también sabemos es que esta variante ha despertado y reavivado el miedo en nuestro mundo y que, a raíz de su surgimiento, hemos vuelto a perder toda la confiabilidad que podíamos tener, y del hecho de que no podemos ni siquiera aspirar a contar con un parámetro certero que nos permita tener una idea sobre las consecuencias últimas del ómicron. ¿Será que esta nueva variante nos matará más rápido y encima sin fiebre ni dolor de cabeza? ¿Servirán de algo las vacunas?

Personalmente soy de los que creen que este siglo 21 –supuestamente el que estaba llamado a ser el siglo del conocimiento– está siendo el siglo más ignorante de la historia reciente de la humanidad. Tenemos información, sin embargo, no tenemos ni educación ni cultura. Sabemos muchas cosas, pero no sabemos qué hacer con lo que sabemos. Ver el espectáculo de cómo los gobiernos huyen despavoridos sin saber qué hacer es una situación inédita y que perdura en la memoria de la humanidad. Si les hubiera tocado vivir una situación similar a los primeros revolucionarios, anarquistas y bolcheviques, probablemente ya le hubieran hecho un gigantesco monumento al Covid-19. Este bicho, solo, ha destruido más gobiernos, estructuras y sistemas de salud que cualquier otro movimiento, acontecimiento o hecho histórico.

En cualquier caso, lo que el COVID-19 ha demostrado es que no tenemos solución. A pesar de que nos vacunemos una, dos, tres o las veces que sean necesarias, nadie sabe cómo acabará esto. La única buena ventaja de ómicron –si es que es tan letal como parece– es que, además de llevarse entre las patas a todos los gobiernos, va a conseguir levantar y sacar a las calles hasta los habitantes de los Países Bajos. Para nosotros, las pobres víctimas del COVID-19, víctimas del gobierno y víctimas de los ataques de pánico por parte de quienes nos gobiernan, parece que nuestra muerte es más rápida y menos dolorosa. Y es que, al final, después de que las dos palabras más repetidas del siglo 21 van camino de ser ‘COVID-19′ y ‘vacuna’, aún no queda claro si éstas realmente servirán para hacerle frente al virus nacido en Wuhan, China.

Mientras muchos gobiernos de Oriente y Occidente viven con ataques de pánico, hay otros –como el mexicano– que podrían dar clases universales de entereza o, por lo menos, de aparente inmunidad ante las consecuencias de la pandemia. Desde que el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, se encargó de hacernos ver que el Presidente estaba a salvo del COVID-19 por su fuerza moral y porque era un referente moral, hemos vivido constantemente confundidos frente a los hechos que muestra la ciencia, las voluntades y las decisiones políticas. En lo que el mundo trata de saber hasta dónde llegará el desafío y los problemas y el alcance de ómicron, el gobierno mexicano –con su Presidente a la cabeza– convocó a cientos de miles de personas, sin ninguna protección, a la plaza principal de México, la de la Constitución, y el llamado Zócalo para celebrar el tercer aniversario de su llegada al poder.

Las listas sobre los muertos en México siguen siendo confusas, aunque lo que es un hecho es que tenemos un alto porcentaje de mortalidad y que es superior a muchos países del mundo. Sin embargo, en ese llamado cinturón de fuerza moral, que a veces manejan los responsables científicos y médicos, de luchar contra la pandemia, seguramente debe estar la fuerza que ampare lo que significa sobre el papel, y si uno estuviera en México y si no tuviera la creencia que tiene en el gobierno actual, en hacer todo lo contrario de lo que las circunstancias –y si es que finalmente ómicron es tan mortal– aconsejarían hacer. Pero ¿quién dijo miedo? El cinturón moral de la certeza histórica de la 4T protege a los seguidores del Presidente, o por lo menos hace que su causa de muerte no sea a raíz del inevitable contagio. Hace que su muerte sea por fe, por convicción y por ideología.

No se asuste. Lo que tenga que ser, será. Sea creyente, todo está escrito en las estrellas. Pero, mientras tanto, cuando prepare su declaración de Hacienda, cuando vaya a darle su dinero al gobierno –ése que no lo protege ni sabe cómo protegerlo y que no sabe asimilar ni tener la suficiente sangre fría como para luchar con inteligencia–, hágase sólo una pregunta: todo el dinero que por tanto tiempo le ha dado y el que le dará en forma de impuestos u otra forma recaudatoria, ¿para qué ha servido o servirá?

Hemos llegado a un punto en el que necesitamos saber si los recursos que les hemos dado a nuestros gobiernos se destinarán para construir más hospitales, si se utilizarán para seguir pagándoles a las compañías farmacéuticas que hacen y distribuyen las vacunas –y que además son los verdaderos ganadores de esta situación– o si esos recursos se usarán para construir un mundo en el que, por fin, podamos recuperar la fe en algo o en alguien. Para construir un mundo en el que la palabra gobierno vuelva a tener sentido. Un mundo en el que, en caso del hundimiento inevitable, el primero en saltar del barco no sea el capitán. Por el momento, desgraciadamente sólo podemos avistar gobiernos bajo pánico. Gobiernos en los que antes de que el navío toque las profundidades del mar, sus capitanes ya habrán abandonado el timón.

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