Año Cero

América en llamas

En algunos casos el ardor de las llamas es evidente en las Américas, y en otros el incendio de la confrontación social se ve cada vez más cercano e inminente.

Con muy pocas horas de diferencia, en el Cono Sur y en el Caribe se han celebrado dos elecciones que marcan y reflejan el momento por el que pasan las Américas. Por una parte se encuentra Chile, país en el que, con un resultado sorprendente –y después de tantos años de administraciones que lograron consolidar la transición pacífica tras la dictadura de Augusto Pinochet hasta nuestros días–, un abogado de extrema derecha y pinochetista, José Antonio Kast, consiguió el mayor número de votos de dichos comicios electorales. Y en segundo lugar –y por un estrecho margen de diferencia– fue un socialista de nuevo cuño y con orígenes comunistas, llamado Gabriel Boric, el que el próximo 19 de diciembre estará disputando la segunda vuelta por la presidencia chilena.

Por la otra parte, se encuentra el caso más importante y clave del Caribe, que es el venezolano. Después de tantas vicisitudes, de tantos enfrentamientos y, sobre todo, después de la guerra de palabras en las cuales se caracteriza el hecho venezolano –provenientes tanto desde el poder en turno como desde la oposición–, hubo unas aleaciones no presidenciales, sino territoriales. A pesar de que la oposición lleva años boicoteando y minando moralmente la presidencia venezolana, y a pesar de que en estas elecciones logró ganar territorio, el Partido Socialista Unido de Venezuela –liderado por Nicolás Maduro– se impuso en 20 de las 23 gubernaturas en disputa. Como era de suponerse, los chavistas demostraron que ellos son quienes mandan en el país. Pero eso no es lo importante, lo importante es el hecho de que, con esto, se esclarece el agotamiento de todos los modelos. Se ha hecho evidente el agotamiento tanto de los modelos que no quieren comparecer –ya que eso no les ha llevado a la caída de sus respectivos regímenes–, como de los que han jugado a tirar para adelante, aunque sea sin oposición, ya que se han encontrado aislados y sin fundamentos suficientes para legitimar sus gobiernos.

Al final del día, el proceso electoral venezolano puso en evidencia dos cosas: la fortaleza que tiene el aparato chavista a la hora de convocar a los electores y las enormes desigualdades que produce la separación de la oposición venezolana. Una oposición que no solamente lucha mal, sino que lucha desunida y que además legitima, en cierto sentido, las barbaridades que comete un régimen como el de Maduro. Sólo una buena manera de dar salida al actual presidente venezolano podría dar una promesa de futuro a Venezuela.

En cualquier caso, Chile y Venezuela son un exponente más de lo que, en su momento, Eduardo Galeano dijo, que era que las venas de América Latina están abiertas y –lo que es peor– sus venas están sangrando. Toda América –por primera vez también incluida la del Norte– está en llamas. En algunos casos el ardor de las llamas es evidente y en otros casos el incendio de la confrontación social se ve cada vez más cercano e inminente. Resulta difícil saber cuál de todos los males endémicos de las Américas es el más grave. Tal vez el más importante y el único que explica el fracaso de todos los regímenes es el problema de la desigualdad y de la brecha social.

A estas alturas ya da igual que los gobiernos hayan sido de derechas o de izquierdas. Da igual las oportunidades populistas. La verdad es que desde que se acabó la Conquista y el Imperio español desalojó el continente, ni siquiera el Imperio norteamericano fue capaz nunca de tener una política social inteligente que acabara con la brecha social. Una brecha social que va más allá de los problemas de pobreza, de la mala distribución de la riqueza, de la corrupción o de la impunidad. Es una brecha que además –y más claro que nunca– está marcando el aniquilamiento institucional de las Américas.

Hemos llegado a una situación en la que otro de los elementos más evidentes es que, en este momento, en América no hay referentes. Durante el último siglo, el referente fue la política del gran garrote y la intromisión estadounidense por medio de sus Fuerzas Armadas y de inteligencia. A quien no siguiera al pie de la letra los deseos y mandatos de Washington se le podía castigar de muchas maneras, aunque la más expedita era por medio de la llegada a sus fronteras y la presencia devastadora de los marines. Y en caso de que no se hiciera así, los golpes de Estado siempre seguían siendo una opción, tal y como le sucedió a Salvador Allende. Evidentemente, la influencia americana, la sombra del poder de Washington sobre las Américas ha ido perdiéndose. Hoy Washington es un referente claramente en retirada y en la actualidad su peso político en las Américas es casi inexistente.

Otro de los actores que ha ido desapareciendo y entrando en crisis es el referente español. América sufre un proceso acelerado de despañolización. Terminada la Conquista e iniciados los procesos de independencia, en muchos de los países americanos se echó a los españoles para seguir siendo españoladas. Tuvo que venir el final de Franco y el éxito de la transición española para que los países de América –también en la búsqueda de sus libertades y su institucionalización–, por primera vez, tuvieran un modelo positivo y digno de imitar como lo fue España. El éxito de la transición bajo la figura de un vendedor excepcional del concepto de España llamado Juan Carlos I, junto a la política de Estado que desarrollaron los diferentes presidentes del gobierno español después de la caída de la dictadura, le dieron a España, primero, una legitimidad moral que nunca antes había tenido. Y después, le brindó a los españoles unas posiciones prácticas, que si bien no le alcanzaron para el dominio de la época del Imperio, sí le dieron una relevancia económica que resultó clave para el desarrollo y para el beneficio de las empresas españolas en América.

Ahora, coincidiendo con la crisis interna de España y los distintos problemas surgidos en torno, por ejemplo, a su unidad nacional o a la contemplación de la figura de su rey emérito, ha hecho que el término y la marca España, en este momento, estén en claro descenso en América. Pero, además, ha provocado que el camino de salida en muchos sectores, donde económicamente han sido claves, sea cada vez más cercano y notorio.

Las crisis y la desaparición de los referentes, unidos a la desigualdad y brecha social, ha creado una situación en la que el fantasma del populismo pueda cabalgar alegremente por las praderas americanas sin problemas.

El caso mexicano exige un estudio muy diferente puesto que diferente es su historia. La Revolución mexicana fue la primera vez en la que México logró hacerle frente a problemas que tenía arraigados. Fue la primera vez que se creó un país con unas instituciones que –pese a estar al servicio del presidente del turno– tenían el propósito de darle mayor estabilidad y una base estructural al país. Por primera ocasión se tenía una clara vocación institucional, de ahí que una de las primeras cosas que se hicieran una vez consolidada la Revolución, fuera conseguir, por todos los medios, la separación entre el poder y los militares. A pesar de que después hubo otros presidentes –provenientes del generalato– que intentaron revocar este hecho, la verdad es que, desde Miguel Alemán –siguiendo los esfuerzos hechos por Plutarco Elías Calles–, el Ejército mexicano había sido modélico por dos razones. Primero, por su pertenencia y lealtad al orden institucional y, segundo, por sus grandes labores y desempeño en medio de las grandes catástrofes. Razones que también lo hicieron merecedor del aprecio y respeto por parte del pueblo mexicano. Sin embargo, el presidente López Obrador ha cambiado esto.

López Obrador le ha dado a los militares, por primera vez, una carta de naturaleza que nunca antes nadie les había otorgado. No está probado cuánto saben los militares acerca de aeropuertos o trenes. No está probado si verdaderamente están capacitados para desempeñar las diversas actividades dentro de la sociedad que se les ha encargado realizar. En México, el capítulo de la seguridad, el capítulo del mantenimiento del orden institucional, poco a poco ha ido siendo sustituido por la Guardia Nacional. Una guardia que depende de la Secretaría de la Defensa, pero que no está siendo sometida a, por ejemplo, lo que significa la lucha directa contra amenazas a la integridad y seguridad nacional, como lo es el combate a los cárteles del crimen organizado.

América arde en muchos sentidos. Pero en cuanto al caso mexicano, queda claro que la polarización está basada, primero, en la manera de ver y hacer las cosas del presidente mexicano. Y, segundo –y de manera muy importante–, está basada en la desaparición y sustracción de roles o sustituciones que tienen, en el caso de los militares, su emblema más importante.

¿Cómo será el futuro inmediato de América? Eso es algo que nadie sabe. Pero lo que sí está claro es que los modelos y las generaciones políticas tradicionales han ido quemándose y desapareciendo. Queda claro que el mantenimiento de la brecha social es el mejor terreno de cultivo para la vuelta de los gobiernos populistas. Pero, sobre todo, queda claro que –salvo las inversiones chinas o las jugadas en forma de travesura de Vladimir Putin– los referentes internacionales que inciden sobre la política americana han ido cambiando tanto, que hoy lo que se siente es una enorme orfandad y un tremendo vacío.

COLUMNAS ANTERIORES

América libre
Nadie quiere la verdad

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.