Año Cero

La guerra de la ignorancia

En medio del caos, de la crisis y de todos los elementos concatenados que han desencadenado la reconfiguración del mundo, hoy Occidente es una zona del planeta más infeliz que Oriente.

“Hacerte invencible significa conocerte a ti mismo; aguardar para descubrir la vulnerabilidad del adversario significa conocer a los demás. La invencibilidad está en uno mismo. La vulnerabilidad en el adversario”: Sun Tzu.

El pasado 8 de noviembre, el Comité Central del Partido Comunista de China celebró su sexta reunión plenaria en Pekín con el objetivo de hacer una recopilación de lo logrado y recorrido en sus 100 años de historia. Pero sobre todo, también para determinar y conocer cuál era el verdadero papel que China tiene en la actualidad. Como era lógico y esperable, la intervención de Xi Jinping no hizo más que darle más fuerza a la experiencia histórica y lo alcanzado en las últimas décadas.

El mundo tiene que entender que se ha producido un proceso de reconversión a la inversa. Nosotros, el mundo Occidental, desde la época del Medievo partimos de una estructura en la que poco a poco nuestro desarrollo cultural, intelectual, político e incluso geográfico –con la formación de los Estados– permitió que cada día nos conociéramos más y mejor. Pero al mismo tiempo, la soberbia derivada de la hegemonía que durante tantos años fue ejercida por la parte Occidental del orbe, llevó a ir teniendo interpretaciones muy parciales y limitadas sobre lo que sucedía en la Ruta de la Seda o en los territorios que Marco Polo conoció mientras servía al Gran Khan. Durante este tiempo, China se fue conformando y desarrollando en la potencia que terminaría siendo en la actualidad.

Occidente empezó a desconocerse en su éxito mientras que China iba aceptándose y superando la duda sistémica sobre si sería posible que, en la era capitalista, un país comunista pudiese sobrevivir. Pero, sobre todo, la dignidad perdida china es el gran elemento que explica el éxito y el surgimiento de su papel actual en el mundo. Desde la historia del Gran Khan, China es un país formado por múltiples etnias y por el éxito o el fracaso de los sistemas políticos que lo han regido y que están basados en la diversidad de la ciudadanía que lo componen.

Tanto Mao Zedong como Xi Jinping hicieron la misma apuesta. La reconciliación y el orgullo del pueblo chino viene de una época de violaciones sistémicas y de situaciones de guerra donde su símbolo nacional era una gran muralla para defenderse de los ataques de los demás. Teniendo eso en consideración, también es necesario saber que, en la historia de China, la posibilidad de tener un accidente, una separación o una guerra interna es siempre un factor de unidad nacional clave. Cuando se habla con tanta ligereza sobre la posibilidad de que pudiera estallar una guerra por el asunto de Taiwán, se olvidan datos fundamentales de la realidad taiwanesa. El primero, es que Taiwán forma parte de China desde hace cientos de años. El segundo es que hay territorios como Alaska, las Malvinas o como los territorios conquistados en el mar de Japón por los soviéticos después de su triunfo en la Segunda Guerra Mundial, que llevan mucho menos tiempo siendo parte de los Estados que los tutelan que Taiwán siendo parte de China.

Desde que en 1971 Henry Kissinger viajó a China, el asunto de Taiwán estaba terminado. En ese momento, Estados Unidos aceptó la unidad y la integridad territorial china. Sin embargo, eso no quita el hecho de que –en el juego de poderes y balances–, de vez en cuando, haya maniobras militares conjuntas y esté latente esa espada de Damocles sobre que, si China intentara ocupar Taiwán, Estados Unidos haría o no honor a su compromiso y entrara en una guerra directa contra China. Sin embargo, esto es algo que no sucederá. El mundo ha cambiado. Siempre cambia. Pero gran parte de los dolores, de las muertes y de la pérdida de tiempo están directamente relacionados con el tiempo en el que uno necesita para aceptar la realidad. La realidad es muy sencilla. Tome nota –salvo que haya un accidente, una pérdida o un error, como cuando sucedió el incidente del golfo de Tonkín–, no habrá una guerra por Taiwán.

Así como en algún momento Occidente tendrá que poner en orden su balance moral con relación al tema de la esclavitud, nos encontramos ante una situación en la que China también tiene que vivir con el recuerdo de la Guerra del Opio. Una guerra en la que el opio se convirtió en un objeto que había que consumir por orden del gobierno inglés, medida que se tuvo que utilizar para poder financiar este conflicto. Como consecuencia de este acontecimiento, Hong Kong pasó a ser el emporio financiero global que en la actualidad sigue siendo.

Hemos llegado a un punto en el que negar la realidad o no atrevernos a mirar a lo que tenemos en frente nos está llevando a que juguemos una y otra vez –como si se tratara de un juego macabro– con la idea y posibilidad de que estalle una nueva guerra. En mi opinión, el verdadero peligro de la guerra entre Oriente y Occidente radica en el desconocimiento que Occidente ha llegado a tener de sí mismo y en la poca sensibilidad que ha demostrado para aceptar realidades que –aunque sean muy dolorosas– forman parte del nuevo mapa mundial.

Si fuera posible realizar unas encuestas sociológicas fiables sobre el grado de felicidad y calidad de vida entre ambas partes del mundo, estoy seguro de que los resultados del mundo Oriental serían sustancialmente superiores a los del mundo Occidental. Teóricamente, uno podría pensar que la democracia y la libertad son los elementos que otorgan la felicidad. Y es verdad. Lo que pasa es que, en medio del caos, de la crisis, pero, sobre todo, de todos los elementos concatenados que han desencadenado la reconfiguración del mundo, hoy Occidente es una zona del planeta más infeliz que Oriente. La infelicidad interna del mundo desarrollado y la situación que el mundo Occidental atraviesa, son elementos que están creando un conjunto cada vez más peligroso. Un conjunto ante el que, o procedemos a rehacer las bases de la sociedad Occidental y después su acuerdo y entendimiento en los regímenes de mayor realismo y lograr que éstos estén en concordancia con el imperio de Oriente, o realmente la situación será cada vez más preocupante.

China no es una democracia. Sus ciudadanos han logrado conquistar un derecho que hacía cientos de años que no tenían. Hoy tienen garantizada la comida, su derecho de existencia y la autoestima a cambio de olvidar todo recuerdo de democracia y cualquier garantía sobre sus derechos de libertad individual. A pesar de que los orientales no conocen las libertades formales, han sido capaces de responder la gran pregunta que durante décadas los occidentales nos hemos hecho sobre si el capitalismo sería o es capaz de destruir al comunismo. Esto se ha demostrado que no es posible. En este momento el capitalismo más confiable es el que representa la hegemonía y el control del Partido Comunista sobre el conjunto chino.

Mientras que Occidente ha perdido su brújula y tiene una crisis de valores de norte a sur y de este a oeste, Oriente ha logrado reconstruir su autoestima, un factor fundamental de la dignidad nacional y que ojalá no termine por convertirse en prepotencia ya que, de hacerlo, sería un gran peligro. Mientras uno ve cómo, por ejemplo, el Partido Demócrata –tras una experiencia tan traumática como la que supuso la presidencia de Donald Trump– es capaz de desangrarse y de retrasar la aprobación de aspectos fundamentales como el Presupuesto, se puede dar una idea de la polarización interna que se está viviendo. El que ni entre ellos logren ponerse de acuerdo y el hecho de que Estados Unidos tenga un sistema de gobierno centralizado, hace que sea muy difícil entender, primero, cómo es que fueron capaces de superar una crisis como la sanitaria, y vuelve incomprensible el hecho de que, en este momento –aunque no sé por cuánto tiempo más–, el presidente Biden además cuente con la aceptación de sus ciudadanos.

La invencibilidad oriental, como dice el principio de Sun Tzu, viene del conocimiento de sí mismos. Nuestra vulnerabilidad y el verdadero peligro de nuestra guerra viene del desconocimiento que tenemos de nosotros y de ellos. En Oriente, millones de personas estudian inglés. Son significativamente menos los que en Occidente estudian mandarín. Y esto no sólo se debe por una falta de interés, sino porque ellos ya se han acostumbrado a que el idioma sea su primer elemento defensivo. Pero, además, es que ya ha pasado el tiempo en el que era necesario –si es que alguna vez lo necesitaron– el conocimiento de los demás. Ahora lo que verdaderamente necesitan es el balance de su propio conocimiento y de su propia fuerza.

Mientras no haya un nuevo acuerdo, difícilmente habrá un futuro prometedor tanto para China como para Occidente. Es necesario ser conscientes de que ese nuevo acuerdo hay que construirlo sobre lo que ya sucedió, que es el éxito de las revoluciones –primero política, después económica y hasta tecnológica– de Oriente frente a las derrotas permanentes de Occidente.

Desde 1945, los occidentales no han ganado ninguna guerra. Seguramente esto se debe a que nunca comprendieron las guerras en que se metían. No entendieron la diferencia del comunismo chino y el soviético. No entendieron el papel de China en la Guerra de Corea. No comprendieron el rol de China y de la Unión Soviética en la Guerra de Vietnam. No entendieron el verdadero papel que los comunistas querían jugar dentro de la Guerra Fría, en su penetración en el mundo árabe o la dinámica de otras muchas guerras. Esa falta de comprensión sobre dónde se encontraba el enemigo o cuál era verdaderamente el objeto de la guerra es uno de los elementos que explica y ayuda a comprender perfectamente el porqué tantas derrotas.

La invulnerabilidad depende del conocimiento de uno mismo, y si a alguna conclusión he llegado es que la mayor parte de las guerras perdidas en la mitad del siglo pasado y en lo que llevamos de este se debe, en primer lugar, al desconocimiento propio como sociedades. Y, en segundo lugar, se debe a nuestra falta de seriedad para llegar a conocer verdaderamente a nuestros enemigos.

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