Año Cero

La venganza del profeta

De no sumar esfuerzos, volveremos a estar en una situación en la que tomar un tren, un avión o sentarse en una terraza serán acciones amenazadas por un ataque terrorista.

Un día como hoy, pero de hace 20 años, Khalid Sheikh Mohammad –considerado como el ‘arquitecto’ del ataque– contactaba con el egipcio Mohamed Atta y éste, a su vez, con Osama bin Laden. Los preparativos para efectuar el plan del mayor ataque perpetrado contra el mundo Occidental habían concluido. En esos momentos ya de nada servía que a los pilotos que entrenaron, en la universidad aeronáutica Embry-Riddle, a quienes perpetraron el atentado, les hubiera llamado la atención que esos extraños árabes no hubieran mostrado interés sobre cómo se aterrizaba un avión.

Esos pilotos profesores, asombrados ante el hecho de que, quienes en ese momento eran sus alumnos, no quisieran saber cómo llevar a tierra una aeronave, denunciaron el caso ante el FBI. El FBI los investigó. Asombrosamente, no alcanzaron ninguna conclusión que permitiera interrumpir o prevenir el ataque contra las Torres Gemelas. Todo esto me lleva a una conclusión que tuve cuando en 1984 –por cuestiones profesionales y académicas– tuve que realizar una estancia en Washington.

Los servicios de inteligencia y militares de Estados Unidos lo saben todo, pero lo saben mal. Las conclusiones que suelen sacar como consecuencia de la información que reúnen, muchas veces está equivocada. Lo estuvo en Vietnam. Lo estuvo cuando se efectuó el atentado contra las Torres Gemelas, a pesar de las diversas señales alrededor del mundo que pronosticaban que algo sucedería por medio del uso de aviones y que provocaría un atentado terrorista masivo. Algunas de estas señales fueron los atentados a las embajadas estadounidenses de Kenia y de Tanzania en 1998 o como lo fue el ataque contra el barco USS Cole que se encontraba anclado en el puerto yemení de Adén. Había suficientes señales para saber que lo que los muyahidines habían aprendido en Afganistán se trasladaría directamente al corazón del imperio y del rival más grande que tienen los musulmanes radicales, es decir, a las entrañas de los principales aliados de Israel.

Todo esto, que visto con perspectiva tiene una lógica, en su momento –pese a los incontables recursos y dólares invertidos en agencias de información, de servicios paralelos militares e incluso diplomáticos– no sirvió para alcanzar la conclusión adecuada.

Hoy hace dos décadas faltaban sólo cinco días para que el mundo cambiara para siempre. Faltaban cinco días para que, de golpe, se apagaran las luces de un mundo despreocupado, provocando el fin de un orden que parecía haber sido establecido por Dios. El mundo estaba a cinco días para que la peor de las guerras, la religiosa, emergiera con un éxito sin precedentes. Y todo a través del simple, elemental –y ya estudiado por los servicios de inteligencia estadounidenses– desvío de aviones para estrellarlos contra edificios emblemáticos.

El agua pasada no mueve molinos. Sin embargo, como la historia es cruel y tiene un particular sentido del humor, todo pareciera que se ha alineado a la coincidencia que supone que, así como hace 20 años y cinco días todo empezó en Afganistán, en estos momentos también todo terminará en Afganistán. Éste es el momento de empezar a hacer el recuento sobre dónde estamos y de qué dimensión será la guerra a la que nos enfrentaremos.

En cantidades totales, en el mundo hay más de 469 millones de árabes y más de mil 800 millones de musulmanes. Si uno analiza –en términos de espacios de penetración– se dará cuenta de que hay sitios como Europa en los que habitan más de 9 millones de árabes y aproximadamente 25 millones de musulmanes. Si uno se enfoca en Estados Unidos y en el recorrido transcurrido 20 años después, se dará cuenta de que –contrario al objetivo de la operación contra Afganistán– ni la libertad ha sido duradera ni la justicia ha llegado hasta sus últimas instancias. Todo esto ha permitido que barbaridades como la de Irak demuestren el hecho de que, sin convicción ni capacidad para resistir cualquier imprevisto, las mejores armas y las últimas tecnologías nunca serán suficientes.

Éste es el momento de entender que hoy –cuando hace 20 años estábamos a cinco días para que Estados Unidos y el mundo Occidental perdiera su primera gran batalla– nos encontramos frente al mayor desafío de inteligencia, de capacidad de previsión y de cambio de sistemas para analizar la realidad y de estructuras militares para defendernos.

Están dentro. Son nuestros vecinos. Si uno ve Londres, se dará cuenta de que en los principales barrios –aunque también en los periféricos– están llenos de árabes y musulmanes. Quiero recordar que los más brutales atentados en Londres se produjeron por ciudadanos británicos que eran musulmanes y que haciendo uso indebido de su nacionalidad británica se dedicaron a volar autobuses y metros. No todos son terroristas ni todos son peligrosos. Pero en medio de esta oleada, es necesario resolver el fracaso de la inteligencia y evitar que –después de su gran victoria en Afganistán– estos perpetuadores del terror retomen el curso de la guerra iniciada hace 20 años. Una guerra que tuvo sus repercusiones y que tuvo que ver, por poner algunos ejemplos, con el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid o el ataque contra Charlie Hebdo de 2015 en París.

Tenemos que ser conscientes de que estos musulmanes radicales eventualmente podrían sucumbir ante la tentación de entrar en Estados Unidos vía México –ya sea iniciando su migración desde Centroamérica o directamente desde territorio mexicano–, perpetuando una invasión por la espalda al gran imperio del norte. México debe tomar nota ya que, después de lo sucedido en Kabul, la amenaza ya no son los cárteles, el tráfico de armas o el lavado de dinero. Para Estados Unidos, las playas mexicanas se han convertido en un punto de entrada de terroristas importante, y aunque nunca un ataque terrorista ha provenido desde México, esto no quiere decir que no sea posible. Principalmente, si se consideran situaciones como la crisis migratoria actual, la crisis interna estadounidense o el innegable hecho de que nuestro país comparte más de 3 mil kilómetros de frontera con los estadounidenses. Pero, sobre todo, hay algo que no se puede ignorar que es el gran deseo de venganza tras las acciones de Estados Unidos en territorio afgano desde su invasión hace 20 años y que supuso el derrocamiento del gobierno talibán.

Los talibanes no son el problema y –más allá del terror interno que se vive en Afganistán o de las consecuencias del contagio en Pakistán y en otros países de la región– no creo que vayamos a sufrir de la exportación de su terrorismo. El problema es que la coalición del terrorismo sunita, sumada a los talibanes y a la demostración de vulnerabilidad estadounidense y de las capacidades militares de Occidente, es un gran acicate para todo el ejército de terroristas islámicos sueltos y que tienen en Kabul la mayor y más importante fuente de inspiración. Un lugar que podría ser ideal para esta vez atacar desde dentro.

Sunitas y chiitas están divididos y llevan siglos luchando entre ellos. Arabia Saudita tiene en Irán a su mayor enemigo, mientras que los iraníes tienen en muchos países sunitas a sus más aguerridos contrincantes. Pero dentro de eso –gracias al ejemplo de Osama bin Laden y tras comprobar la vulnerabilidad de Occidente– ha surgido toda una generación de nuevos terroristas, mártires y de nuevos conquistadores del paraíso del islam que estarán dispuestos a usar y sacrificar su vida a cambio de llevarse entre las patas al mayor número de occidentales o infieles posible.

China, Rusia, Estados Unidos y los países que forman parte de la OTAN no tienen más remedio que unificar la información, la inteligencia y sumar esfuerzos que tengan por objetivo detener las atrocidades perpetradas en nombre de la Guerra Santa. De momento, el principal objetivo del islamismo radical y del terrorismo árabe es el mundo Occidental, que tiene a Estados Unidos como su líder. Sin embargo, China –con sus minorías árabes– también tiene que estar alerta. Por otra parte, Rusia ya ha podido comprobar –tanto en la actualidad como en el pasado– de lo que estos grupos radicales son capaces. Ésta es una coalición que se tiene que consolidar para ganar la Guerra Santa. De lo contrario, dará lo mismo que el Dios verdadero sea el de los musulmanes, el de los cristianos o cualquier otro, la carne de cañón seremos nosotros.

De no resolver la situación que se está gestando, volveremos a estar en una situación en la que tomar un tren, un avión o sentarse en una terraza serán acciones que estarán acompañadas con la amenaza latente y la posibilidad de poder ser víctima de un ataque terrorista en cualquier momento.

Salvo dirigir drones contra todo y contra todos, no veo una política de inteligencia que empiece por una revisión exhaustiva interna de cada uno de los países en los que habitan potenciales soldados del gran ejército del terror. En estos momentos, los miles de millones de dólares invertidos y los acuerdos no están sirviendo para debilitar a esta gran amenaza que no hace nada más que fortalecerse cada día más. Además, está la posibilidad de que cualquier especie de Osama bin Laden moderno vea en la derrota de Afganistán un deseo de venganza. Una venganza de la que sólo una verdadera y efectiva coalición y colaboración entre las principales potencias nos podría salvar.

No se puede dejar de lado el o las consecuencias del agravamiento de la crisis que hay entre Pakistán e India. Imagínense el problema creciente que hay entre los musulmanes y los indios, ambos tentados a verse en una situación de enfrentamiento que, además, cuenta con el deseo de miles de mártires dispuestos a todo y capaces de causar caos en cualquier momento y en cualquier sitio.

Todos tenemos un problema, aunque el principal problema es no querer ver la dimensión de éste y no querer sumar esfuerzos para evitarlo. Un día como hoy, pero hace 20 años, ni Osama bin Laden ni ninguno de los suyos ni todo el dinero proporcionado por la jerarquía saudita pensaron que verdaderamente tendrían éxito. Sin embargo, como nunca se sabe el destino de los designios divinos, el plan no sólo tuvo un gran éxito, sino que además ahora hay una nueva generación. Dicho esto, cabe mencionar que la mitad de quienes perpetraron el reciente ataque terrorista en el aeropuerto de Kabul, que terminó con la vida de 13 estadounidense y más de 160 afganos y personas de otras nacionalidades, acababa de nacer cuando el terror y el salvajismo en su más pura expresión acabó con la vida de más de 2 mil 900 vidas el 11 de septiembre de 2001.

Hace 20 años, en lo que podría considerarse como una especie de venganza profética, el islamismo radical obtuvo su mayor victoria. Hoy, esperemos que esto no sea el inicio de algo que no sabemos cuándo ni cómo terminará.

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