Estamos en una época en la que los límites sencillamente han desaparecido. Entre los avances tecnológicos, las conquistas de la comunicación, las transformaciones socioeconómicas tan profundas que se han producido durante los últimos 30 años, los cambios geoestratégicos y, como resultado final –como guinda en lo alto del pastel del nuevo mundo y por si fuera poco–, surge el Covid-19. Un virus que ha logrado paralizar, transformar y reestructurar el mundo que conocíamos, pero que también nos ha permitido ver y examinar qué es lo que está sucediendo con los procesos políticos. Partiendo del hecho de que, así como las dictaduras no necesitan estudios o conocimientos en sociología, sino que lo que requieren es contar con expertos en inteligencia y en tortura, las democracias viven –o al menos vivían– de tener un conocimiento y una auscultación social permanente.
Desde que estallaron y desde que se implantaron las redes sociales como el principal sistema de comunicación en todo el planeta, la interacción entre los individuos y hasta entre las naciones ha cambiado por completo. Este fenómeno ha logrado inmiscuirse incluso entre los propios talibanes en Afganistán, quienes han pasado de la práctica de cortarle la mano a todo aquel que viera la televisión por medio del uso de una antena parabólica a que su medio de comunicación principal sea Twitter. Ha sido tan profunda la penetración de las redes sociales en la estructura global que incluso un grupo tan cerrado como son los talibanes ha convertido éstas en su principal portavoz y medio de difusión. Han provocado un cambio de tal magnitud que, sobre todo, nos lleva a preguntarnos si su uso –o mal uso– es la principal razón de que en los países donde existen procesos democráticos, la actuación política se pueda ejecutar sin límite alguno. Si los únicos límites que hoy hay en la política no tienen nada que ver con los programas, con las propuestas ni es necesario tener coherencia o tener una cierta ejemplaridad pública, entonces efectivamente los límites de la política están donde se encuentran en este momento, es decir, en ningún lugar.
No se trata de un problema o una cuestión únicamente mexicana, española, estadounidense o francesa, se trata de un problema global que radica allí donde todavía se hace el uso del voto. La ausencia de límites, la no necesidad de pagar los errores o las mentiras que uno dice y la abolición del término de la falsedad o de la mentira como un mal político, van forjando sociedades enfermas. Unas sociedades que, en el fondo, lo único que hacen es despeñarse por un precipicio de extremos donde, sin darnos cuenta, un día todo el excesivo uso de las palabras –esa vivencia sin límites y esa falta de necesidad de tener cuidado sobre lo que hacemos– nos puede hacer que nos encontremos en una situación lejos de lo deseable. Un panorama en el que –para nuestra mala suerte– las palabras se convirtieran en actos y en el que éstos nos lleven a posiciones de enfrentamiento social sin precedentes.
En la actualidad, hemos cambiado los procesos de reflexión. Hemos pasado de tener creencias tan curiosas como el hecho de que tener el corazón en el lado izquierdo y la cartera en el derecho era la razón por la que en muchas ocasiones triunfaban los regímenes de derecha, hasta haber gobernado la mayoría del mundo democrático en los últimos 50 años en la búsqueda del centro.
Una de las curiosidades más grandes de esta era es que se puede ser hipócrita, mentiroso o manipulador y, sin embargo, se puede llegar al poder con un uso adecuado y eficiente de Twitter, Facebook, Instagram o cualquiera de las redes sociales, orquestando la más pura de las estafas sociales. Hoy se puede proponer, se puede prometer, se puede decir y hacer prácticamente lo que sea sin la preocupación de que quienes te votan te pidan una rendición de cuentas en las urnas, sino que todo lo harán por medio de las redes sociales.
Da la impresión de que las redes sociales van propiciando una situación en la que la memoria sobre los actos del gobierno y sobre la calidad democrática se parece cada vez más a la de los peces y menos a la de los seres humanos. Las redes sociales van cambiando y moldeando la memoria social y asemejándose a la de los peces, en el sentido de que estas redes –que controlan todo en nuestra vida– también han logrado limitar nuestra gran capacidad cognitiva en simples memorias de corto plazo.
En este mundo que cambia día con día, una de las cosas que más me preocupan es la falta de ambición que hay para trascender. Otto Von Bismarck decía que mientras “el político piensa en la próxima elección, el estadista piensa en la próxima generación”. Sin embargo, en este momento vivimos en una situación en la que ni siquiera las siguientes elecciones representan un plazo que configure o motive la acción política. En la actualidad, la irresponsabilidad frente a lo que se hace y lo que se dice es de tal magnitud que prácticamente se puede hacer de todo y todo puede ser dicho sin, aparentemente, sufrir de las consecuencias. En este sentido, no me asombra en lo absoluto que estemos consumiendo los tiempos democráticos sin ser capaces de organizar las alternativas frente a los gobiernos que no nos gustan o que no cumplen con nuestras expectativas.
Lo sucedido en Afganistán y los debates internos de los demócratas sitúan al partido representado por un burro sin margen de error. Si siguen por este camino y si no encuentran mayor coherencia en la forma de cómo transmitir lo que están haciendo y por qué lo están haciendo, en noviembre de 2022 Joe Biden se podría encontrar ante una situación irreversible. Una situación que supondría el fin de la mayoría demócrata en el Congreso y en la que los republicanos no sólo recuperarían el poder de la rama legislativa estadounidense, sino que esto además sería la plataforma ideal para ver el retorno al Despacho Oval en 2024 de Donald Trump. Y todo esto en el fondo está hecho y orquestado –como casi todo en la política moderna actual– sobre el hecho de no contar con límites, de no tener un sistema eficiente de rendición de cuentas, pero, sobre todo, por la realidad de que nadie tiene memoria y que estamos en medio del gobierno de los peces.
En el caso mexicano, es extraordinaria la importancia que tienen las calificaciones y descalificaciones emitidas por la Presidencia. Mismas que solamente son comparables con la incapacidad de la oposición para crear una alternativa viable que pueda plasmarse –con independencia de los eternos debates dialécticos en la política– en unas propuestas concretas que puedan permitir un cambio de las situaciones. Y mientras todo esto sucede, los grandes temas –el futuro de la educación, de la economía, de la integración social, en pocas palabras, el futuro– se van arrinconando no en el presente, sino en el segundo o en el tuit inmediato.

No me gustaría echarle la culpa de lo que está sucediendo a las herramientas comunicativas con las que contamos en la actualidad. Ya que, para mí, las redes sociales no son benditas; sin embargo, prefiero mantenerme en mi postura de nunca pelear con la realidad. Pero a lo que sí le echo la culpa es al uso que hacemos los humanos de ellas y de la oportunidad que –de ser bien utilizadas– podrían representar las redes sociales. Sin embargo, lo que en este momento es importante reflexionar es sobre por qué no usamos toda esa fuerza y ahínco que invertimos en este nuevo medio de comunicación para crear una gigantesca bola de nieve que termine aplastando lo que significa la irresponsabilidad, la capacidad de no decir una verdad –ni por casualidad– y, sobre todo, nuestra incapacidad de reclamo, independientemente de lo que se haga.
En cualquier caso, para evitar tener una situación en la que al final el gobierno de los peces –ya sea por la falta de memoria, de recuerdo y por lo tanto de exigencia– sea como podamos definir esta situación en la que nos vamos instalando día con día a través del impulso y de la comunicación momentánea de las redes sociales, propongo que volvamos a recuperar las razones y motivos por los que contamos con políticos liderando nuestros países. Les pagamos para que gobiernen y lideren. Les debemos exigir que proporcionen las soluciones que prometieron en sus campañas. Debemos hacerles ver todo lo que está sucediendo, convirtiendo a la verdad como un factor no tóxico o utópico ideal, sino como una herramienta de llevar a cabo la justicia y donde prevalezca la bondad humana. Se debe volver a instaurar un sistema que, sobre todo, permita reinstalar el nivel de exigencia popular en función de que los políticos cumplan lo que dijeron que harían y rindan cuentas sobre ello.
En pocas palabras, la agenda nacional debe de estar construida por un sentido ya no sólo de trascendencia, sino de continuidad. Sin embargo, mientras lo que prevalezca sean los intereses personales, las ganas de enfrentamiento y, más que nada, que el actuar político sea un ajuste de cuentas permanente, realizar la acometida siempre será un suspiro de esperanza.
Mahatma Gandhi solía decir: “Ojo por ojo y el mundo terminará ciego”. ¿Es que el mundo ya está ciego? O ¿será que nos hemos vuelto tan ciegos como para no darnos cuenta de que la ausencia de exigencia permite que, día con día, se realicen cada vez más barbaridades en nuestro nombre? Porque de ser esto cierto –cosa que cada día es más difícil refutar– estamos dejando en manos de unos pocos ya no sólo nuestra vida o futuro, sino que estamos permitiendo y siendo testigos de cómo se perpetua la destrucción continua del presente y futuro de nuestros hijos.
Los políticos no vienen de Marte. Los políticos son nuestros hermanos, padres, hijos, conocidos o amigos. Los políticos somos nosotros. Dicho esto, la exigencia nos la tenemos que imponer a nosotros mismos. Los políticos hacen lo que les permitimos hacer y llegan hasta donde nosotros lo consentimos. Sin embargo, creo que ya han llegado demasiado lejos. Y lo han logrado, en primer lugar, porque nosotros lo hemos permitido. Pero principalmente porque antes existía el estallido social o –como el presidente López Obrador lo llamaba– antes se daba una situación en la que el tigre salía de su jaula. Bueno, pues ¡oh sorpresa! El tigre está suelto, está libre y no tiene una jaula, simplemente cuenta con un número determinado de caracteres y muerde en conceptos que no tienen –en el fondo– ninguna repercusión social. Y en este gobierno de los peces, ese tigre todo lo hace y todo lo daña desde las benditas –o malditas– redes sociales.