Año Cero

En el cielo como en la Tierra

Es cuestión de tiempo para que los chinos logren conquistar los espacios. Así que no se trata de cómo, sino cuándo los chinos se sumarán a esta disputa espacial.

Desde siempre, a los hombres les ha llamado la atención y provocado seguir el camino de los dioses. Algunos incluso han tenido una especie de afición y deseo especial en desafiarlos y buscar ocupar su lugar en los cielos. La historia reciente de la humanidad me ha hecho pensar en que en este mundo en el que vivimos –en el que por primera vez los ricos no tienen ni ideologías ni nociones, sino logaritmos– carecemos de un rumbo fijo o de una ruta segura que nos lleve a tener un desarrollo sostenible y duradero. En este mundo, en el que por primera vez los hombres económicamente más poderosos de la Tierra parecen no tener un modelo ni una identificación especial en el campo del humanismo, todo y todos estamos en manos de la incertidumbre. Si bien estos líderes empresariales han sido los principales precursores de la era de la comunicación y de tener al alcance el conocimiento como nunca lo habíamos tenido, existe una paradoja irrefutable. Esta paradoja consiste en que –a pesar de todos los logros alcanzados, de los innumerables avances tecnológicos y de contar con recursos inagotables– los que más tienen en términos económicos no cuentan con una oferta política, social e incluso cultural para ofrecerle a la humanidad.

Que levante la mano quien alguna vez haya asistido a una ópera pagada por alguna de las grandes compañías que dominan el mundo, ya sea Apple, Microsoft o Amazon. Que levante la mano quien –más allá de los recorridos virtuales por los museos– haya podido participar en alguna obra del testimonio del avance civilizatorio, como lo son las artes, promovidas o impulsadas por estas empresas. Sin duda alguna, sus dirigentes son otro tipo de gente. Tal vez por eso no saben qué hacer con o en la Tierra. Y también esa es la razón por la que, a pesar de no haber heredado este mundo –pero que, sin duda alguna, eso no los ha limitado para no alterarlo y conquistarlo haciendo uso de sus innegables talentos– ahora se dispongan a realizar el asalto a los cielos.

Ver un mundo en el que el Covid-19 nos mira cada mes, nos hace un gesto y vuelve a atacar con cada vez más inteligencia, hace necesario reflexionar lo que este momento representa en la historia, ya que el coronavirus no es el único elemento que tenemos que analizar. Y es que en un mundo en el que los virus son cada vez más astutos y resistentes a las vacunas, en el que la posibilidad de regresar al encierro es latente y en el que los desafíos en forma de variantes son constantes, también hay otro dueño que cada vez controla más nuestro día a día. Dictaminando qué papel higiénico o qué productos de limpieza son los que tenemos que utilizar en nuestras casas, Amazon no sólo ha logrado posicionarse como el verdadero dueño de nuestros gustos y preferencias, sino que, ahora –no conforme con dominar la Tierra– también busca ser una especie de Dios y dominar los cielos.

Ver a Richard Branson, a Jeff Bezos –en un futuro a Elon Musk y probablemente también a Bill Gates– conquistando el universo y convirtiéndose en los maestros no sólo de esta Tierra, sino de los universos que aún están por ser descubiertos, es un espectáculo fascinante. Al ver sus viajes intergalácticos y ser testigo de esta nueva especie de carrera por conquistar el espacio, me doy cuenta de la suerte que tengo y tenemos de haber nacido en una era como esta. Sin embargo, aún sigue pendiente la exposición y afianzamiento de las enseñanzas sobre el desarrollo en todas sus áreas y la instauración de la paz. Y la forma para lograrlo radica en el establecimiento y consolidación de los equilibrios sociales y en la formación de modelos que permitan la coexistencia.

A estas alturas es necesario aceptar, pero, sobre todo, asimilar que, así como vivimos en un mundo con un nivel de concentración del poder y de riqueza como nunca se había visto, también vivimos en un mundo en el que el dominio de la civilización occidental está –si no dando sus últimos zarpazos– sufriendo un emparejamiento y ajuste del que nadie se hubiera podido imaginar hace 20 o 30 años. Y es que, ahora, la cuestión no es sobre cómo la civilización oriental ha logrado afianzarse de la posición que antes era liderada por Estados Unidos, sino que el verdadero asunto que ahora es necesario determinar es sobre cuándo los chinos terminarán por consolidar su poderío en el mundo. Aunque, al parecer, aún es temprano para que llegue este momento.

Presiento que es cuestión de tiempo para que los chinos –así como, después de haberle dado a luz, consiguieron dominar el Covid-19– también logren conquistar los espacios. Y es que no se puede omitir el hecho de que en la actualidad China cuenta con unas granjas debidamente controladas e ideologizadas en las que no solamente tienen el 5G o poseen el internet de las cosas, sino que ya están en condiciones de disputar la observación cósmica desde el universo sobre el resto de la Tierra. Repito, la cuestión no es cómo, sino cuándo los chinos se sumarán a esta disputa espacial.

Actualmente son los representantes, los mogules y los maestros del universo occidentales quienes están empeñados en conquistar los cielos. Si en la Tierra nadie los controla, si apenas pagan impuestos, si trafican con nuestros sentimientos, si su mundo no es de ideales ni de emociones, sino de logaritmos, la pregunta que me hago es: salvados, si es que algún día logramos salvarnos frente al Covid-19 y sus herederos –que al parecer vendrán–, ¿quién estará en condiciones para ofrecer un modelo civilizatorio que no consista únicamente en una aplicación, sino en una comunicación y en una reestructura de nuestra organización social?

En medio de todo este desarrollo tecnológico y que desafía las leyes de lo posible, estamos unos pobres países que tenemos que seguir arrastrando y lamentando nuestras miserias sin solución. En medio de esta encrucijada entre lo extraordinario y lo real, nos encontramos unos pobres enfermos por causa de un bicho llamado coronavirus. Un bicho que no sólo es capaz de arrinconarnos con todo nuestro dinero, nuestros aviones, nuestros tanques o nuestras armas nucleares, sino que, además, ya ha tomado la vida de más de 4 millones de personas alrededor del mundo. En medio del cielo y de la Tierra, pobres de quienes verdaderamente seguimos pensando que el orden que conocimos será suficiente para restituir paz en este desorden cósmico que nos desborda por todos lados.

Mientras nuestros conflictos y fracasos se van concretando en esta Tierra, existen aspectos que marcarán nuestro futuro inmediato y que son necesarios analizar. Por una parte están las contradicciones en materia económica de la 4T. A este respecto, o bien desarrollamos hasta el final el programa del presidente López Obrador, aislándonos cada día más del mapa mundial y sin considerar las preocupaciones y problemas de nuestros vecinos, como actualmente está sucediendo con el tema energético o el TMEC. O bien, por la otra parte, confiamos en que el nuevo secretario de Hacienda tiene la verdad al anunciar que habrá una mayor incidencia en el sector energético, en potenciar la banca de desarrollo y fomentar los estímulos necesarios para reactivar la economía mexicana. Y es que, en caso de que esto último no suceda, la crisis tendrá un efecto multiplicador en México. La respuesta no estará en el viento, sino en los cielos de cada mañanera. En este sentido, tal vez desde el espacio las respuestas sean más claras.

Mientras todo esto sucede, mientras unos –habiendo controlado la Tierra– se empecinan por conquistar el cielo y otros se organizan y determinan sus esquemas de gobierno, los demás estaremos esperando y sufriendo de las reacciones, por ejemplo, de los mercados. Estaremos buscando la manera de superar las crisis presentes y las que aún están por venir. Unas crisis provocadas por un enemigo de mil caras. Un enemigo que, al menos en Occidente, es mortal, circula sin restricción alguna por nuestras vidas y que científicamente recibe el nombre de SARS-CoV-2, o mejor conocido como Covid-19.

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