Desde que en la época de Ronald Reagan el embajador John Gavin puso de moda el sempiterno tema del narcotráfico, de la corrupción que lo rodeaba, de su penetración y dominio en México, una nueva etapa se fue abriendo paso en la vida nacional. Bajo la alusión de que “si grazna como un pato, camina como un pato y se comporta como un pato, entonces, seguramente es un pato”, la realidad del narcotráfico empezó a ser una constante en nuestro país.
No hay que olvidar que en México hemos tenido la fortuna de contar con personajes que –más allá de las palabras y de la semántica– han logrado establecerse como símbolos característicos y emblemáticos. El mejor ejemplo es el gran filósofo mexicano que fue Mario Moreno Reyes, o mejor conocido como Cantinflas. Un personaje que destacó no sólo por la construcción o deconstrucción del mensaje que buscaba decir, sino que sobresalió por su destreza de expresarse sin hacer uso de las palabras y hacerlo todo por medio de aproximaciones.
En el país, a nivel del pueblo, los mexicanos vivimos en cuatro planos: en el plano de lo que hablamos, en el de cómo hablamos, en el plano de lo que parece que creemos y en el de lo que en el fondo sabemos que es verdad. Somos un país de palabras. Desde el principio, en México las palabras siempre han sido el rosario –muchas veces la cadena y otras las campanas de la libertad– de lo que significa ser mexicano. De ahí que –más allá de su importancia histórica y cultural– sea recomendable conocer y entender el náhuatl, ya que de esta manera siempre podremos subsistir haciendo uso de una lengua diferente.
Con la enorme capacidad que tenemos los mexicanos para la fabulación, para vivir con la seguridad de la verdad instalada en la vestimenta de la certeza sobre lo aparente, en México actualmente todo depende de lo que se dice. Dependemos de cómo y qué se dice en las mañanas y en las ocurrencias presidenciales. Todo son palabras. Se me podrá decir que –tanto para lo bueno como para lo malo– al final todos usamos las palabras. Con palabras declaramos el amor o sembramos la guerra. También con palabras –las que decimos o las que ocultamos– construimos los ámbitos de nuestra vida, pero, sobre todo, los límites de nuestra capacidad para enfrentarnos a los problemas que nos abruman.
Primero fue la Revolución, después vino la construcción del espíritu nacional y de la preservación de los valores democráticos y sociales revolucionarios en un proceso en el que cada día había más palabras grandes y más comportamientos humanos que traicionaban las palabras. Pero todo se desarrolló y se hizo sobre el valor convenido por parte de nuestro pueblo sobre que eso siempre es y será así. En este sentido, reitero, Cantinflas fue un gran filósofo nacional. Fue alguien que supo cómo decir las cosas sin necesariamente hacer uso de las palabras. Sin embargo, una cosa es lo que se dice –o se pretende decir– y otra cosa es lo que se hace.
Desde hace mucho tiempo, la palabra narco pasó a formar parte del lenguaje y del diccionario de la realidad del país. Entre las ascendentes y cada vez más preocupantes cifras de la violencia, surge la gran pregunta que es, ¿hasta dónde y cómo llegará el narco? Hemos llegado a un punto en el que es indispensable determinar si en realidad tiene tanta importancia seguir batiendo diariamente los récords diarios del número de muertos que constituyen el país. Tenemos que decidir si, pese a la violenta realidad, este tiempo puede ser considerado como un éxito. Es fundamental entender que vivimos en una situación en la que es una realidad que contamos con el conocimiento, pero que lo primero que uno aprende cuando se es mexicano vocacional y no por nacimiento, es que México es un país que tiene por símbolo el desterrar la palabra no y por himno la canción de la Negrita de mis pesares. Una canción que expresa “a todos diles que sí, pero no le digas cuándo”. En este sentido, la verdad de la penetración del narco y su importancia ya trasciende la voluntad de los políticos y de los gobernantes, así como cualquier tipo de duda o preocupación. La gran cuestión es, ¿seremos capaces de acostumbrarnos al genocidio que significa el narco en nuestro país?
Necesitamos definir o saber cuánto tiempo más podremos seguir viviendo como si de verdad la posibilidad de ser asaltado, robado, asesinado y metido en una fosa clandestina forma parte del paisaje o –al igual que la temporada de lluvias– es parte del hecho de vivir en México. Las palabras no matan. Sin embargo, la administración de éstas para desconocer la realidad o ir aplazando lo que sabemos, termina siendo el cementerio clandestino de la realidad mexicana. Repito, no soy alarmista ni tengo una visión conspirativa de la historia. Pero es verdad que, si uno mira bien los mapas, se dará cuenta de que no es que el narco haya comprado un partido político, sino que no lo necesita. Da la impresión de que lo que el narco tiene comprado es al país entero.
Si presta la suficiente atención podrá darse cuenta de que los combates y las crónicas de enfrentamientos entre el Ejército y las fuerzas de los narcos, aparentemente han desaparecido. En el fondo, la raíz social y el dominio narco también han cambiado y ahora es menos vulgar y vistoso de lo que era antes. La cuestión no radica en la acción de intervenir camiones llenos de cocaína, ni se trata de asaltar con las tropas regulares de la única violencia legítima del Estado –que es la que conforman los policías y los militares– a los malosos que tratan de violentar la vida. Este problema ha dado un salto cualitativo y los narcos ya no necesitan exhibir armas ni estar peleándose por los caminos o rutas. Al final, los narcos han logrado construir una realidad en la que –basada en el tráfico y en el truco de saber, pero no decir– lo único constante es esperar a que, como todo lo que nos pasa a los mexicanos, esto también pasará.
Otro de los problemas que nos aquejan es el hecho de que México no es un planeta aislado en el cosmos. Formamos parte del planeta Tierra y para nuestra desgracia, también tenemos vecinos. Uno no escoge ni a la familia, ni a los vecinos ni el sitio en el que nace. En este sentido, tampoco tenemos la capacidad de elegir con quién compartimos el agua, el temor, los muertos y las armas. Una cosa es que nuestro pueblo pueda mirar a otro sitio y desentenderse de la situación y otra es negar la realidad más evidente. Y en este caso esta realidad está constituida por el hecho de que nuestros vecinos, los que no comprenden ni tienen confianza sobre su capacidad de sobrevivir a lo que sea –como la tenemos los mexicanos– también son unos vecinos que suelen ponerse nerviosos por la situación que atravesamos. Pero no es su culpa, la razón de su nerviosismo radica en su falta de experiencia en el sufrimiento, que a su vez es la consecuencia del dominio narco sobre la vida nacional.
Los que vivimos en México y amamos nuestra nación sabemos que la realidad la llevamos al nivel de la médula espinal. Pero que lo que mostremos, digamos, enseñemos o vivamos será siempre en función de lo que podamos hacer en cada momento. Y en este momento lo que nos toca a los mexicanos es aceptar la realidad. Una realidad en la que la palabra narco se ha convertido en un término más de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, el narco no define nuestra situación. Si realmente México, la República de las palabras, ya fuera un país gobernado por el narco, entonces todo lo que hacemos, vivimos y decimos sería parte de una ficción. Y al parecer, esto no es así.