Año Cero

El joven Biden

Es presidente de los Estados Unidos de América en medio de una tormenta, ya que no se puede suceder a Donald Trump y esperar que uno sea presidente sin más.

Hubo un momento en el que el mundo era de verdad. En la actualidad, no es que en la época de Instagram, Facebook y Twitter las balas maten menos. Tampoco es que los virus sean sueños delirantes de los creadores de ciencia ficción. Es que antes el mundo era un lugar en el que las proporciones físicas del poder y la dependencia de organización bajo la cual se representaba el músculo de quién obedecía y quién mandaba, eran muy claras.

Joe Biden tiene 78 años y es presidente de los Estados Unidos de América no por casualidad, pero sí en medio de una tormenta, ya que no se puede suceder a un presidente como Donald Trump y esperar que uno sea presidente sin más. Es un hombre que empezó en la política en 1972. Su biografía tiene de todo y es desgarradora, supongo que también tiene su parte alícuota de grandes errores y de grandes dolores. Por hablar de estos últimos, Biden fue testigo de la muerte de su primera familia en un accidente automovilístico, después –siendo mayor y vicepresidente estadounidense– también sufrió la pérdida de su hijo más grande como consecuencia de un cáncer cerebral. Sin duda alguna, Biden ha vivido. Sin ninguna duda, el actual presidente estadounidense sabe cómo es cada uno de los atajos que conducen y dan la política en eso que se denomina el pantano y que es donde ha vivido los últimos casi 50 años de su vida, entre un pequeño pueblo de un diminuto estado llamado Wilmington y que está ubicado en Delaware y Washington, DC.

Las personas que han sido presidentes y que me distinguen con su amistad me han confesado que no hay mejor vitamina ni mejor medicina ni nada que dé más potencia y juventud que una nueva enzima llamada ‘poder’. Por eso cuando veo subir, después de los tambaleantes primeros pasos, al joven Joe Biden por las largas escaleras del Air Force One compruebo que efectivamente mis amigos tenían razón. El poder quita años, da vida y te coloca en una posición de todo o nada. Sin embargo, nadie ha podido comprobar que la revitalización que da la vitamina poder sirva también para incrementar proporcionalmente el número de neuronas en quien la reciba.

El ciudadano Biden está pasando por lo que significa no solamente el momento más importante y final de su vida –aunque sólo sea por las leyes de la lógica de la edad–, sino también debido a una importante depuración entre todo lo que él aprendió y creyó y las circunstancias bajo las cuales le está tocando gobernar. Dentro y fuera de su partido, las circunstancias son adversas. Desde el inicio de su larga trayectoria política, la naturaleza de Biden ha sido la del pacto. Sin embargo, el momento actual de su país y del mundo es uno de confrontación. En esta época los pactos tienen poca popularidad y apoyo entusiasta, contrario al auge que han ido adquiriendo las radicalizaciones.

La semana pasada acaba de tener lugar la primera gira internacional de Biden. Ha sostenido reuniones de gran importancia y que marcarán el rumbo a seguir a partir de este momento. Biden fue a decirle a lo que queda de la maltrecha Unión Europea que todavía existe una primera potencia mundial llamada Estados Unidos, que es su líder y que está dispuesta a ser su aliada en la defensa de una forma de vivir bajo un sentido común. Se dirigió a la OTAN e hizo dos cosas: reivindicar la necesidad de la existencia del Tratado de Defensa del Atlántico Norte, pero además lo amplió. Explicó que las razones y la necesidad de defensa que provocaron la creación de la OTAN son equivalentes a tener que defenderse en la actualidad de países como China.

En esta gira, Biden también se reunió con los líderes del G7 en un sitio pintoresco como lo es Cornualles y bajo una situación pintoresca creada por el muy pintoresco primer ministro Boris Johnson, recién casado con Carrie Johnson, cuya presencia, además, marcó la reunión. Al final, el mensaje es el mismo. Hubo un tiempo en el que el problema eran los comunistas. Los comunistas siguen siendo el problema, sólo que ahora no son los ideólogos, no son los comunistas del hambre, del fracaso ni son los comunistas de la época de Stalin. Los actuales son los comunistas del éxito, del trabajo, de la tecnología y, además, no hay que olvidarlo, también están los comunistas chinos.

El viaje de Biden debe de ser entendido bajo dos vertientes. La primera es bajo el lema America is back (en español, América ha vuelto). La segunda –además de tratar de terminar con la guerra civil gestada al interior de su país y lograr que la justicia ordinaria le regale un traje naranja a su antecesor Donald Trump– es explicar que el enemigo de hoy es Oriente y que si no se crea un frente común, Occidente perderá la batalla. En esta ecuación, en esto que existe detrás de su viaje, falta un elemento que es el más importante. El elemento que representa la reunión celebrada en Ginebra –sitio que en su momento fue sede de la Sociedad de Naciones y que en la actualidad es una sede de gran importancia de la Organización de las Naciones Unidas– donde se reunió con Vladimir Putin.

Biden se reunió con Putin después de haberlo llamado asesino y después de saber que éste fue decisivo en la victoria de Donald Trump en las elecciones de 2016. También, sostuvo esa reunión sabiendo que Putin es el líder de un país que no consiguió superar la creación y la recreación de la sovietización. El gran problema de Rusia –que, territorialmente hablando, es el país más grande del mundo– es que demográficamente es un país pequeño y económicamente es un país que no sólo no ha triunfado, sino que además va de fracaso en fracaso. No hay nada que decir sobre la industria nuclear rusa y su éxito. No hay nada que decir sobre la industria de los envenenamientos rusos y su éxito. Tampoco hay mucho que argumentar sobre, por ejemplo, las vacunas rusas y su éxito. Sin embargo, lo que es un hecho es que Vladimir Putin es el gran elemento díscolo del orden internacional o, mejor dicho, del nuevo desorden.

La reunión entre ambos líderes en Ginebra no sólo tiene los elementos mencionados previamente, sino que también contiene –como siempre pasa con Vladimir Putin– muchas incógnitas. Tres horas y media de conversación en las que se llegó a acuerdos como el retorno de los embajadores o el intercambio de presos. Pero, sobre todo, uno de los mejores resultados fue el hecho de que finalmente ambos mandatarios han entendido que hay que luchar contra el ciberterrorismo de manera formal. A pesar de que éste sea uno de los puntos más sólidos –junto con los chinos o los israelíes– de ambas potencias, tanto Putin como Biden aparentemente han coincidido en el hecho de que es necesario poner orden.

Lo mejor que se puede inferir de la reunión es que el diálogo establecido es frontal y que, por lo tanto, puede ser directo y se puede instaurar un punto de acuerdo. Lo peor, es el extremadamente débil punto en el que en este momento se encuentran ambos países de manera individual. Por una parte, Estados Unidos está buscando reconstruirse y, por la otra, Putin se encuentra buscando la forma de tratar con el otro jugador de la mesa que puede cambiar las debilidades de todos en beneficio propio.

China desconfía de Rusia y de Putin. Sin embargo, en este momento el mandatario ruso juega a todo y por todo subido en el caballo que dicta que a Rusia hay que respetarla ya sea por las buenas o por las malas. Ya que, de lo contrario, o bien te puede mandar un envenenamiento en forma de té, te puede enviar un ciberataque o perfectamente también te puede crear un problema que termine con la destrucción de un país.

En la actualidad, las fronteras nuevamente han vuelto a ser un problema. Para Rusia por unas razones, para Europa por otras y para China por las suyas. Lo alarmante es que, como siempre ha pasado antes del estallido de las guerras, el movimiento de las fronteras predetermina los grados de humor en los cuales se desenvuelve la actividad política. Éste es uno de esos momentos.

Hemos llegado a un punto en el que, si Occidente no está unido, es imposible ganar la guerra. Oriente –siendo consciente de ello– juega, coquetea y se deja acariciar y cuidar por Putin. El líder ruso sabe que solamente puede existir como la representación y la encarnación del mal, en el sentido de que es el presidente que todos los días llena de orgullo –desde su tumba– a quien fue su verdadera inspiración: Iósif Stalin.

Al igual que en su época lo tuvo el paralítico Franklin Delano Roosevelt, el joven Biden tiene delante de sí un desafío impresionante. Este desafío se divide en tres grandes áreas. Primero, en vencer y eliminar las diferencias y los errores internos de su país. Segundo, unificar el mundo libre. Y, por último, crear un nuevo balance económico como el que jamás pensamos que existiría donde con quien tenemos que negociar, pactar y vivir es nada menos que con China. Lo de India queda pendiente para la siguiente entrega.

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