Año Cero

La cuenta atrás

Estando a menos de mil 300 días para el final de su administración, existe la posibilidad de que López Obrador cambie su dialéctica.

El 6 de junio de 1944 –también conocido como el Día D– fue el inicio de la cuenta atrás para la culminación de la Segunda Guerra Mundial, al menos en Europa. Las elecciones del 6 de junio del presente año en México y en Perú tienen algo en común: son también el inicio de la cuenta atrás de los modelos que durante un determinado momento existieron como forma de gobierno en nuestras sociedades. Sociedades en las que fluctuaba desde el populismo izquierdista más salvaje hasta la falsa normalidad de haber conseguido un equilibrio constructivo. Este supuesto equilibrio aparentemente se daba entre las pujantes clases medias sin crecimiento de cada país. Países que además contaban y siguen teniendo sus problemas y cuestiones constantes sin resolver, como la pobreza, que históricamente están ligados a la parte del continente americano de habla hispana.

En un mundo en el que –a causa del agotamiento de los sistemas y de la multiplicación de las comunicaciones– los Estados cada vez importan menos y en el que Amazon tiene una importancia ascendente, llegó un personaje llamado Pedro Castillo. Con un sombrero, tras haber hecho una huelga magisterial hace cuatro años y conquistando las profundidades del corazón del sistema no asimilado –el que nunca ha conocido carreteras asfaltadas ni colegios con acceso a wifi– llegó Castillo. El ganador de las elecciones peruanas conquistó su país en medio de un esquema populista, izquierdista y, en cierto sentido, comunista. Una vez más, el asombroso Perú ha sido testigo de un campanazo de la misma dimensión que en su momento tuvo el primer golpe de Estado liderado por un general llamado Juan Velasco Alvarado. Y este campanazo se dio para producir una revolución de izquierdas precisamente basada sobre la base de los mismos problemas sin resolver entre el Perú rural y el Perú urbano.

En Perú quedó claro que Lima perdió la batalla frente al campo, al igual que lo que sucedió en el pasado cuando el ingeniero Alberto Fujimori fue capaz de lograr lo inaudito. Pero, sobre todo, Fujimori fue alguien que logró vencer la actuación impecable del Premio Nobel de Literatura de 2010, Mario Vargas Llosa. Haciendo su campaña arriba de un tractor, Fujimori habló el lenguaje de su pueblo llano haciendo promesas no teóricas sobre cómo lideraría a los pobres, sino que logró transmitir cómo conseguiría echar más gallinas al caldo, que al final esto se entiende por sí solo.

En México sucedió algo muy importante y esto tiene que ver con un ajuste que –se quiera o no– terminará afectando al continente en su totalidad. Desde el primero de julio de 2018, México tenía un monopolio político en manos del presidente López Obrador. No es que él así lo quisiera, sino que –entre los perdedores, los ganadores, los estupefactos y quienes buscaban entender el poder de esa manera– hubo un pacto no escrito. Este pacto consistía en vivir sin plantearse cómo era posible que al final del día todo dependiera de la voluntad de un solo hombre. Sin embargo, así sucedió. Y como ustedes verán, después de tres años, lo más importante del pasado 6 de junio es que en México se acabó el monopolio. Es decir, hace poco más de una semana surgió la competencia y empezó el mercado. Ahora, la aprobación del Presupuesto –que en sí mismo es una forma de hacer política– no se podrá realizar de forma automatizada. Pero más allá de eso, está presente un hecho muy importante que es que –a pesar de no contar con la mayoría calificada en el Congreso federal– la presente administración cuenta con el poder de la mayoría de los congresos estatales, los cuales son una pieza fundamental para producir cambios constitucionales.

En la modernidad, la política y la economía son un estado de ánimo. En un mundo en el que –por encima de las referencias estadísticas y numéricas– los humanos vivimos y fluctuamos sobre lo que nos dictan nuestros sentimientos, es importante destacar tres realidades sobre lo que ha sucedido en México. En primer lugar, se necesita resaltar el hecho de que la administración actual perdió la hegemonía y el dominio de la Ciudad de México, eje primordial de la administración. En segundo lugar, estas elecciones demostraron que el presidente López Obrador y su cuarta transformación son vencibles. Tercero, para llevar adelante su presupuesto social y para imponer su pensamiento, que se traduce en que política es equivalente a dinero y el dinero es igual a presupuesto, el Presidente tendrá que dialogar y negociar.

Estando a menos de mil 300 días para el final de su administración y desde su particular perspectiva y experiencia, existe la posibilidad de que el presidente mexicano cambie su dialéctica. En la alternativa de unir o enfrentar, el presidente mexicano ha elegido confrontar. Para los antiguos filósofos griegos, las clases medias idealmente salvarían las ciudades. Sin embargo, para el presidente mexicano las clases medias son el enemigo. Ahora el presidente López Obrador tendrá que cambiar el discurso guiado por el enfrentamiento entre unos y otros por uno en el que todo esté sustentado y guiado por la inclusión.

Para el ciudadano que ostenta la presidencia de México, cada día que pasa hay un recordatorio constante sobre el hecho de que en la vida todo pasa y todo queda, y lo que al final permanece es lo dejado sobre el camino. Lo único que justifica el precio que cualquier persona paga por envestir la banda presidencial o por ceñirse la corona, es el legado que deja tras de sí. En este sentido, cuando el final tiene un plazo y una fecha de caducidad visible, quiero suponer que el ejercicio de pensar sobre lo que se quiere dejar se vuelve menos complicado. Sin embargo, el curso de la historia continúa y el paso del tiempo es una constante inevitable.

A partir de este momento, lo que importa es la realidad, y en la actualidad ésta no está determinada por la discusión sobre qué es la soberanía económica o política en el siglo 21. Y es que cuando se tiene en frente a jugadores como Microsoft, Amazon, Facebook y todos los demás actores relevantes del mundo en el que vivimos, ¿cómo se puede ser soberano o gozar de una libertad económica plena?

Con independencia de los sueños, la jerga y la pérdida de tiempo de la política, es imprescindible contar con interlocutores y mecanismos de defensa verdaderos hacia quienes fortalecen las economías. Sólo un modelo eficiente y bien estructurado podrá modelar la supervivencia. Sólo un cambio verdadero podrá permitir que los pobres vayan primero y que el objetivo de las políticas esté orientado para que en realidad éstos dejen su condición de precariedad, no para condenarlos bajo una promesa eterna.

Las condiciones políticas, al menos de México y Perú, han cambiado. Y cambiaron dramáticamente, ya que éste es el inicio de la cuenta atrás. En uno de los casos lo sucedido representa el final constitucional de la presidencia. En el otro, éste es el fin de la ensoñación y de la convivencia entre los fracasos –siempre permanentes– de intentar que los pobres dejen de ser tan pobres y que los ricos no sigan siendo tan ricos. En el fondo, otro de los elementos que ambas elecciones comparten es el enorme fracaso de la justicia social. Una justicia social representada bajo distintas caras y que cabalga como un fantasma por las praderas americanas.

En Perú, Pedro Castillo demostró que los liderazgos conocidos y heredados del siglo 20, y que habían subsistido en este inicio del siglo 21, han dejado de servir, están acabados. Lo sucedido es una prueba que, de golpe, todo se convirtió en viejo. En el caso de México, la verdadera y fundamental labor está en reconstruir el mundo de los liderazgos. Las elecciones pasadas son un primer paso para reconstruir la mecánica, la normatividad y la legitimidad de los partidos políticos. Sin embargo, aún está presente un enorme desierto de caras que tienen la posibilidad de resurgir. Y al final sigue la enorme cuestión que es que, cuando llegue el día cero del final de este mandato, ¿quién o qué es lo que seguirá?

En esta cuenta atrás, las buenas noticias también cuentan. Y dos buenas nuevas que cabe rescatar de los comicios electorales que acabamos de vivir es el comportamiento que la sociedad tuvo en las elecciones y, afortunadamente, la sobrevivencia del Instituto Nacional Electoral. Pese a los terribles embates que sufrió esta institución merece la pena reconocer en lo que se ha convertido, en una institución ejemplar desde el punto de vista de la garantía de la equidad y justicia electoral.

En los últimos días también han sucedido muchas otras cosas, como el hecho de lo que se dijeron o lo que omitieron en los acuerdos hechos entre la vicepresidenta Kamala Harris y el presidente López Obrador, y que sólo los traductores saben. Sobre esto, estoy seguro de que no hubo mensajes ocultos ni advertencias, ya que ni era el momento ni Harris era la persona indicada de hacerlas.

De otra cosa sobre la que estoy seguro es de algo que, se vea como se vea, supone un hecho trascendental y que tiene una repercusión en todo y en todos: México ya no es Estado fracasado. Para muchos analistas que se dedican a seguir con el dedo desde Chiapas hasta el mar de Cortés, México ya es un narcoestado. ¿Su justificación? Que hay muchos estados mexicanos en los que los narcotraficantes no tienen influencia, tienen el poder. Si esto es así, la preocupación para los que están en el norte –que es a donde van dirigidos los resultados del narcotráfico– ya no es la entrada de fentanilo, cocaína o heroína, sino que el día de mañana puedan entrar sustancias o armas con mayor capacidad de destrucción. Los resultados electorales en el Pacífico son un cambio geoestratégico cualitativo sin antecedentes. Una cosa es comprar, matar e influir, y otra cosa muy diferente es ganar las elecciones.

En cualquier caso, más de 200 mil años después del inicio de esta fiesta llamada humanidad, lo único constante ha sido el cambio. Con el paso de la historia todo ha sufrido cambios, todo menos los seres humanos. Ahora, inicia la cuenta atrás. Una cuenta regresiva que, por ejemplo, en el caso de México tiene como referente principal la figura de un hombre. Un líder que tendrá que elegir entre despedirse de la historia con un recuerdo amable y constructivo, con un grito desgarrado sobre el hecho de que las injusticias son irreparables o con haber sentado las bases de un mejor futuro.

El pasado 6 de junio nuevamente se demostró que hay quienes –como solían decir los viejos políticos– nunca quisieron ser estadistas. Pero lo más preocupante de la situación es que a estos personajes no les preocupan las siguientes generaciones, les preocupan las siguientes elecciones. Sin embargo, todos tenemos el derecho a recibir lo mejor de parte de quienes gobiernan. Además del innegable derecho de que quienes nos lideren, sean los mejores de todos. En este sentido, espero que a partir de aquí la apuesta sea por la nueva generación y no por la nueva elección.

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