En medio de la discusión y de las reclamaciones de contar voto por voto y casilla por casilla –en una forma de traer del pasado lo sucedido en 2006– en la actualidad, lo que es una realidad es el enfrentamiento que los mexicanos tenemos con nuestro destino. El día de ayer, salimos a las calles y votamos. En un sistema democrático ideal, este ejercicio representa el final de las incógnitas y el inicio del proceso para obtener las respuestas buscadas. Sin embargo, en este día, en el día después, aún está por verse qué será lo que estas elecciones traerán consigo.
A pesar de que hay sistemas de normalidad democrática en los que los comicios están diseñados para sumar, para integrar los programas y unificar las diferentes visiones que se tienen de un país, éste no es el caso de México. En nuestro país, además de la aparente práctica que se ha vuelto costumbre de imponer la visión propia a los demás, la división es hoy la principal característica vista en las elecciones que acabamos de vivir. Hemos llegado hasta este punto en medio de una guerra electoral de enfrentamiento total. En este 7 de junio, en el que el país fue testigo de la lucha incansable entre unos y otros, los ganadores y los perdedores se encuentran ante un panorama en el que lo más visible es la tierra quemada que está ante sí.
Para el poder, para este poder tan singular con unas lecturas tan personales de todo como lo es el que representa el presidente Andrés Manuel López Obrador, ahora llega el momento de tomar una decisión sobre la que ya no hay vuelta atrás. A partir de aquí, la actual administración o bien profundiza en la ruptura total institucional o bien aprovecha la fuerza que tiene para convocar y construir un país en el que al final –si no nos toca a nosotros– nuestros hijos terminen cabiendo. Si bien al actual Presidente al parecer las crisis le han caído ‘como anillo al dedo’ para cambiarle la cara al país y hacer imposible la continuidad de nada que no sea su modelo, esta es una oportunidad para establecer una nueva y mejor nación. Un país unido y con una visión compartida.
A estas alturas, es conveniente no olvidar todos los pendientes aún por resolver. Es decir, no se puede dejar a un lado el combate contra la corrupción, contra la impunidad, la desigualdad y el robo o desfalco. Ahora más que nunca no se pueden ignorar estas problemáticas que en primera instancia fueron las causas que nos llevaron a la situación en la que nos encontramos. Aunque la verdad es que los verdaderos culpables de estar en el punto en el que nos encontramos somos nosotros mismos. Primero por nuestros votos y después por nuestra tolerancia que, visto lo visto, parece inagotable. Esta división, crisis y enfrentamiento ya las hemos vivido en múltiples ocasiones a lo largo de nuestra historia, sin embargo, ahora se trata de saber a quién dirigiremos las armas y nuestro descontento. Es necesario determinar si estas armas y todo el descontento contenido lo dirigiremos contra nuestro subdesarrollo, nuestros pendientes sociales, nuestros desaparecidos planes de educación o nuestra falta de repoblación industrial, salarial y sanitaria. Como sociedad tenemos que decidir si seguiremos en este espectáculo sempiterno de la matanza nacional de unos contra los otros o si bien terminaremos y, de una vez por todas, arrancaremos de raíz todo el mal que tanto tiempo lleva aquejándonos.
El presidente López Obrador ahora tendrá que decidir si él podrá ser más poderoso que la naturaleza, en el sentido de que, pese a que desde el inicio Dios situó a México tan lejos de Él, pero tan cerca de los estadounidenses, los mexicanos siempre hemos tenido y aún seguimos teniendo el derecho a elegir nuestro destino. Sin embargo, gran parte del destino del país está predestinado –como nos pasa a todos– por la geografía. Y si bien uno puede cambiar, alterar, salirse de un pacto y entrar en otro, ser más amigo o menos enemigo, lo que no se puede hacer es cambiar la dimensión física de las cosas. En este sentido, reiteradamente nos encontramos condenados a lo mismo, al entendimiento por las buenas o por las malas. En estos momentos, cuanto más tensemos la cuerda, peor podrá ser el escenario. Cuanto más nos empeñemos en seguir viviendo bajo la dicotomía de ser los mayores socios comerciales de un gigante –uno de los pocos que quedan en la Tierra–, pero seguir intentando forjar nuestro destino sin considerar estos elementos, más difícil será el camino.
En la actualidad Estados Unidos representa un modelo político y económico enfrentado a la actual administración mexicana. Sin embargo, no se puede ignorar el hecho de que nuestro vecino del norte aún sigue siendo el único referente y jugador relevante en el nuevo enfrentamiento bipolar entre China y Occidente. Esta situación nos lleva a tener que decidir no de qué lado estaremos, sino cómo resolveremos nuestras diferencias y controversias políticas –si es que ése es el caso– y a seguir entendiéndonos a la fuerza en lo físico, en lo económico y en lo social. Todo esto sin dejar de considerar el hecho de que realmente ninguna de las dos partes tenemos muchas opciones hacia dónde ir o voltear.
Internamente –además del diseño del nuevo discurso, de resolver el agravio y el daño hecho por las generaciones pasadas– en México habrá que construir un panorama o una visión que podamos ofrecerle a las siguientes generaciones. No puede ser que un país que –en la época de José Vasconcelos– sustituyó a tiempo las balas por los libros, ahora esté sin un programa definido y sin una propuesta clara para afrontar uno de los grandes desafíos de nuestros tiempos que es la educación. También, otro de los problemas internos que será necesario resolver es el concerniente al pacto federal y sus implicaciones. De continuar sin resolverse este tema, no podremos gobernar el país sobre la base del enfrentamiento continuo entre los gobernadores ni tampoco con el agotamiento económico de los gobiernos estatales. Una cosa es cortar el robo, la indecencia y la corrupción y otra cosa es ahogar el funcionamiento de las gubernaturas simplemente por estrangulamiento económico.
En fin, de desearlo, hasta en la tierra quemada es posible que surja una buena cosecha. Pero antes de todo, tenemos que decidir qué haremos con esa tierra. ¿La seguiremos quemando hasta la última capa o aprovecharemos la situación para que realmente podamos dar a luz a un nuevo país? Esta es una pregunta que tendremos que seguir contestando día a día y como lo hicimos ayer, con boleta en mano, y considerando todos y cada uno de los componentes del pueblo mexicano.
La responsabilidad de los líderes y cómo ejercen sus funciones, siempre ha sido un factor determinante para establecer el rumbo de un país. En este momento, esta responsabilidad y este papel tienen una dimensión histórica. ¿Seguiremos inmiscuidos en una guerra hasta llegar a la destrucción total o aprovecharemos este enfrentamiento político y social para idear las bases del futuro? Esta es otra de las grandes cuestiones planteadas en estas primeras horas posteriores al cierre –al menos el oficial– de la batalla política que vivimos en los últimos meses. Sin embargo, dadas las características particulares de estas elecciones, el recuento de los votos y la disputa para saber quién ganó y quién perdió seguirá por un tiempo. Por el bien de todos, esperemos que siga por el menos tiempo posible.
Después de lo vivido ayer, aún sigue la incógnita sobre quién de la clase política en el país sobrevivirá. Falta ver quién de la vieja y de la nueva política –suponiendo que exista esta diferencia– subsistirá, ya que al final lo que realmente nos está unificando es la sensación de que no se puede dejar escapar a la otra parte con vida. Hay guerras políticas que se plantean en términos de todo o nada. La situación que estamos viviendo, representada por un panorama de tierra quemada, excede los modelos y nos lleva a asimilar que –como demuestran las estadísticas–, en caso de duda, es más barato disparar que buscar convencer o conciliar.