Año Cero

Final esperado

En la mañana siguiente a las elecciones, las cosas estarán terriblemente confusas. Por el bien de todos y del país, espero y deseo que no sea así.

Estamos en un momento de la historia de la humanidad en el que las emociones definitivamente han conseguido trasladar y pasar a un segundo plano los procesos reflexivos y de recorrido lógico. Naturalmente, usted podrá decirme que yo tengo mi lógica y forma de pensar y que usted tiene derecho a tener la suya. Y tiene razón. Lo que pasa es que antes, desde las finales de las finales de los campeonatos de futbol hasta las medallas olímpicas o los recuentos de los resultados de las elecciones políticas, todo llevaba impreso consigo la posibilidad del error, de la sorpresa. Tenían consigo la posibilidad de que al final las cosas pasaran de manera distinta a como inicialmente se pensaba que podrían pasar.

A escasos días del fin de este proceso electoral y de conocer su desenlace, en este momento en México la verdad es que, desde el punto de vista numérico, político, emocional y sobre el estado del país, el verdadero resultado ya es cosa del pasado. Independientemente de lo que suceda en los siguientes comicios electorales –que es muy importante–, la realidad es que somos un país enfrentado consigo mismo. Una nación atormentada y fragmentada. Existen demandas, reivindicaciones, explicaciones y citas pendientes frente, por y con la historia. Además, está el hecho innegable de que aún no hemos aceptado ni sabido –tal vez porque en el fondo no lo deseamos– tener un proyecto de integración en el país.

Gane quien gane, hay que ser conscientes de que en la mañana del 7 de junio –en plena oleada de la victoria, de la derrota, de la denuncia, del enfrentamiento y, en definitiva, de la prueba del quiebre profundo del estado unitario del país– por primera vez la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, visitará México. Ese día, las conspiraciones y las incapacidades tendrán que ponerse en un modo de espera, por lo menos hasta que termine la visita de la mandataria estadounidense.

Absolutamente a nadie se le puede pedir que al día siguiente de lo que a su vez es la segunda cita electoral más importante de la actual administración, esté mentalmente en posición de comenzar a preparar y a diseñar lo que será la ruta de una relación insalvable. Nosotros podemos hacer de todo. Pero lo que no podemos ni debemos olvidar es que –con independencia de lo que digan los números– lo que ya se ha hecho evidente es el nivel de fractura, de separación y de divorcio que tenemos como país. De ahí la magnitud del reto al que nos enfrentamos.

Nos podremos entender o bien pelear con la actual administración estadounidense, incluso podremos olvidar los acuerdos del pasado y trasladar ese olvido al presente al poner obstáculos e incumplir diferentes fases o componentes del TMEC. Sin embargo, lo que no podemos hacer es romper los mapas o alterar ya no el curso de la historia, sino el curso de los ríos, las montañas y los desiertos que dicen que –con independencia de cuánto nos queramos o nos odiemos– estamos ineludiblemente enlazados por más de 3 mil kilómetros de frontera común con nuestro vecino del norte. Pero más allá de eso, tampoco podemos dejar a un lado el ADN que comparten más de 50 millones de personas que viven en ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos, ni mucho menos todo el intercambio comercial y económico existente entre ambos países.

En su visita, nuestro Presidente le podrá ver la cara a la que mucha gente le gustaría y pronostica que será la futura presidenta de Estados Unidos. Pero, lo que es evidente y que incluso podría resultar contraproducente es que, durante su visita, Kamala Harris también podrá ser testigo de los vestigios y los restos de esa mañana del 7 de junio. Será necesario tener mucha fuerza y seguridad para aceptar que –en medio de los últimos coletazos o de las primeras peleas para discutir y resolver el resultado electoral– ese día vamos a ser los anfitriones de, seguramente, la misión diplomática más importante de lo que va del actual sexenio.

Al andar vamos haciendo camino, como todos. Pero lo único que es seguro es que, pase lo que pase, la mañana de ese 7 de junio el país no estará democráticamente mejor que antes. Suceda lo que suceda, el número de muertos por la violencia derivada del narcotráfico y el problema al que enfrentamos es tan grave que nada ni nadie será capaz de borrarlo. Éstas son unas elecciones escritas con sangre y no sólo físicamente, sino también moral en el sentido de que nos hemos convertido en una sociedad sin capacidad de marcar límites al momento de definir nuestras propias reglas de supervivencia.

México. Hoy, como en el pasado, el Presidente es muy importante y seguimos siendo un país con una cultura en la que la máxima expresión es el tlatoani. (Fotoarte de Esmeralda Ordaz)

Espero que cualquiera que sea el resultado y lo que suceda la próxima semana tenga la fuerza y la capacidad para cambiar la cruda realidad a la que nos enfrentamos. Sin embargo, yo creo que habrá que empezar a considerar que –de aquí en adelante– lo más importante es cerrar las heridas, entablillar los huesos rotos e iniciar a preparar un camino en el que sustituyamos el ‘ellos’ y el ‘nosotros’ por la posibilidad de crear un México en el que quepamos todos. Todos menos los únicos que –a base de balas y violencia– año tras año han ido ganando terreno. Me refiero a los representantes –en el sentido más puro– del mal, de la violencia y de la hipoteca de la sangre sobre la historia del país, mismos que han ido incrementado su poder no sólo en estos tres, sino en los últimos 30 años.

Ante esta situación, encuentro una gran ventaja que en lo personal pienso aprovechar. En la mañana siguiente a las elecciones, las cosas estarán terriblemente confusas. Por el bien de todos y del país, espero y deseo que no sea así. En cualquier caso, lo que para mí queda muy claro es dónde se encuentra el trabajo a realizar y por dónde tenemos que empezar a ocuparnos la mañana del día siguiente, que es en la construcción de un nuevo y mejor tejido social que permita y asegure la cohesión e integración del país. Mientras eso sucede, hay que ser capaces de vivir con lo que tenemos. Y lo que hay es que, si una elección es la esperanza de refundar un país, hay ocasiones en las que se llega tan ensuciado, tan debilitado y, en el fondo, tan comprometido que –sea cual sea el resultado– hay muy pocas posibilidades para mejorar la realidad. A pesar de contar con el derecho de ejercer un voto que está basado en el poder de las urnas y que tiene el poder de cambiar la situación, en ocasiones esta práctica es insuficiente para combatir el nivel de deterioro existente.

Desde el día en el que nos visitará la más alta delegación estadounidense durante este sexenio y que coincidirá con la resolución de este proceso electoral tan importante, la sociedad y los responsables de ella tendremos que decidir si lo que queremos es culminar la labor de la ruptura total o si, por el otro lado –y debido a todos los problemas internos y externos que tenemos–, somos capaces de construir un proyecto integrador dentro del país.

Las instituciones están ahí y no están hechas de hierro, están conformadas o tienen la vida sobre la base de la confianza que inspiran en los pueblos que regulan. En ese sentido, al tratar de estructurar y sobre la creencia de que aún una gran parte del pueblo de México confía en el árbitro electoral, el reto es todavía más grande. En cuanto a la estructura básica del país, no hay que engañarse. Hoy, como en el pasado, el Presidente es muy importante y seguimos siendo un país con una cultura en la que la máxima expresión es el tlatoani.

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