Año Cero

Seis de junio, la campaña interminable

El 6 de junio es y seguirá siendo una fecha clave en la historia de la humanidad, pero sobre todo entre las naciones europeas.

El 6 de junio de 1944, las costas de Normandía se volvieron grises. Ese día más de 150 mil soldados, más de 6 mil barcos y más de 11 mil aviones provenientes de Inglaterra iniciaron el desembarco de las tropas aliadas en la parte norte del continente europeo. La también conocida como Operación Overlord tenía el objetivo intrínseco de terminar lo antes posible con el régimen nazi y contener el poderío y las conquistas que Adolf Hitler había logrado perpetuar por toda Europa. A este día también se le conoce como el día más largo. Fue un momento de la Segunda Guerra Mundial en el que, si los alemanes hubiesen conseguido disolver o afrontar el desembarco, seguramente el final de la guerra se hubiera retrasado y a un gran costo. Esta acción fue crucial ya que en esos momentos además estaba el riesgo inminente de que Hitler y los alemanes consiguieran descubrir el arma nuclear antes que lo hicieran los Aliados. Si eso hubiera sucedido, definitivamente el final hubiera sido imprevisible.

En la historia no existen los ‘hubiera’. Sólo existe el cúmulo de circunstancias y el análisis correcto y oportuno de los hechos. Un análisis que permita saber de qué material se construyen no sólo los cimientos de la historia, sino lo que al final resuelve –en un sentido o en otro– el desenlace de la historia misma.

He de admitir que en estos momentos estoy asombrado. Nunca pensé que viviría una época en la que las campañas electorales no tuvieran fin. Si uno va y pregunta descubrirá que en Estados Unidos más de 70 por ciento de los miembros del Partido Republicano está convencido de que en las pasadas elecciones les robaron. Para ellos es claro que a su líder Donald Trump no le ganó Joe Biden, sino que sencillamente las elecciones fueron un completo robo. En estos momentos no importa que los propios dirigentes del Partido Republicano con responsabilidades de gobierno en estados como Georgia o Arizona mantengan lo contrario. Ese 70 por ciento de los miembros del partido prefiere creer –más allá de toda razón– que el mundo sería mejor si el presidente estadounidense siguiera siendo su líder.

Sin embargo, la verdad no tiene nada que ver con lo que realmente hay que buscar en la felicidad colectiva. ¿Demencial? No lo sé. Lo que sí sé es que ésta es la situación. Actualmente, Estados Unidos vive en una campaña permanente. Pero no es el único país. Sin ir más lejos hay otros países, como España –por no hablar de Israel–, que están en una situación similar de campañas interminables. Además, la inestabilidad política es tan grande que lo único que es constante es el enfrentamiento y el borde de las guerras inciviles. Si uno observa bien el panorama internacional, se dará cuenta de que –con excepción del peligroso juego en el que es todo o nada y que significa dibujar un escenario de enfrentamiento bélico de China contra Occidente– todo lo demás, lo que es y supone la acción política, está basado en la guerra de exterminios de unos contra otros.

Las democracias han dejado de ser integradoras. Las democracias se han convertido en algo que se usa para inaugurar el baile, elegir a alguien y que ese elegido haga lo que coincida con sus intereses. En este sentido, el personaje que resulte elegido adquiere no sólo licencia para gobernar, al margen de lo que jura gobernar –bajo el supuesto amparo y protección de la Constitución que prometen defender–, sino que además estos personajes sienten que tienen carta blanca para representar un nuevo tiempo, su tiempo. Pareciera que a partir de que asumen el cargo el voto que sus ciudadanos les otorgaron deja de tener una vigencia de cuatro o seis años, según sea el caso. Desde ese momento, el voto que les dieron se convierte en una herramienta para reescribir la historia de principio a fin.

Como recientemente declaró el historiador Paul Brown, sólo hay una cosa peor que desconocer la historia. Esto es reinventar o retorcer la historia para incrementar el resentimiento entre unos y otros. Si a eso le unimos la trampa de origen –misma que aplica según la legislación electoral de cada país– de poder crear una policía o una especie de Frankestein que te permita llegar al poder para luego forzar la maquinaria institucional y legal, nos encontramos con dos elementos relativamente nuevos por su extensión y presencia. Primero, estaríamos frente al franqueamiento de la historia para incrementar el resentimiento entre los pueblos. Y, segundo, nos encontraríamos ante la creación de mecanismos de interés coyuntural con el objetivo de cubrir el trámite y hacer –una vez estando en el poder– exactamente lo contrario a las reglas establecidas antes de ser electo.

Este tipo de circunstancias y panoramas son algo que constantemente se repite. Las tendencias, el abuso del poder y la búsqueda permanente de que siempre hay alguien que entiende que es el hombre elegido para hacer cumplir el destino histórico de las naciones, últimamente se han convertido en elementos que están por encima de las leyes y por encima de lo que es el sentido común. Que existan este tipo de personajes, que creen que su palabra es la última y lo único que importa, es algo que no me sorprende. Lo que sí me sorprende es lo que hacemos los demás. Y es que los demás –por ejemplo ese 70 por ciento del Partido Republicano– nos acostumbramos a vivir con normalidad con la negación del sentido común y con una estructura social en la que, inevitablemente, si bien nos va, acabaremos en una guerra civil. Sin embargo, en el peor de los casos terminaremos generando una dependencia permanente de unas sociedades que no se soportan y cuyo esquema no pasará por convencerse, sino que pasará por vencerse mutuamente.

El 6 de junio de 1944, los nazis y los autoritarismos perdieron la guerra, o empezaron a perderla. Pero en esa época, más allá de los factores que se presentaron y que terminaron por decantar la contienda a favor de los Aliados, el objetivo era claro: detener el cada vez más contundente poder de Adolf Hitler. Aquí y ahora creo que es importante entender que hay una sensación clara sobre que, si el desembarco se produce, el final de la guerra está servido. Por eso, no me sorprende cualquier cosa que se intente hacer a cargo del gobierno o de los que en algún momento estuvieron en el poder. Lo que hay que saber es que ahora mismo todos los días son el Día D de la defensa de la democracia.

El día de elecciones no sólo es el día en el que se vota –que además es un momento crucial–, sino que también es el día en el que se vive, se administra y se gobierna de acuerdo con unas determinadas reglas de juego. Si bien se tiene el derecho a cambiar estas reglas en función del mandato popular, esto es algo que es posible hacer siempre y cuando no se haya engañado ni estafado bajo el uso de este mismo mandato. No es lo mismo ganar unas elecciones que ganar un referéndum para cambiar una Constitución y transformar un país. Ir de ley a ley y respetando el engranaje jurídico no sólo es lo correcto, sino que seguramente también es lo único que garantiza la supervivencia de los sistemas políticos y de la organización social.

En la era de las redes sociales, del enfrentamiento y en la era del aniquilamiento del orden social, todo esto no deja de ser nada más que palabras vacías que probablemente no lleguen a ningún lugar. Pero lo que sí es importante es que sepamos que –así como a algunos no les importa la ausencia de pruebas que comprueben que hubo robo en las elecciones de Estados Unidos– estamos viviendo unos procesos políticos en los que no tendremos ninguna posibilidad de poder cambiar o alterar si no entendemos que el problema es que hemos entrado en un juego perverso. Un juego en el que los que tienen que defender la legalidad no sólo sueñan con cambiarla –cosa que siempre que tengan los votos, los instrumentos y los procedimientos, sin duda alguna tienen derecho y las capacidades para hacerlo–, sino que juegan a retorcerla y a usarla desde dentro para dar a luz, fuera de plazo, a una nueva legalidad que no se anuncia.

El 6 de junio es y seguirá siendo una fecha clave en la historia de la humanidad, pero sobre todo entre las naciones europeas. Ahora habrá que ver también para qué y por qué razones lo será en otros países.

COLUMNAS ANTERIORES

El joven Biden
La cuenta atrás

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.