Año Cero

La primavera que parece otoño

En la actualidad la oferta política radica bajo las premisas de no perdonar, en cobrar y en andar sacando la cuenta de quién tiene la culpa y quién fue el culpable de nuestra lamentable situación.

Si usted se fija bien, la primavera es ese estado en el que no solamente la sangre se altera, sino que también es testigo del nacimiento de las flores, del alargamiento de los días y del calor abrasador –para los que vivimos en esta parte del mundo y no en el hemisferio sur, que es cuando inicia el otoño– que nos va anunciando la llegada de un nuevo ciclo. La primavera es una etapa caracterizada por el resplandecimiento y en la que todo es más vistoso y agradable para los espectadores que somos los seres humanos. En la primavera, desde los ánimos hasta los mercados reflejan un hecho innegable: son la antesala de un ciclo más que llegará cuando en el mes de junio alcancemos el ecuador del año.

Hubo un momento en el que los años eran años y donde todo parecía desarrollarse con singular normalidad; ese momento pareciera que ha quedado en el olvido. Ahora, entre la revolución de las comunicaciones, con el hecho de haber cambiado los ladrillos por los sentimientos, el surgimiento de las sociedades virtuales, el hecho de que siempre estamos conectados, en medio de la época y la generación más informada y cuando también tuvimos tantas oportunidades de ignorancia frívola, llega un momento en el que hasta el paso de lo físico parece verse alterado de manera importante por los cambios psicológicos y de todo orden que nos están sucediendo.

En política, claramente estamos en un punto en el que el centro ha dejado de ser una referencia de reinado político. La lucha de los centrismos y aparentes equilibrios políticos ha sido superada por el gobierno de los extremistas. La oferta ya no es sobre cómo establecer un sistema o mecanismo que fomente la integración y que cada vez a un número mayor de ciudadanos le vaya mejor. No, en la actualidad la oferta radica bajo las premisas de no perdonar, en cobrar y en andar –una y otra vez– sacando la cuenta de quién tiene la culpa y quién fue el culpable de nuestra aparentemente lamentable situación.

Existió una época en la que el primer desafío de cualquier gobernante era buscar cambiar la suerte y la fortuna de sus pueblos. Hoy, en esta primavera que parece otoño, da la impresión de que el primer desafío de los gobernantes es alimentar y soplar sobre las heridas abiertas del cerebro y del alma para que sus pueblos nunca olviden que no es que ellos lo hicieran mal, sino que siempre ha habido alguien que ha sido el culpable de su situación. Les recuerda que siempre ha existido un abusador ante el que es indispensable contar con la justicia divina a la mano.

Sodoma y Gomorra es un modelo que en la Biblia tiene una solución clara: Dios castiga destruyendo absolutamente sin dejar rastro alguno de maldad o cualquier signo de defecto moral. Ante la demanda de los hombres de que el Dios no fuera destructor, Él ofreció una tregua que consistió en que, si encontraban 10 hombres honestos, los pueblos serían perdonados. Sin embargo, no pudieron cumplir con lo pedido y Dios destruyó todo lo que había en ambos pueblos sin piedad alguna. Incluso ante algo tan humano como es la curiosidad, fue motivo de un castigo desencadenado por la ira divina. Cuando una mujer decidió voltear atrás, terminó siendo convertida en una estatua de sal y todo por hacerle caso a sus instintos de curiosidad.

Los modelos actuales de muchos países –algunos más que otros– están hechos sobre los retales de la cuenta pendiente. Están hechos sobre lo que quedó por cobrar y no sobre lo que está por construirse. No creo que ninguna sociedad ni comunidad sea capaz de ser construida dejando los crímenes sin castigo, pero sé y soy consciente de que cuando el futuro se amasa con odio y venganza, el resultado no solamente es una tormenta de destrucción, sino que a los seres humanos se les quita un componente fundamental para ser capaces de vivir: la esperanza.

Todo está planteado a una sola carta. No es posible compaginar la ruina moral con lo que es la limpieza espiritual. Los pecadores deben pagar, ahora y siempre. Y deben arder en el fuego divino, aunque al hacerlo ni se erradique el hambre ni la pobreza, ni redima ni haga que las víctimas vivan mejor. El actual, simplemente es un modelo en el que lo más importante es llevar a cabo la venganza. Después, lo más importante será encontrar la justicia que repare a las víctimas que, en este caso, tienen una doble afectación: cuando les robaron y cuando, al momento de ejercer la venganza en su nombre para reparar lo que les había sido robado, nadie se preocupa de que su vida mejore.

Curiosos tiempos los que nos han tocado vivir. Pero lo son básicamente por una razón: porque todo es un desafío, desde el punto de vista de las estructuras humanas. Porque, al final del día, que levante la mano quien sepa qué estamos haciendo al mandar a los colegios a nuestros hijos o qué van a aprender. Que levante la mano quien sepa qué, cómo y cuándo podremos colocar una alternativa moral a lo que –sin duda alguna– es una ruina. La política ha dejado de tener un significado constructivo. Las propuestas de construir sobre lo destruido han desaparecido y en estos momentos lo más preocupante es determinar hasta qué punto podrán ser capaces de aguantar las sociedades antes de que todo explote y con ello aflore lo peor de la condición humana.

Seguramente las cosas siempre fueron así. Pero ahora, la conectividad permanente en todas partes hace que la situación sea más notoria. Con independencia de quién gane o pierda las elecciones del próximo 6 de junio, me vienen a la cabeza lo que son las grandes cuestiones que son necesarias responder. Y es que, ¿para qué quiere ganar usted la elección? Tenemos que saber cuáles son las promesas y los programas que verdaderamente está dispuesto a cumplir. ¿El programa es sólo la destrucción? Porque, de lo contrario, necesitamos tener conocimiento si lo que busca es construir y con quién lo hará. ¿Quién, pese a haber sido un pecador, podrá ser perdonado? Tenemos que saber quiénes son los suyos y que éstos no sean simplemente un coro de odio y una tormenta de furia en nombre de lo que pasó, de lo que nos hicieron o de lo que nos hicimos.

A pesar de que el ver las jacarandas que florecen a lo largo de la Ciudad de México sea un motivo claro para seguir viviendo, este año no sé si las flores alcanzarán su resplandor que nos tienen acostumbrados. Pero lo que sí está claro es que el gusano –que no es de seda– está engendrado y, sobre todo, está creciendo en un producto en el que más que un cambio amable de estación, es el anuncio del estallido de todas las tormentas.

En cualquier caso, como la vida debe de estar guiada por la esperanza y el optimismo, lo que es una condición necesaria para ser capaces de sobreponernos ante las consecuencias de lo que nos hacen o ante lo que nos hemos hecho, quiero creer que esa primavera –que más bien parece un otoño– en vez de la caída de las hojas y del despoblamiento de las ilusiones por los cambios del clima, sea una explosión de nuevas y potentes semillas. Semillas que nos lleven a saber que, incluso tras la destrucción, en la historia de la humanidad siempre es posible la construcción. La gran pregunta es, ¿dónde o cuándo se acabará la época de los destructores y quiénes serán los nuevos constructores? A esto último, me apunto.

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