Año Cero

Juego de tronos

Mientras la lucha entre Oriente y Occidente continúa, China va ganando claramente la batalla.

Para sobrevivir, lo primero que se necesita saber es dónde está ubicado uno, cuál es el panorama que lo rodea, pero, sobre todo, cuáles son las guerras o conflictos que pueden –al margen de lo deseado– llevarse por delante los planes sobre el presente, sobre el futuro e incluso sobre una parte del pasado. Pero no le dé muchas vueltas, acabe como acabe, cuando todo esto termine y pase lo que pase con las vacunas, hoy el mundo tiene dos poderes y varios jugadores alrededor. En este sentido, resulta sencillo pensar sobre los tiempos en los que sólo dos países jugaban a la ruleta rusa para terminar con el mundo. Si bien el enfrentamiento era bipolar, este sistema permitió mantener un equilibrio –si bien de terror– sobre las armas nucleares entre los distintos bloques en la época de la Guerra Fría. Sin embargo, con el surgimiento del multilateralismo y de nuevos jugadores estratégicos en el mapa mundial, pareciera que los problemas se multiplicaron.

Hoy en el planeta hay más armas nucleares que nunca. Cada vez más países tienen en su poder esas ojivas capaces de causar una catástrofe mundial. Pero, sobre todas las cosas, en la actualidad tenemos una batalla planteada sobre el desarrollo material y la ideología capitalista corrupta enfrentada con la ideología liberalizadora comunista. Una batalla que, en cualquier descuido, podrá provocar que todos seamos iguales y despojándonos de todo lo que tenemos. Hoy también estamos ensartados en una guerra tecnológica a la que hemos ido avanzando y adentrándonos, abriéndole la puerta y permitiéndole entrar al enemigo hasta nuestra cocina.

El mundo bascula entre los restos que le quedan a Estados Unidos y los límites que se pueda autoimponer –mientras pueda– ese imperio medio llamado China. Luego, en el siguiente nivel, se encuentran otros jugadores que también tienen las capacidades de acabar con el mundo. Están Rusia, Irán y otros países que, si bien cuentan con armas nucleares y grandes capacidades de destrucción, no cuentan con los elementos necesarios para construir.

La clave del mundo por la que vamos a pasar y vivir se divide en dos grandes preguntas. La primera es: ¿cómo se puede construir el equilibrio de poderes entre Estados Unidos y China? La segunda es: ¿cómo será el juego para los demás jugadores? Mientras estas cuestiones buscan ser resueltas, Estados Unidos se va enfrascando en sus problemas, que son muchos y que adquieren un tono cada vez más peligroso. Entre los grandes conflictos que necesitan resolver los estadounidenses se encuentran, por ejemplo, sus enfrentamientos sociales, su desfase infraestructural o el desmantelamiento de sus tejidos sociales e industriales. Pero, sobre todos los anteriores, el principal problema de Estados Unidos es el hecho de no seguir siendo la primera potencia en términos de capacidad de construir bienes tecnológicos de consumo masivos y de tener cada vez más unos aeropuertos, autopistas, túneles y puentes del tercer mundo. Estados Unidos está sumido en una gigantesca y terrible batalla de desigualdades, habiéndose quedado, además, con todos sus modelos viejos.

El Partido Demócrata no sabe qué es lo que quiere ser de mayor y en este momento hay que preguntarse cómo van a coexistir las maneras de hacer política bipartidista. También tiene que definir cómo garantizar la mejor esencia de política estadounidense del presidente Biden, con todo el aventurismo que simbolizan Alexandria Ocasio-Cortez y los nuevos congresistas, quienes a su vez representan a la mayoría del actual Partido Demócrata. Mientras esto sucede, parece que el Partido Republicano ha dejado de existir. En el instante en el que decidió abrazar como un líder único al Führer Trump, el Partido Republicano perdió su lugar en el juego. Los republicanos estaban –y por momentos pareciera que siguen– al servicio de un hombre con una ideología extrema que no pretende la unión de su país, sino que su intención es propagar la segregación entre los ciudadanos estadounidenses. Una separación entre los buenos y los malos, entre aquellos que siguen una política y tienen una obediencia total a Trump y quienes –por tener una política más abierta e integradora– simplemente no son merecedores de ser estadounidenses.

Si uno observa la demografía se dará cuenta de que el problema de la inmigración va mucho más allá del lamentable incremento de niños que son abandonados o que no se les permite la entrada a Estados Unidos. Es un problema que también va más allá del cierre de la frontera sur. La realidad se encuentra en el hecho de que tanto México como Estados Unidos tienen delante un desafío inmenso en el que cada día que pasa se va incrementando el número de centroamericanos que pierden su vida en la frontera sur. La frontera del sur de México tiene unas condiciones más complejas que la frontera del norte. Primero, porque es una selva y, segundo, porque el único coladero para tener un mejor mañana pasa por moverse hacia el norte. Sin embargo, en este norte donde radica su posibilidad de tener una mejor vida, se han creado dos filtros militares tan férreos que terminarán siendo un factor dominante de la política migratoria estadounidense.

Estados Unidos no puede seguir luchando contra lo que es su primera necesidad. Los estadounidenses necesitan a los migrantes. Solamente en los aparceros de California son más de 200 mil migrantes los que garantizan seguir teniendo las verduras y todos los demás alimentos que se cultivan en las mesas y restaurantes de una gran parte del país. Este significativo número de trabajadores no podría ser sustituido ni por indios ni por chinos y sólo podrían ser cubiertos por los espacios comunes plasmados en el T-MEC.

El mensaje ha cambiado. El problema ya no es cómo evitar que lleguen los migrantes, el problema es sobre quién tiene que llegar y en qué condiciones. Y todo esto sucede tras el reconocimiento de un país que se ha hecho viejo y que no tiene intenciones de volver a trabajar. Un país cuyo futuro está –al igual que como sucedió en el comienzo del siglo 20– en rehacer todas las infraestructuras para poder ser competitivo con el país que claramente le ha ganado la batalla en el sector infraestructura y del desarrollo mismo: China. En los últimos 50 años los chinos han invertido tres veces más en cemento que todo el cemento que Occidente usó en los últimos cien años. No hay una provincia de China que hoy no cuente con un aeropuerto mejor o de condiciones similares al John F. Kennedy en Nueva York. Los túneles que pasan por el Yangtsé son nuevos. Los puentes son nuevos. Todo es nuevo en China. Lo único viejo es la ideología, el comunismo. 

Estados Unidos fue el país que lideró el siglo 20. China es la nación líder del siglo 21. Estados Unidos representa la victoria de los valores democráticos y la seguridad de la supervivencia del mundo libre. Lo que en el fondo Francis Fukuyama quería decir en su libro llamado El fin de la historia y el último hombre es que, al final, el mejor capitalismo es el comunismo. Hemos perdido la batalla no por la ideología, hemos perdido la batalla frente al trabajo y frente a la formación de las generaciones. Como consecuencia, tenemos sociedades revolcándose en el ocio y sin tener que trabajar. Sociedades basadas en la especulación en el sector de los servicios sin quererse manchar las manos, bajar a las minas o construir las carreteras. Estamos en manos de quienes han desarrollado la tecnología, tienen el dinero y, además –sin que nadie se dé cuenta– están comprando de manera paulatina África y América Latina.

El problema con China no son sus ojivas nucleares ni su Ejército. Ni siquiera la enorme tentación imperialista que pudiera surgirles en cualquier momento y que pusiera en peligro el mundo chino. La gran tentación de los chinos es no entender que tienen que ayudar a que exista un equilibrio de poderes que también los defienda frente a su propio éxito. De todas las guerras que ha ganado China, la peor, la más terrible y la que en peores condiciones la coloca, es la del coronavirus. Fuera o no el Covid-19 producto de un accidente, lo cierto es que vino de China. Pero en realidad saber de dónde vino tiene poca importancia, lo que sí tiene valor es que China es una sociedad que –gracias a su control absoluto sobre su sociedad– ha conseguido demostrar que para ser rico y feliz no sólo es posible siendo demócrata, sino que también un Partido Comunista puede mantener cohesionada una sociedad. Aunque sea por la fuerza, los chinos han demostrado tener control sobre su sociedad y han invertido las ganancias de su trabajo en hacer un país que –tren a tren, autopista a autopista y aeropuerto a aeropuerto– es superior a Occidente.

Lo que nos vaya o lo que nos tenga que pasar, nos sucederá en medio de ambas potencias. Por eso es muy importante empezar a contar con programas para estar lo mejor preparado posible. Sin una apertura hacia el Pacífico y sin un reforzamiento de los lazos con China, la posición de México seguirá siendo extremadamente débil. No sólo lo será por las razones políticas e ideológicas del actual Presidente, sino básicamente porque necesitamos la financiación, la fuerza y encaje geoestratégico para crecer y convertirnos en un país moderno. En México las revoluciones son recurrentes y siempre son pendientes. Llevamos 150 años de revolución esperando. Sin embargo, la única revolución que puede hacer que sea la última y la que de verdad cambie el país es la revolución del desarrollo, la de las infraestructuras. Y para eso es necesario combinar nuestros intereses con Estados Unidos, pero, sobre todo, establecer una política de apertura hacia China.

Cuando la guerra de las vacunas aminore su ritmo –cosa que pienso que ya está empezando a suceder–, cuando venga la normalidad, en la forma que sea, espero que hayamos sido lo suficientemente inteligentes para haber elegido bien. Espero que cuando todo esto suceda, México haya optado por haber seguido trabajando y por desarrollar un mundo de intereses y de verdades que ya no están esculpidas en fuego por los dioses. Y es que, en medio de este juego de tronos, ni Estados Unidos es un lugar seguro, ni es el único.

Mientras la lucha entre Oriente y Occidente continúa, China va ganando claramente la batalla.

En el primer trimestre de este año batió un nuevo récord. Creció 18.3, mientras Occidente trata de pagar las vacunas.

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