Año Cero

El día después

Lo que viene por delante, en el día después de esta crisis, es un trabajo difícil, pero indelegable.

Antes. Mucho antes del mes de febrero del año 2020, los Estados ya habían entrado en una etapa de cierre y liquidación acelerada. Este siglo, el del conocimiento, el de las comunicaciones, el que debía de haber sido el siglo de la cultura y la época de las luces y del nuevo renacimiento de los seres humanos, tuvo un mal comienzo. Una mañana luminosa de septiembre de 2001, las luces se apagaron. El siglo 21 nació con el ataque a las Torres Gemelas, pero, sobre todo, este atentado fue el adelanto de toda la oscuridad y la penumbra que nos esperaba en el siglo que está llamado a ser el siglo más brillante, desde el punto de vista de la comunicación humana. A partir de allí, el engrudo se hizo especialmente difícil de manejar. Se desarrollaron guerras sin sentido y todo volvió a ser como lo fue en el principio de los tiempos: matar en nombre de los dioses.

La crisis de los Estados empezó en una instancia moral, teniendo a la mentira como sistema de gobierno. La mentira, entre otras cosas, permitió la invasión de países como Irak y sucesos como la invitación en su momento del presidente George W. Bush a sus ciudadanos, sobre que la mejor manera de hacer patria en medio de una gran guerra, como fue la invasión a Irak, era yéndose de compras.

Llegó un momento en el que ni los principios ni los límites ni los códigos morales sirvieron para nada, lo que terminó llevándonos a la crisis económica de 2008. Una crisis motivada por muchas cosas, pero, sobre todo, porque tras haber pasado 20 años del inicio de la especulación, la transformación del desmontaje del tejido industrial y la sustitución por la especulación financiera, el mundo se transformó en uno dominado por los servicios. Este esquema piramidal de falsedades e ilusiones sin límite y sin control, provocó el estallido de una crisis de magnitudes superiores a la crisis económica de 1929. ¿La diferencia? Que una nueva generación de políticos –ya no los baby boomers– llegaban al poder y ellos establecieron que, por primera vez, un crimen se quedaría sin castigo.

La crisis de 2008 demostró que los ladrones y los causantes de esa crisis económica, en lugar de ir a la cárcel, podrían aprovecharse de nuestros impuestos, de nuestra hambre y de la pérdida de las hipotecas de algunos cuantos sin tener repercusión alguna. Además, la crisis de 2008 –que fue socavando a los Estados– es la madre de los hombres providenciales, como es el caso de Donald Trump. Es también la madre –unida a una época de sobredosis, incorrupción e impunidad– de ejemplos de victorias tan contundentes, como es el caso del presidente mexicano, quien es el mandatario de México con más votos obtenidos en la historia del país.

Un crimen sin castigo siempre es un mal ejemplo para las sociedades. Por eso, a partir de lo sucedido en 2008, todo cayó en una especie de efecto dominó: la ocupación de Wall Street; la ocupación y el levantamiento de los inadaptados del 15 de marzo de 2010 en la Puerta del Sol en Madrid; las crisis reiteradas de los Estados y, al final, lo sucedido en 2020. En febrero de 2020 –mientras el dilema era entre si el internet de las cosas lo dominarían o no los chinos– el mundo se preparaba, sin ser consciente de ello, a la llegada de un virus insolente. En ese momento no lo sabíamos, pero ese virus estaba destinado a destruir y a socavar –hasta las últimas consecuencias– el mundo que conocíamos.

Es difícil saber por dónde o cómo empezará el día después, cuando la pandemia o el Covid-19 no pase de ser más que otra influenza con pocas consecuencias sobre la salud y sobre el que tengamos que vacunarnos año con año. Lo que sí es evidente es la consecuencia inmediata que se producirá ante la desaparición del papel regidor de los Estados en la vida de las personas. Empiece como empiece el día después, hay que ser conscientes de que es imposible que este nuevo inicio se dé sobre la base de unos Estados que sean queridos, respetados y seguidos. Los Estados se agotaron antes de la pandemia y con la pandemia han sido los primeros que han muerto como consecuencia de su propia ineficiencia y bajo lo rimbombante de las promesas hechas. Y todo esto sucedió bajo el entendimiento de los Estados como el producto de generaciones de políticos que los han administrado en nombre de sus pueblos, muchas veces a merced de las urnas y otras simplemente a merced de la fuerza.

La crisis del Covid-19 ha demostrado muchas cosas: la más importante es que una clave fundamental de la organización social curiosamente está frontal y diametralmente opuesta a la democracia. Los países que contaban con una disciplina férrea y las capacidades tecnológicas adecuadas son los que han podido superar –aunque parcialmente– los primeros envites. Ante esto existe mucha gente que argumenta que, en China, el Covid-19 ha dejado de ser un problema, por dos razones: la primera es que –al conocer el origen del mal– ellos ya saben cómo combatirlo. La segunda razón es porque, al final del día, al contar con un sistema cuasi militarizado o militarizado por completo, han podido ejercer un control sobre su sociedad, sin la necesidad de dar ninguna explicación. Además de lo anterior, China cuenta con la tecnología necesaria para ejercer dicho control sobre su sociedad y asegurar el seguimiento de lo ordenado. El gobierno chino no sólo les ha controlado todos los movimientos a sus ciudadanos, sino que además les ha impuesto una forma de vida en la que han aprendido a convivir en espacios reducidos y con los elementos mínimos indispensables. Pero, fuera de este ejemplo de poder autoritario, los Estados han fracasado de manera estrepitosa en el manejo de este desafío, empezando por no poder garantizar nuestras libertades ni poder atender nuestras necesidades.

Necesitamos saber que el día después de la pandemia empezará por reconstruir los Estados y es ahí cuando se me eriza la piel. Escrito está en la Biblia que el colapso del pequeño Estado del primer rey de Israel, Saúl, trajo como consecuencia –mediante la intervención divina– el surgimiento de David, quien era un hombre fuerte. La llegada al poder de David demostró un hecho innegable: ante el colapso de las instituciones, todos los pueblos buscan refugio en un hombre fuerte que tome el mando sin importar los instrumentos utilizados. Un líder que nos controle, que nos diga qué tenemos que hacer y que ejerza un poder sólido. Desde que esto sucedió en Israel y hasta nuestros días, este siempre ha sido el devenir de todas las crisis institucionales y democráticas. Cuando las instituciones naufragan, aparece un salvador en la puerta y al final no importa todo el daño aparente que pueda causar, lo que importa es que podamos creer –aunque sea por unas horas– que él es la solución de todos nuestros males y que él será quien nos saque de la oscuridad y del abismo en el que estábamos metidos. De ahí el hecho de que la reorganización política a partir de este momento tendrá unas consecuencias –mismas que aspiro a desarrollar en el orden político y social de una manera más ordenada– que se parecerán ya no al caudillismo, sino al cesarismo más absoluto.

Hemos llegado a una situación en la que no tenemos más remedio que saber que la organización de los Estados tiene que venir de la organización de nuestras sociedades. Sin embargo, en este momento nuestras sociedades están organizadas, primero, por el miedo; segundo, por la necesidad y, tercero, por la demanda permanente de que alguien tome las riendas de esta pesadilla que parece no tener fin. Una pesadilla que implica el hecho de que nos hayan quitado todos nuestros derechos y que nosotros –al parecer en una extraña coordinación casi universal– hayamos dejado que esto sucediera. Nos pueden encerrar en nuestras casas, poner una mascarilla, inyectar vacunas o cualquier cosa en nombre de salvarnos la vida y, nosotros, estaremos dispuestos a que esto suceda sin mayores problemas y sin mayores consecuencias.

Si el hombre es capaz de sacrificar la libertad que tantos siglos le ha costado construir y obtener, ¿cómo no será capaz de sacrificar lo que sea a cambio de que alguien sepa qué es lo que se tiene que hacer y que le garantice poder seguir viviendo en la burbuja del desconocimiento? Existen muchas razones que explican la crisis a la que nos enfrentamos. Estos motivos empiezan por un camino iniciado por la soberbia del 11 de septiembre de 2001, seguido por la podredumbre moral, continuado por la destrucción y la rapiña sin límite de la crisis económica de 2008, y, finalmente, se consolida en la crisis sanitaria que estamos viviendo. Y todo esto sucedió para demostrar lo frágiles que eran esas murallas inaccesibles que creíamos haber construido para garantizar la preservación de los Estados. Simplemente bastaba la lluvia de una pandemia para que esas murallas se deshicieran como un terrón de azúcar en el agua. Los Estados no eran de piedra ni eran de hierro, eran de cartón piedra y –como suele suceder con la organización social– estaban construidos por las necesidades de seguridad, de sueños y por la incapacidad para enfrentar las verdades que construimos.

¿Qué sigue a partir de este momento? Francamente creo que la reorganización social del día después de la pandemia va a pasar por una serie de hombres fuertes y por el intento de reconquistar unas libertades que ninguno hemos defendido y que fácilmente hemos entregado a cambio de la promesa fracasada y fallida de que iban a salvarnos la vida y a cuidar de nosotros. Hemos llegado a un punto en el que lo primero que tenemos que saber es lo necesario, que es reconstruir los focos de nuestra apagada organización social. Pero tenemos que estar alertas, ya que –ante la crisis inminente de los Estados y sus instituciones–, si no tenemos el debido cuidado en este proceso, estaremos en manos del primer dictador que convenza a la mayoría de la nación sobre que él sabe lo que es necesario hacer.

Lo que viene por delante, en el día después de esta crisis, es un trabajo difícil, pero es un trabajo que es indelegable. Es un trabajo que nos corresponde a todos los ciudadanos del mundo y que además debe de tener como base el hecho de que en algún momento lo tuvimos todo y que todo lo fuimos perdiendo casi de manera instintiva. Es un trabajo que solamente es posible hacerlo si se acepta que perdimos las grandes conquistas sociales simplemente porque no supimos defenderlas o porque las entregamos sin ninguna contraprestación. Lo más difícil del primer día después es saber, como en su momento le pasó a Noé, que el mundo ha fenecido bajo las aguas y que es necesario volver a construirlo. Sólo que en esta ocasión tendremos que construirlo sin la promesa que Dios le hizo a Noé, sobre que no volvería a destruir nuestro mundo.

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