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El negocio de la fama

Hace un par de años, una encuesta realizada en Estados Unidos y el Reino Unido reveló que cerca del treinta por ciento de los niños querían ser YouTubers de grandes, en comparación con once por ciento, que querían ser astronautas. No debería de sorprendernos que hoy miles de pequeños crezcan con aspiraciones de convertirse en influencers.

Un influencer por definición, es una persona con la capacidad de influir en los compradores potenciales de un producto o un servicio, promocionando o recomendando artículos en las redes sociales. Se puede debatir quiénes son los influencers más importantes de hoy, si nos basamos en los mejores pagados, Cristiano Ronaldo encabeza la lista, seguido por Selena Gomez, Kylie Jenner, Leo Messi y Dwayne ‘The Rock’ Johnson. Lo que es interesante de esta lista es que Cristiano y Messi son futbolistas, The Rock es actor, Selena Gomez cantante y actriz y Kylie, ahora empresaria que nació en una de las familias más notorias de Hollywood y ha acaparado la atención mediática de la última década. Así que aunque tienen profesiones distintas, todos tienen un factor común: son famosos.

La fama se ha vuelto una aspiración en las generaciones más jóvenes, antes la fama venía como consecuencia de un logro, de ser influyente en una carrera o profesión, pero hoy es efímera, accesible y codiciada. No hay una sola fórmula o camino para obtenerla, las redes sociales permiten que cualquier persona o acontecimiento se vuelva viral de la noche a la mañana. Y claro que la democratización de las voces y la información es algo positivo, el problema es cuando la voz de un influencer se percibe igual de confiable que la voz de un experto. Por ejemplo, el consejo de un doctor, alguien que estudió durante años, se especializó, trata pacientes y respalda su punto de vista basado en la experiencia y la ciencia, ahora tiene el mismo peso que la voz de un influencer que recomienda o promociona algún tratamiento sin estar al tanto de las consecuencias ni de los efectos secundarios.

Además, hay profesiones con propósito, como los médicos, que hacen el Juramento Hipocrático de no causar daño, o los periodistas, que realizan su profesión con la misión de buscar la verdad e informar al mundo. Un médico o un periodista se pueden convertir en influencers al ser extraordinarios en su profesión, pero su propósito va más allá. ¿No sería un mejor ejercicio enseñar a las futuras generaciones a encontrar su propósito y volverse extraordinario en ello? Claro que la fama trae dinero y notoriedad como consecuencia, pero ¿la fama debería ser una meta como tal? ¿Y no una consecuencia de singularidad?. El negocio de la fama seguirá evolucionando, será interesante ver cómo evolucionan los propósitos y las aspiraciones de las próximas generaciones.

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