Análisis sin Fronteras

Lecciones aprendidas del primer año de Biden

El reto más importante que en este momento enfrenta el presidente Biden no es el Partido Republicano ni Donald Trump.

A un año de que tomó protesta como presidente Joe Biden, la presidencia de Trump debería de verse por un retrovisor como una breve pesadilla que no dejaría una rayadura permanente en la carrocería. En 365 días del gobierno de Biden, sigue la interrogante de si, los cuatro años de Trump, a largo plazo dejaron un daño permanente en la democracia, gobernabilidad y seguridad del vecino.

Y si algo podemos subrayar a un año de no tener a Trump como presidente es que su figura fantasmal sigue más que presente, a pesar de que su presencia es mínima en las redes sociales y los medios de comunicación. Pero él y sus seguidores son como la mala hierba, casi imposible de erradicar.

Y a un año, Joe mantiene uno de los niveles de aprobación más bajos de un mandatario estadounidense, con la excepción de su predecesor, Donald Trump. Esta semana en el portal fivethirtyeight.com, en su resumen de encuestas diarias, Biden solo llega alcanzar un 42 por ciento de aprobación, con más de 52 por ciento de desaprobación.

La pregunta es por qué.

La economía del vecino crece enloquecidamente y se sigue inyectando efectivo (aunque menos) para apoyar a la población. Y aunque hay un nivel histórico de inflación (al igual que México), en este momento técnicamente no hay desempleo en Estados Unidos (esto no es el caso en nuestro país.) Una lección importante es que, aunque crezca la economía, no es suficiente para reducir la ansiedad generalizada y cambiar la percepción de la población de que Biden es un presidente débil.

Para el presidente la semana pasada fue la más difícil desde que tomó protesta el 20 de enero de 2021. No solo la Suprema Corte publicó una decisión que anuló una orden del gobierno federal, donde las empresas podían exigir vacunas a sus trabajadores, además se publicó cuando se vive una nueva ola de COVID-19, gracias a la cepa ómicron, que de nuevo está pintando de rojo/morado el país. Además de la decisión de la Corte, empieza a verse una de las grandes debilidades de esta administración: un problema fundamental de comunicación de sus asesores de salud sobre cuál será el nuevo protocolo para enfrentar la ola de ómicron. No saber comunicar, en situación de crisis, obviamente se traduce en confusión para la población y por ende en debilidad del gobernante.

Pero probablemente el reto más importante que en este momento enfrenta el presidente Biden no es el Partido Republicano, ni Trump. Los autores de la crisis que vive la presidencia Biden, a un año de tomar protesta, son los legisladores demócratas y la división en el partido. La agenda legislativa del presidente de proteger el derecho al voto y de asegurar un programa de infraestructura “Build Back Better” se estancó en el Senado. Y Biden, quien fue legislador por 36 años, no ha podido encontrar una forma de negociar con dos senadores que básicamente están saboteando su legado histórico. Otra lección importante: es poco lo que puede hacer un presidente con un partido dividido.

Más y más surgen cuestionamientos de qué va a suceder en las elecciones intermedias de 2022. Los pronósticos no favorecen a los demócratas. De perder la Cámara alta en noviembre, no solo termina la administración Biden, casi asegura que el expresidente Donald Trump no solo busque la candidatura, sino que aumenta la posibilidad que sea electo, por más insólito que parezca.

Otra lección importante para la democracia estadounidense fue la prohibición de que Donald Trump pudiera acceder a las redes sociales. Pero esto lo ha debilitado temporalmente ya que continúa siendo uno de los políticos estadounidenses que más influencia tiene sobre la gobernabilidad en Estados Unidos. Y su influencia sigue dividiendo a los estadounidenses, al punto de que los seguidores de Trump insisten en que las elecciones fueron fraudulentas y que se justificaba el ataque del 6 de enero al Capitolio.

No es claro si Trump, sus hijos y los asesores más cercanos enfrentarán tribunales y sufrirán las consecuencias de su estrategia pública de destruir los fundamentos básicos de la democracia estadounidense. El balconearlos a corto plazo no garantiza que se detendrá a Trump en 2024. Pero la historia tiene esa gran capacidad de educar a futuras generaciones. Eso en sí justifica todos los esfuerzos de investigar y documentar y posiblemente enjuiciar a los que pusieron en jaque los conceptos mas básicos de la democracia estadounidense.

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