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06/05/2020
Actualización 06/05/2020 - 15:42

En 1944 los soldados estadounidenses empezaban a regresar del frente. La mayoría de los economistas (incluso dos que obtendrían el premio Nobel) auguraban un desastre: no habría trabajo para los diez millones que volverían a la vida civil, ni para los diez millones que laboraban en la industria militar. Sugerían que las mujeres obreras regresaran a las labores domésticas y proponían repetir los programas de empleo público de antes, que no habían servido de mucho pero permitían crear clientelas políticas.

La deuda pública y la inflación no debían seguir subiendo. El consumo y la inversión privada estaban por los suelos y era claro que no se podía continuar con el control de precios, salarios y tasas de interés, ni con el racionamiento de ciertos productos.

El presidente Franklin D. Roosevelt no entendía que la demanda agregada ya no impulsaba a la economía, pero una nueva mayoría republicana en ambas cámaras redujo las altísimas tasas impositivas y ajustó el Presupuesto. El ingreso fiscal se redujo en un 11 por ciento y el gasto público pasó de 55 por ciento del PIB a 16 por ciento (entre 1944 y 47). Al mismo tiempo, los recursos que ya no se usaron para pagar a la milicia o comprar municiones, fluyeron exitosa y rápidamente hacia la inversión privada (que creció 223 por ciento) y hacia el consumo, que se duplicó. Los bonos de guerra maduraron llevando doscientos mil millones de dólares a los hogares.

En dos años se crearon doce millones de empleos. A los soldados desmovilizados, la ley G.I. les brindó hipotecas garantizadas y créditos para cursar estudios superiores o poner pequeños negocios.

Los americanos de todos los niveles sociales mejoraron, los sindicatos se fortalecieron y empezó a disminuir la discriminación hacia las mujeres y los negros. La clase media se multiplicó y comprendió tanto a los obreros como a los que estaban en la nueva economía de servicios (oficinistas, vendedores, maestros, enfermeras, profesionistas). Gran parte de la industria y de la población migró hacia el litoral del Pacífico (Los Ángeles llegó a tener más habitantes que Nueva York) y hacia el 'cinturón del Sol', haciendo crecer a ciudades como Phoenix, Houston, Atlanta o Miami. El sistema interestatal de autopistas (64 mil kilómetros), los autobuses Greyhound y el crecimiento de la aviación comercial facilitaron la movilidad de las personas y las mercancías.

Surgieron las vías rápidas, los suburbios, los centros comerciales y los restaurantes de comida rápida. La vivienda prefabricada y las hipotecas accesibles permitieron a millones hacerse de casa propia; el crédito al consumo hizo fácil llenarla de electrodomésticos. Las parejas se animaron a tener muchos hijos (dando lugar al baby boom). Los hospitales y escuelas públicas mejoraron y las universidades añadieron nuevos campos. Sus investigadores desarrollaban nuevas tecnologías en todos los campos de la ciencia.

El país inteligentemente ayudó a reconstruir Europa (Plan Marshall) y Japón, y fue decisivo para eliminar las restricciones cambiarias y para levantar un sistema de pagos multilateral (FMI). Las deudas pudieron así negociarse con flexibilidad y el flujo de bienes y servicios a través de las fronteras se incrementó, abriendo nuevos mercados.

El conflicto en Corea y las amenazas de la Guerra Fría los llevó a desarrollar armas sofisticadas, a mantener capacidad de fuego y a crear la posibilidad de proyectarlo a cualquier rincón del planeta para defender al 'mundo libre'. También a promover iniciativas multilaterales para el desarrollo (UNCTAD y Alianza para el Progreso).

Un cuarto de siglo después de haber derrotado a las potencias del Eje, Estados Unidos representaba 35 por ciento de la riqueza del mundo industrial y era tres veces más grande que la siguiente economía. Su productividad (en términos de producción por hora y por unidad de energía) era la más alta. La agricultura y las plantas fabriles estaban automatizadas. Sus conglomerados industriales abrían filiales en otras naciones y sus marcas eran apreciadas por su calidad. Hollywood y la televisión llevaban su cultura a todas partes. Había ganado la carrera espacial.

A principios de los setenta los americanos eran un pueblo orgulloso de las oportunidades que tenían y de su papel en el mundo; veían el futuro con gran optimismo. La nostalgia por esa etapa es lo que Donald Trump explota cuando convoca a “hacer América grande otra vez”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.