Quedarse allá
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Quedarse allá

17/04/2019
Actualización 17/04/2019 - 14:36

Al terminar la Segunda Guerra Mundial el Programa Bracero funcionaba aceptablemente, dentro de los parámetros y para los objetivos para los que se había creado.

Para los mexicanos del Occidente (principalmente de Jalisco, Michoacán, Zacatecas y Guanajuato) era la oportunidad de contar con un ingreso relativamente estable, que aliviara la pobreza a la que los condenaba el declive de la minería y la improductividad del campo. Para los empleadores estadounidenses era la posibilidad de disponer de una mano de obra dócil y barata, en un momento de expansión económica.

Sin embargo, paulatinamente su éxito se convirtió en problema. La expectativa que despertó aquí superaba con mucho las cuotas autorizadas. Allá no se previó su participación fuera del sector primario. La abundancia de personal en la industria, el comercio y los servicios presionó a la baja los salarios y los enfrento con los soldados desmovilizados. Los que regresaban de la guerra como héroes no encontraban ocupación con mejores sueldos que en la milicia.

El gobierno enfrentó esa circunstancia de muchas formas. Por una parte se dejaron contingentes estacionados en Europa y en Asia, y estos últimos participaron en la Guerra de Corea. En territorio estadounidense se mantuvieron los cuarteles y bases a pesar de que la amenaza externa había disminuido y la tecnología iba desplazando a los destacamentos tradicionales de infantería. A otros los pusieron a completar la red de autopistas, a la que se le dio carácter de estratégica. La mayoría aceptó becas para continuar sus estudios o empleos gubernamentales, que al menos eran seguros y contaban con múltiples prestaciones.

La realidad era que la migración se había desordenado. Los cinco millones que habían entrado mediante el programa y otros cinco millones que cruzaron ilegalmente la línea fronteriza estaban llevando a sus familias. Se había establecido firmemente una cultura de migración al Norte y, en paralelo, una industria de tráfico indocumentado (los 'coyotes').

Los mexicanos eran cada vez más visibles en las ciudades y provocaban distintas reacciones. Las organizaciones religiosas los ayudaban a establecerse. Los sindicatos intentaban cerrarles el acceso a los trabajos, aunque algunos los vieron como la salvación frente al declive de su membrecía. Las cámaras de comercio y los clubes de servicio daban la bienvenida a la aparición de sus pequeños negocios. Ciertos grupos comunitarios los tachaban de viciosos o delincuentes, proponían reglamentos contra la vagancia y exigían que la policía los sacara de los centros comerciales. Lamentablemente a ellos se unieron organizaciones de defensa latina (como Lulac), que se oponían a los ilegales alegando que perjudicaban a los ya establecidos. Incluso los granjeros empezaron a preocuparse cuando surgieron sólidas agrupaciones (como la de César Chávez) que buscaban mejorar la situación laboral de los campesinos.

Los migrantes mexicanos ya eran percibidos como disruptivos y se exigía que se les aplicaran estrictamente las leyes migratorias. Con la llegada del general Dwight D. Eisenhower a la Casa Blanca, empezaron las redadas masivas, organizadas militarmente, ya no sólo en las zonas fronterizas sino aún en los barrios mexicanos. Miles de compatriotas pasaron a vivir escondidos, con temor de ser interceptados en el trayecto de sus trabajos, dejando de ir a los parques o a los templos.

Las cosas hubieran seguido así de no haberse intensificado la Guerra Fría. La posibilidad de que la Unión Soviética extendiera su influencia en América Latina a partir de Cuba llevó al gobierno de John F. Kennedy a proponer una Alianza para el Progreso (Alpro). Buscaba financiar todo tipo de proyectos (desde reformas agrarias hasta la creación de empresas o la construcción de escuelas y hospitales).

México resultó especialmente favorecido porque se vio al Programa como un medio para fomentar el empleo local y disminuir la migración. Con fondos de la Alpro se construyeron las unidades habitacionales Nonoalco-Tlaltelolco y Kennedy. También se usaron para pavimentar con concreto hidráulico las avenidas Fray Servando Teresa de Mier, Paseo de la Reforma, Viaducto Miguel Alemán y el Periférico (de Reforma a San Jerónimo), exactamente la ruta que siguió el popular presidente Kennedy durante la triunfal visita que hizo a nuestra capital en junio de 1962.

A su muerte, Lyndon B. Johnson, demasiado ocupado con la guerra de Vietnam y los movimientos pacifistas y de derechos civiles, no pudo evitar una nueva oleada antiinmigrante, que se tradujo en la cancelación del Programa Bracero y la restrictiva legislación de 1965.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.