Guerra incivil
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Guerra incivil

24/06/2020
Actualización 24/06/2020 - 7:35

Contra de lo que suponen algunos, la Guerra Civil en Estados Unidos (1861-65) no fue sólo una lucha de esclavistas contra no esclavistas. De hecho, en la Unión había estados que permitían esa práctica (Arizona, Nuevo México, Oklahoma) y cuatro estados con cautivos (Maryland, Delaware, Kentucky, Missouri) no participaron en la secesión.

Ciertamente había recalcitrantes promotores del racismo y esclarecidos defensores de la igualdad, pero, en general, los soldados en los dos bandos eran indiferentes al tema. En todo caso, los del Norte opinaban que las estructuras del Sur eran un anacronismo, incompatible con los valores republicanos, pero no deseaban cambiarlas bruscamente porque las economías de ambas regiones eran complementarias.

No todos los que defendían la esclavitud eran supremacistas. Lo que realmente preocupaba es que eliminarla de tajo mermara su forma de vida. Temían además que los liberados no se integraran: en Haití había habido una masacre de la población blanca. Fue cuando las tensiones escalaron cuando unos y otros se etiquetaron con fines propagandísticos.

El desafecto había ido creciendo desde mucho tiempo atrás. Con mayores recursos naturales, agricultura mecanizada, industria moderna y ciudades vibrantes, el Norte prosperaba. El Sur se empobrecía a pesar de que el algodón se pagaba cada vez mejor. Cuando construyeron sus propios puertos, el gobierno central impuso tarifas que anulaban sus ganancias. Los del Sur acababan de perder la mayoría parlamentaria que, durante tres décadas, les permitió mantener bajos los aranceles y hacerse de una clientela propia en Europa. La perspectiva era que no volverían a tener fuerza para promover leyes y políticas a su favor, porque el 71 por ciento de la población vivía en la parte septentrional y eso les daba más escaños.

El Sur dependía de la agricultura extensiva en mano de obra barata y tenía mucho capital invertido en cautivos. Acusaba al Norte de incitar rebeliones y de no cumplir con la ley que ordenaba capturar y regresar a sus amos a los esclavos fugitivos.

Veía las políticas abolicionistas como un pretexto para mantenerlos subyugados y evitar su expansión hacia el oeste del Mississippi, para que tuvieran una salida al Pacífico. Tampoco creían conveniente un banco y una moneda nacionales o el tren Transcontinental, que pretendían construir aquellos.

Divisionismo

Por eso se propagó el movimiento en reivindicación de la soberanía de los estados. Empezó a difundirse la idea de crear una nación propia. Algunos hasta soñaban con convertirse en un imperio. La agrupación conocida como “Los caballeros del círculo dorado” planeaba apoderarse de todo el territorio comprendido en un círculo de 2,400 millas de diámetro, cuyo centro era La Habana e incluía a México, el Caribe, Centroamérica y el norte de Sudamérica.

Los secesionistas razonaban que, así como cada estado decidió libremente ser parte de la federación, podía separarse cuando quisiera, mientras que los otros argumentaban que los padres fundadores habían establecido una unión “perfecta” y que se debía respetar la Constitución.

Todos esos agravios y disputas hicieron explosión en las elecciones presidenciales de 1860. El partido Demócrata llegó tan dividido que tuvo dos candidatos. Los del Sur estaban por mantener la esclavitud y en el Norte unos proponían abolirla por la fuerza (“war democrats”) y otros, dejar que cada estado lo decidiera (“peace democrats”). En el nuevo partido Republicano algunos exigían la abolición inmediata y otros (incluyendo a Abraham Lincoln) pensaban en un proceso gradual, evitando por lo pronto que siguiera extendiéndose. Al Partido de la Unión Constitucional le importaba mantener la unión, con o sin esclavitud.

Lincoln ganó, pero apenas con el cuarenta por ciento de los votos, casi todos del Norte, porque en el Sur lo eliminaron de las boletas. Como habían amenazado, siete estados se declararon Estados Confederados de América.

Para sosegar los ánimos, en su discurso de toma de posesión el nuevo presidente les dijo: “No tengo el propósito, directo o indirecto, de interferir con la institución de la esclavitud en los estados donde existe. Creo que no tengo derecho a hacer eso y no tengo inclinación a hacerlo”.

De nada valieron los gestos conciliatorios. Los confederados empezaron a tomar fuertes y oficinas federales, iniciando las hostilidades. Lincoln calculó que sofocaría la rebelión rápidamente. Como no lo consiguió, proclamó la emancipación, más que nada para afectar la producción enemiga.

Las heridas se hicieron más profundas y, hasta hoy, siguen sin cicatrizar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.