¡Aleluya!
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¡Aleluya!

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¡Aleluya!

02/01/2020

En la Alemania del siglo XVII la profesión de cirujano-barbero era muy prestigiosa y los que la practicaban se podían rozar con la nobleza. Por esa razón, el papá de Jorge Federico Handel quería que su hijo menor, que nació cuando él ya era sexagenario, se dedicara al derecho. Con dichos estudios y sus relaciones con gente de la “high” el futuro de su retoño estaba asegurado.

Pero a Jorge Federico no le latía eso de las leyes y, en cambio, le encantaba tocar instrumentos musicales. A escondidas se salía de la casa mientras su papá dormía y se iba al bosque con un pequeño clavicordio, que había comprado con el dinero que le daban por hacer mandados. No contento con ello, convenció a un maestro para que le enseñara a pulsar el órgano y el clavecín.

Una vez, cuando tenía 13 años, acompañó a su padre a atender las necesidades estéticas del duque Juan Adolfo I y, como quien no quiere la cosa, se fue acercando al taburete del órgano del palacio y sorprendió a todos con su forma de interpretar una pieza muy difícil. Su papá se puso verde y casi degüella al duque, con el que se disculpaba repetidamente. Pero él estaba feliz y le preguntó al muchacho qué regalo quería por su hazaña, ofreciéndole una montura para caballo o una fina capa. El chamaco lo tenía claro y le dijo al duque que lo que verdaderamente deseaba eran unas clasecitas de composición musical.

El duque lo mandó con el mejor organista de Sajonia. En poco tiempo Jorge Federico dominó la armonía, el contrapunto y la lectura de partituras. De paso aprendió a tocar oboe, violín y clave. A partir de entonces, cada vez que su progenitor iba a cortar la barba del duque, este organizaba recitales, invitando a personajes cada vez más importantes, llegando a asistir nada menos que Federico I de Prusia.

Por complacer a la familia, empezó a estudiar jurisprudencia y simultáneamente era el organista de la catedral de Halles. En unos meses, el joven genio abandonó la escuela y se fue a Hamburgo a trabajar en la orquesta de la ciudad. Ahí publicó sus primeras óperas, que era el género musical en boga.

A los 21 años ya era famoso y los hermanos Médici, que querían convertir a Florencia en la capital musical de Europa, se lo llevaron a esa bella ciudad y fueron sus mecenas un tiempo. En Italia empezó a componer música sacra y terminó su primer oratorio. Como en la ópera, en los oratorios se alternan pasajes instrumentales, coro y solistas, pero sin puesta de escena, vestuario o decorado.

A los 25 años, ya exitosísimo, se mudó a Londres, bajo los auspicios de la reina Ana. Ahí compuso un montón de cantatas y operas. El rey Jorge I lo naturalizó inglés y lo nombró director de la Royal Academy of Music. Para la coronación de Jorge II, Handel creó los himnos que se siguen cantando cada vez que hay un nuevo monarca.

Gracias a que se convirtió en el primer compositor económicamente independiente de la historia, y a que tenía talento lo mismo para dirigir la orquesta que para obtener financiamiento y promover, tuvo oportunidad de experimentar todo lo que quiso. Sin embargo, la ópera empezó a pasar de moda y los británicos le pedían hacer algo “más inglés”. Fue entonces que compuso sus principales oratorios.

El Mesías

Tenía 52 años cuando sufrió un derrame cerebral que le paralizó la mano derecha y le impidió seguir tocando. Pero él no se dio por vencido. Contra la recomendación de sus médicos, se daba baños de agua caliente de muchas horas. Poco a poco recuperó el movimiento y volvió a interpretar las piezas que más le gustaban.

Curado milagrosamente decidió ya solo seguir haciendo oratorios con temas bíblicos. Los libretos, es decir, la selección de versos cortos de las Sagradas Escrituras encadenados sin ruptura, se los hacía su compañero de la escuela y gran amigo Charles Jennens, un terrateniente muy culto que impulsaba las artes, difundía la literatura y estaba empeñado en transmitir la doctrina cristiana a través de la música.

Entre los muchos textos que le envió estaba El Mesías, inspirado en historia de Jesús, el Salvador profetizado en el Viejo Testamento. Estaba pensado para presentarse durante las celebraciones del domingo de Pascua. A Handel no le interesó mucho y lo arrumbó en un cajón,

Tres años después, cuando se recuperaba de la hemiplejia, volvió a leer las fojas manuscritas de Jennens y le entró de repente un gran entusiasmo por musicalizarlo.

Sin apenas comer o dormir se encerró seis días en su cuarto a componer las dos horas y media de la que se considera su obra maestra. Una vez ensambladas las notas musicales, tardó otras tres semanas de frenético trabajo para armonizar la parte sinfónica con los coros en contrapunto y la combinación de solistas (soprano, mezzosoprano, bajo, alto, tenor y contratenor) que nunca se había intentado.

Como era su costumbre, le envió las partituras a Jennens para que le ayudara a corregirlas. Esa vez decidió no hacer caso a las sugerencias de su amigo y las dejó como estaban. Charles, que tenía un carácter difícil, no se molestó porque sabía que Jorge Federico era un genio.

Sublimemente dirigido por él, El Mesías se escucho por primera vez el 13 de abril de 1742 en Dublín. Pronto pudieron apreciar su gracia melódica en otras partes. En agradecimiento al Creador por haberlo curado, le cedió los derechos de reproducción y ejecución a los hospitales católicos de Irlanda.

En 1759, cuando ya ya tenía 74 años y había quedado ciego por las cataratas, se desmayó después de dirigir El Mesías y murió horas después.

En la época navideña se interpreta mucho la parte del oratorio en que se repite la expresión jubilosa “Aleluya, Aleluya”, con coros, trompetas y timbales. Vale la pena aprovechar el descanso de fin de año y escuchar la pieza completa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.