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Las discusiones en la Conferencia de Seguridad en Múnich sólo permitieron llegar a tres conclusiones: la guerra en Ucrania está estancada, el apoyo de EU es incierto y no hay forma de que los europeos acuerden una posición común.

Confundidos y pesimistas salieron los asistentes a la Conferencia de Seguridad en Múnich la semana pasada. Las discusiones sólo permitieron llegar a tres conclusiones: la guerra en Ucrania está estancada, el apoyo de Estados Unidos es incierto (lo será más si en noviembre triunfa Donald Trump) y no hay forma de que los europeos acuerden una posición común.

Es lo contrario a lo sucedido en la conferencia de hace dos años, cuando parecía haber una Europa más asertiva. Todos tenían un enfoque constructivo y creían factible un frente común ante a la agresión rusa.

En aquella reunión hubo consenso sobre el nuevo concepto estratégico de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ya no aceptaría misiones de gestión de crisis o de seguridad cooperativa. Después de las desastrosas experiencias de Libia y Afganistán, que minaron su credibilidad, ya no desplegaría tropas a miles de kilómetros y evitaría proyectar fuerza en los escenarios de la confrontación geopolítica no europea.

Tampoco se relacionaría con la Liga Árabe o con la Unión Africana, ni se implicaría en proyectos de institucionalización (national building), de intervención humanitaria o en otros aspectos no militares de la seguridad. Dejaría esas tareas, y la lucha contra el terrorismo, a otros agentes de la Unión Europea, dentro de la iniciativa Brújula Estratégica.

Para ello se constituiría en 2025 un grupo de batalla reforzado (fuera de la alianza) que, como de costumbre, los miembros comunitarios no han podido poner en operación.

La OTAN sería sólo una institución de defensa, para repeler agresiones. Para lograrlo, se requería reactivar a los ejércitos y a las industrias militares, que habían declinado al terminarse la Guerra Fría.

Ahí empezó el problema

Los países limítrofes de Ucrania volcaron sus recursos al rearme y al reforzamiento de fronteras. Otros, cercanos, como Suecia y Finlandia abandonaron la neutralidad. Los demás, que no se sintieron tan amenazados, fueron reticentes en incrementar su gasto militar hasta los niveles necesarios. Entregaron mucho del material bélico anticuado que tenían a Ucrania, pero no han invertido para volver a surtir sus arsenales con armamento moderno.

En teoría, la Unión Europea promovería la cooperación tecnológica en el sector militar, pero en la realidad, llevan años intentando desarrollar un avión caza y no hay para cuando lo echen a volar. Cada quien produce lo que quiere y compra lo que se le ocurre. Ni siquiera pueden compartir las municiones porque no las han estandarizado.

Los grandes beneficiarios son los americanos, que se han conservado en la vanguardia de la tecnología militar y son muy reticentes a transferirla a sus aliados. Bajo las regulaciones de control del comercio de armas (ITAR), para que Estados Unidos autorice la venta de miles de productos, desde submarinos hasta electrónica de aviación o de proyectiles, hay innumerables restricciones y se tiene que obtener la autorización de los departamentos de Estado, Comercio, Defensa y Seguridad Interna.

Encima de eso, la política industrial de Joe Biden (leyes de Sustentabilidad, Desarrollo de Semiconductores y Reducción de la Inflación) redujo impuestos y llenó de subsidios a la industria, además de privilegiar las compras domésticas (“Buy american”). Claramente, con demócratas o republicanos, Estados Unidos se está orientando a la autosuficiencia y al proteccionismo.

La dilatada aprobación de la nueva ayuda militar a Ucrania es un indicador de que en el Capitolio no están dispuestos a seguir sosteniendo un esfuerzo presupuestal tan grande. Aunque lo nieguen, tampoco los europeos lo están.

Están abrumados con la inflación y las protestas sociales que produce. La población del continente está convencida de que las sanciones a Rusia fueron contraproducentes. Mientras que Moscú consiguió rápidamente nuevos clientes (China, India y Turquía) para el gas que antes vendía a los europeos, ellos no han podido regularizar su abasto y le están comprando el combustible a los americanos a un precio cuatro veces superior al que pagan los consumidores de ese país.

Las industrias intensivas en energía están trabajando a medio vapor. Este invierno resultó menos frío y no hubo tanta escasez de gas, pero los alemanes están advertidos de que en cualquier momento puede haber apagones que los dejen sin iluminación, teléfonos, computadoras y calefacción. La Oficina de Protección Civil ya tiene organizadas redes de distribución de agua y alimentos para una emergencia.

Alinear los intereses de Estados Unidos con los de sus aliados europeos se ve imposible, cuando ni siquiera entre ellos han podido convenir su propia defensa.

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