Los mexicanos seguimos descifrando el operativo militar del fin de semana pasado y tratando de vislumbrar las posibles consecuencias de la muerte de Nemesio Oseguera “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), dentro de las cuales está la sucesión del grupo delictivo.
A partir de los sucesos del 22 de febrero, la violencia escaló con velocidad y de manera coordinada en diversos estados de la República, demostrando el poder y comunicación que existe entre los brazos regionales del CJNG.
Adicionalmente, sucedió algo novedoso —y muy preocupante— tratándose de crimen organizado: la “narcoguerra informativa”.
En cuestión de horas, comenzaron a circular imágenes y videos que mostraban ciudades enteras bajo fuego, enfrentamientos armados y convoyes incendiados. Hoy sabemos que muchas fueron generadas con IA o tomadas de lugares y contextos distintos.
Adicionalmente, bots de redes sociales o páginas sensacionalistas comenzaron a construir toda una narrativa que afirmaba que los aeropuertos estaban cerrados; que existían ciudades turísticas destruidas; o bien, que los vuelos estaban suspendidos por todo el país.
Esto es, ciertamente hubo incidentes violentos y bloqueos, pero el nivel de terror producto de la desinformación amplificó la percepción del caos.
En el vacío que deja la información verificada, el crimen organizado ha encontrado un espacio para inmiscuirse y disputar el control de la narrativa pública.
De acuerdo con un análisis del Colegio de México, el 54.3% de las cuentas en TikTok que aluden directamente al crimen organizado están controladas o asociadas al CJNG. Estas cuentas no sólo glorifican liderazgos criminales, construyen identidad, reproducen una narcocultura y consolidan su reputación.
Los liderazgos de organizaciones tan fuertes y poderosas como el CJNG no son meramente operativos, son financieros. Por ello, la ola de noticias falsas que nos revolcó en días pasados es, además de control narrativo, un mecanismo de estabilización frente a posibles disputas intraorganizacionales.
Cuando se percibe debilidad, muerte o captura de un alto mando, esto tiene repercusiones serias. En este contexto, las fake news funcionan como una cortina de humo y un mecanismo de intimidación para dar una señal de continuidad; para reforzar la cohesión interna; o bien, para posicionar una fracción dominante dentro de sus brazos operativos de cara a la sucesión del liderazgo.
De todo, lo más relevante es lo que está en nuestro control: la velocidad con la que asumimos como cierta esta información.
Por un lado, el consumo masivo de información está mermado por una desconfianza generalizada hacia los medios de comunicación, una sospecha permanente hacia el gobierno y una percepción de opacidad estructural.
No obstante, lo estrepitoso nos nubla el juicio y, aunque dudamos de todo, creemos en cualquier cosa.
La desconfianza institucional ha producido una hiperatención al escándalo y al alarmismo, y al mismo tiempo un desinterés casi total por verificar la información que consumimos.
En este sentido, se ha convertido en uno de los principales vectores de propagación de desinformación criminal.
Cuando nos preguntamos cómo pacificar el país, es indispensable reconocer que no basta con la captura de liderazgos criminales. La historia reciente nos lo ha demostrado en múltiples ocasiones.
Mientras exista un consumo sostenido de drogas en Estados Unidos y Europa, mientras continúe el tráfico de armas desde el norte hacia México y mientras el negocio siga siendo altamente rentable, la violencia tendrá incentivos estructurales para persistir.
Sin embargo, algo está en nuestra cancha. En contextos de guerra criminal, la información es poder, pero la desinformación es negocio.
Dudar de la información que recibimos y, sobre todo, verificarla antes de compartirla, debe ser nuestro punto de encuentro —y de combate— contra la guerra narrativa del crimen organizado.