Alejandra Marcos

La conexión entre la oferta y demanda de recursos productivos

La Consar proyecta que el SAR puede consolidarse como el principal intermediario financiero de México. La pregunta relevante que debemos hacernos es hacia dónde canalizarán ese ahorro.

El activo financiero más grande de México no le pertenece al Estado. Le pertenece a los trabajadores. Se llama Sistema de Ahorro para el Retiro, administra más de 8.4 billones de pesos y representa poco más del 22 por ciento del PIB nacional. En 2025, las aportaciones de los trabajadores sumaron 800 mil millones de pesos. Los recursos están determinados a hacerse más grandes por ley y por demografía. La reforma de pensiones de 2020 incrementará las aportaciones del 6.15 por ciento al 15 por ciento del salario base de cotización de forma gradual hasta 2030, lo que acelerará estructuralmente el flujo de recursos hacia las Afores en los próximos años. La Consar proyecta que el SAR puede consolidarse como el principal intermediario financiero de México. La pregunta relevante que debemos hacernos es hacia dónde canalizarán ese ahorro.

La mayor parte del portafolio de las Afores se concentra en renta fija y variable, nacional e internacional. En activos alternativos, infraestructura, capital privado, proyectos productivos, la asignación apenas alcanza el 8.7 por ciento. No porque los rendimientos no sean competitivos, sino porque los proyectos con el perfil adecuado de riesgo-rendimiento, gobierno corporativo y horizonte de largo plazo no existen en el volumen que el sistema demanda. La brecha no está en los recursos, está en la arquitectura que debería conectar esos recursos con la inversión.

Debemos comenzar a armar el andamiaje por una razón que va más allá de la política industrial: los recursos de las Afores no son capital público ni capital de riesgo especulativo. Son el patrimonio de retiro de millones de trabajadores mexicanos. Cualquier expansión hacia activos alternativos tiene que cumplir una condición no negociable: rentabilidad real, en el horizonte de largo plazo que el sistema permite y que ningún otro vehículo de inversión en México tiene de manera estructural. Las Afores son, por definición, el capital que está más dispuesto a esperar. Sin embargo el lapso de tiempo es una ventaja competitiva, no una licencia para asumir riesgo sin retorno.

Dicho eso, la coyuntura frente a las negociaciones del T-MEC ofrece una convergencia de oportunidades que sería un error no aprovechar. Las negociaciones apuntan hacia una mayor integración de América del Norte. Eso obliga a México a sustituir importaciones asiáticas con producción doméstica, lo que abre una demanda real e inmediata de inversión en algunos de los sectores que requieren capital de largo plazo, que generan rendimientos predecibles una vez maduros, y que tienen el perfil que las Siefores pueden y deben exigir. Las Afores deberían financiar proyectos que produzcan, que compitan y que paguen.

Construir esa conexión entre oferta de ahorro y demanda de inversión productiva requiere, al menos, tres condiciones simultáneas. Primero, un programa estructurado de proyectos certificables, empaquetados con estándares institucionales de transparencia, gobierno corporativo y métricas de riesgo-rendimiento que sean auditables y comparables. Sin proyecto bien estructurado, no hay inversión posible, por más capital disponible que exista. Segundo, vehículos de coinversión entre banca de desarrollo y capital privado que funcionen como catalizadores, no como sustitutos, distribuyendo el riesgo de etapa temprana y habilitando la entrada del capital institucional en condiciones razonables. Tercero, y esto es condición de fondo: fortalecer el sistema de impartición de justicia, la seguridad jurídica y el Estado de derecho. Sin certeza institucional, ningún marco regulatorio es suficiente para que el capital de largo plazo se comprometa con proyectos productivos en México.

Las Afores son el capital que México necesita para crecer. Ya tienen el tamaño, tienen el horizonte de inversión y tienen el mandato fiduciario de maximizar el rendimiento para los trabajadores. Lo que hace falta es un ecosistema de proyectos rentables, con reglas claras y respaldo institucional, que convierta ese ahorro en el motor de un nuevo ciclo productivo. No como favor al país, sino como la mejor inversión posible para quienes pusieron ese dinero ahí, un peso a la vez, durante toda su vida laboral.

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