Alejandra Marcos

La lección que Banxico no debería ignorar

La respuesta a lo que debe hacer Banxico el 26 de marzo es corta: esperar. Un recorte de 25 puntos base no cambia materialmente las condiciones financieras del país.

La Reserva Federal de Estados Unidos decidió mantener la tasa de fondos federales sin cambios en el rango de 3.50 a 3.75 por ciento. Lo más relevante fue la actualización del escenario macroeconómico del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) y las palabras de Jerome Powell en la conferencia de prensa, donde hubo más preguntas que respuestas, y el contexto de incertidumbre quedó exhibido con una claridad que los mercados no ignoraron.

Revisaron al alza el pronóstico de inflación para 2026 a 2.7 por ciento, mientras que el crecimiento del PIB se ajustó marginalmente al alza, a 2.4 por ciento. Más reveladora que los números, fue la gráfica de puntos donde 14 de los 19 participantes del FOMC ven uno o cero recortes en todo 2026. Tras la decisión, los mercados dejaron de incorporar movimiento alguno en la tasa de fondos federales para el resto del año.

Las expectativas de inflación de corto plazo han subido en semanas recientes, muy probablemente reflejando el alza en precios del petróleo causada por las disrupciones en Medio Oriente. De acuerdo con diversos estudios, el choque energético podría impactar a la inflación en aproximadamente 60 puntos base, llevándola a un rango de 3.3 a 3.5 por ciento. Ese escenario convierte lo que debía ser un año de normalización gradual, en un año de espera indefinida.

El dilema que enfrenta la Fed no es técnico sino estructural: sus dos mandatos se encuentran en sentidos opuestos. El mercado laboral, con una tasa de desempleo proyectada en 4.4 por ciento al cierre del año, no demanda urgencia para reducir tasas, aunque el choque energético podría moderar el crecimiento en los trimestres siguientes. La inflación, por su parte, se mantiene por encima del objetivo y enfrenta ahora un nuevo impulso por la vía de los energéticos. Cuando los mandatos tiran en direcciones contrarias y las variables externas dominan el pronóstico, la única respuesta congruente es no actuar y reconocerlo sin ambigüedad.

La pregunta que naturalmente sigue es qué debe hacer Banxico en este entorno. La inflación general en México se ubicó en 4.02 por ciento en febrero y el componente subyacente en 4.52 por ciento, acumulando 19 lecturas consecutivas por encima de 4 por ciento. No es un dato puntual ni una distorsión estacional: es una tendencia que no ha cedido a pesar de los 300 puntos base de recortes acumulados en los últimos 14 meses, y a pesar de los rezagos con los que opera la política monetaria. La inflación general, que había bajado a 3.69 por ciento en diciembre, lo hizo fundamentalmente por el componente no subyacente y no por una convergencia genuina del componente estructural de precios. El descenso fue real, pero construido sobre bases que no son permanentes.

A esa trayectoria se suman factores de riesgo que no estaban presentes cuando Banxico diseñó su hoja de ruta para 2026. El petróleo por encima de 100 dólares es un choque externo de oferta que presiona precios de energía, transporte y alimentos. La incertidumbre sobre la renegociación del T-MEC introduce un factor cambiario. Y los ajustes fiscales que entraron en vigor en enero no han mostrado aún si generarán o no distorsiones de precios de segundo orden.

La tasa real se encuentra en 3.02 puntos porcentuales. Ese nivel no puede calificarse de restrictivo en términos convencionales y el propio organismo lo reconoce como territorio neutral. Recortar desde la neutralidad, con inflación subyacente persistentemente por encima del objetivo y con un entorno de incertidumbre externa que se agravó en las últimas semanas, no es un gesto de flexibilización gradual, es una señal de que la convergencia al objetivo ya no es la prioridad central.

La respuesta a lo que debe hacer Banxico el 26 de marzo es corta: esperar. Un recorte de 25 puntos base no cambia materialmente las condiciones financieras del país. Sin embargo, podría erosionar su credibilidad en un contexto que ya había generado cuestionamientos sobre su gestión.

La Fed y Banxico tienen contextos distintos, pero deberían compartir la misma visión: cuando la brújula no tiene norte claro, la pausa no es indecisión. Es la única respuesta coherente con los datos disponibles y con la responsabilidad que implica conducir la política monetaria en un momento de excepcional incertidumbre.

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