¿Juegas para ganar o para seguir jugando? No es una pregunta trivial; es un filtro que distingue las metas pasajeras de aquello que da sentido a la vida. Responderla con honestidad transforma la manera en que entendemos el éxito, la riqueza y el bienestar.
Cuando el objetivo es “ganar”, jugamos un partido finito: reglas claras, metas concretas y una línea de llegada definida. El problema surge cuando, alcanzado el resultado, se agota el incentivo. En ese vacío se entiende por qué algunas personas, pese a su aparente éxito, terminan atrapadas en adicciones, apatía o frustración temprana: llegaron demasiado pronto… y el juego terminó.
Simon Sinek lo desarrolla en The Infinite Game, una extensión natural de su célebre Start with Why, que lo hizo famoso en TED Talks. Aunque parte del liderazgo empresarial, su planteamiento trasciende a la manera en que conducimos nuestra vida. En el coaching, es habitual que alguien llegue con metas puntuales como lograr un ascenso, aumentar ingresos, emprender un negocio, resolver un conflicto. Son objetivos legítimos; sin embargo, si no están sometidos a un propósito mayor, pierden fuerza con el tiempo.
El juego infinito va más allá de acumular trofeos, sino de permanecer en la cancha, aprendiendo y evolucionando. Esto no invalida las metas de corto plazo, pero sí las somete porque están al servicio de un “para qué” que trasciende el tiempo y el ego. En esta lógica, el dinero deja de ser “el destino” y se convierte en combustible.
Los ejemplos abundan: Bill Gates dirigiendo su fortuna a salud y educación o Warren Buffett disfrutando cada día de su oficio. También están los menos visibles, como la doctora de provincia que moderniza su clínica para cuidar mejor a sus pacientes; la maestra que lleva ciencia lúdica a barrios marginados; o el artesano que enseña su técnica para multiplicar oportunidades. No trabajan por comodidad, sino por una causa.
Asumir esta filosofía va más allá de las buenas intenciones, implica plantear con claridad la intención que nos mueve, de modo que pueda expresarse en una frase sencilla y contundente. Desde ahí, las metas se convierten en engranajes que impulsan un motor común. Incluso los retos diarios se transforman y un competidor deja de ser un enemigo para volverse un “rival digno” del que aprendemos; las métricas ya no son sólo números, sino también la calidad de las relaciones, la reputación construida y el talento desarrollado en el camino.
Vivir así requiere cuidar la energía y supone poner límites, descansar sin culpa y reservar tiempo para quienes amamos. También exige valentía para rechazar oportunidades rentables que contradicen la esencia de la causa. Vivir sólo por el marcador puede conducir al estancamiento o al cinismo; la mejor defensa es mantener visible el propósito, revisarlo con frecuencia y recordar que cada meta es un medio, no un fin.
“Ya gané” suena a final. “Sigo jugando con propósito” suena a vida. Bajo esta mirada, el éxito deja de ser una carrera de cien metros y se convierte en una travesía: menos ansiedad por llegar, más satisfacción por avanzar con rumbo.
Y tú, ¿juegas para ganar o para seguir jugando con sentido? Coméntame en LinkedIn, Instagram, o X y sígueme en el podcast “Dinero y Felicidad”, en Spotify, Apple Podcast, entre otros
